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El incierto camino de formar gobierno en Israel

Las elecciones legislativas celebradas recientemente en Israel han dejado insatisfechos a los dos bloques con opciones de gobernar. Puede que el partido de Benjamín Netanyahu, el Likud, haya conseguido la mayor cantidad de escaños —27 de un total de 120—, pero se encuentra lejos de los 61 necesarios para formar gobierno. Ni el apoyo de sus actuales aliados ultranacionalistas y religiosos es suficiente para seguir gobernando. La actual coalición de gobierno sumaría en torno a los 53 escaños, lejos de los 63 que tiene actualmente en el Parlamento.

El bloque anti-Netanyahu, liderado por el opositor Gadi Eisenkot, del partido derechista Yashar, suma en torno a los 22 escaños y, junto a sus aliados, conseguiría 48 asientos, también insuficientes para formar gobierno.

La gran sorpresa han sido, sin duda alguna, los 18 escaños logrados por los partidos árabes, que casi han duplicado su representación parlamentaria. Este bloque, que representa a los palestinos con nacionalidad israelí, tiene los escaños necesarios para que Eisenkot logre desbancar a Netanyahu. Aunque difícilmente esto vaya a pasar, dado que el líder opositor establece, entre otras condiciones, que la lista árabe debe reconocer el carácter judío del Estado de Israel.

Los dos bloques esperan a que se publiquen los resultados oficiales, previstos para el 4 de noviembre. En los siete días siguientes, el presidente israelí, Isaac Herzog, decidirá cuál de los candidatos tiene más posibilidades de formar gobierno. Posteriormente, el candidato designado por Herzog tendrá 28 días, prorrogables por otros 14, para intentar lograr los 61 escaños necesarios para formar gobierno.

Si no se forma gobierno en esos primeros 42 días, el presidente israelí podrá designar a un nuevo candidato, que dispondrá de un plazo de 28 días improrrogables. Si ese segundo candidato fracasa, el Parlamento tendría otro plazo de 21 días para proponer a un tercer candidato, que dispondría de dos semanas para formar un nuevo gabinete.

Finalmente, si ningún candidato logra formar gobierno, el Parlamento deberá disolverse y se convocarán elecciones en un plazo de 90 días. En dicho escenario, Netanyahu seguiría gobernando en funciones.

A todo esto, ningún partido israelí ha hecho de estas elecciones una consulta sobre si continuar con el genocidio en Gaza o detenerlo por completo. Los dos bloques mantienen la intención de continuar con la campaña militar en Gaza y extenderla a Cisjordania. Los opositores rechazan las acusaciones de crímenes de guerra y contra la humanidad contra el Ejecutivo, asumiendo que su ejército es el “más moral del mundo”, por lo que, en el tema de Gaza, no existe esperanza de que las cosas vayan a cambiar.

Mientras Netanyahu continúa con su campaña del miedo y su obsesión patológica contra Irán, ha decidido apostar todas sus cartas a la sospecha de una interferencia extranjera en las elecciones con el objetivo de favorecer el voto de los palestinos con nacionalidad israelí. Bibi sabe que su salida del gobierno supondría un escenario nefasto para sus intereses. Las acusaciones de corrupción y su responsabilidad en los ataques del 7 de octubre llaman a su puerta.