Vivimos una época de mucha imitación, de repetir eslóganes sin mucho criterio, cuando el verdadero conocimiento es resistencia. Ortega se refería a esto como un “mimetismo gregario”. Creemos en titulares como si fueran palabra de Dios. ¿Y dónde queda el pensamiento crítico? Analizamos muy poco si la información que vemos, sobre todo en medios digitales, es real.
La tecnología, en vez de ser una aliada, en algunas ocasiones puede convertirse en adversaria al sustraernos de la duda que nos permite indagar, buscar… Por otro lado, podríamos estar enterados de muchos temas, pero ¿nos indignamos ante la violencia, la pobreza y la injusticia? Cambiamos la sensibilidad por la costumbre de aceptar la realidad porque es así y ya.
Nos hace falta la indignación, no para hacer berrinches de zurdos —como los juzgan los liberales—, sino para encauzarla hacia el compromiso. Las mujeres no podían votar hasta hace muy poco, hasta que la indignación las movilizó. Falta vincular esa indignación con el compromiso: nos quedamos en peleas de redes sociales, pero falla la madurez social.
Nos enfrentamos a un cambio de época que debe interpelarnos. León XIV lo ilumina muy bien en su encíclica: “Hoy, nos encontramos ante una situación nueva, en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma»” (Magnifica humanitas, n.º 4). Y pensaríamos que la tecnología nos resolvió el futuro, pero la incertidumbre de no poder prever sus límites abre un horizonte complejo, donde la humanidad teme el reemplazo. Esta realidad debe llevarnos a evaluar sus efectos a largo plazo y determinar si respetan la dignidad de las personas y el bien común.
Hablando de bien común, últimamente vemos un resurgimiento de la necesidad de la colectividad como impulsora de cambios: en Brasil, para la defensa de la democracia; en Serbia y Francia, con los movimientos estudiantiles; y en los plantones de nuestro país, que abogan por la sana separación de poderes. La filósofa Adela Cortina lo expresa bien al explicar cómo los valores se construyen colectivamente mediante el diálogo y la experiencia compartida. Pero esta construcción no surge de forma mágica. Urge una propuesta educativa que fomente el pensamiento crítico y brinde habilidades para argumentar y analizar ideas, de modo que las nuevas generaciones cuestionen con criterio propio. Necesitamos entender que no avanzaremos hasta que los ideales se conviertan en prácticas cotidianas.
¿Hasta qué punto la tolerancia se convirtió en una mentira que no pone límites? Vamos optando por ciertos derechos y desgastamos otros. Quien lo tolera todo abre las puertas al salvajismo. Por ejemplo, no podemos normalizar el lenguaje violento y soez de nuestros dirigentes políticos ni que menosprecien a las universidades estatales como si fueran grupos anárquicos.
Es momento de potenciar nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos para construir criterios personales autónomos y, sobre todo, socialmente responsables. Los prejuicios, la desinformación o los bots no deben determinar nuestra reflexión personal. Urge asumir una responsabilidad ética con el mundo y comprender que callar tiene consecuencias hoy.
No podemos entregar nuestro discernimiento social a la IA ni a la respuesta inmediata desde el teclado del celular. Debemos repensar la realidad con otros e investigar para convertirnos en personas capaces de transformar nuestro entorno con equidad y responsabilidad. Nos invito a mirar el futuro con esperanza, con la intuición del corazón. Esa mirada, que nada malo hace, será una fuerza motora para impulsar los sueños y aterrizar las expectativas.





