Referencia del BCCR

Tipo de cambio

Compra

₡...

Venta

₡...

Presentado por
Logo Coopealianza
Imagen principal del artículo: Yo habría sido nazi

Yo habría sido nazi

Esto no es algo que digo con orgullo, porque yo siempre pensé que, de haber vivido en la Alemania de 1930, jamás habría callado ante las atrocidades que cometió ese régimen —ni mucho menos participado de ellas—. Pero lo habría hecho. Usted también.

Estas no son conjeturas vacías: es una conclusión obvia porque hoy, pudiendo alzar la voz con más facilidad que entonces, callamos. Bajo los mismos pretextos.

En la Alemania de aquella época, oponerse a la narrativa del régimen acarreaba serias consecuencias: pérdida de trabajo, de estatus, de amistades… o cosas mucho peores. Además, la ciencia había demostrado que la raza judía era inferior. No era cuestión de opiniones: era una verdad aceptada por científicos y académicos y, por supuesto, abrazada por la prensa y los formadores de opinión. Hoy, oír semejante cosa como “razas inferiores” nos parece una barbaridad, pero en ese momento decir “eso no es cierto” era tan controvertido e impopular como sugerir hoy que el cambio climático es un invento.

Claro, si en 1935 usted le preguntaba a un alemán de a pie si estaba de acuerdo con masacrar a millones de judíos, probablemente le habría dicho que no. La enorme mayoría de los alemanes no eran asesinos ni monstruos: eran personas comunes y corrientes, convencidas de que estaban defendiendo a su sociedad y, como el judío era una “raza inferior” que contaminaba la pureza alemana, pues debía ser extirpado de ella.

Lo mismo ocurrió, siglos antes, durante la Inquisición española: los judíos eran brujos, herejes que bebían la sangre de niños cristianos y debían ser quemados. Estas no eran tonteras que gritaba el idiota del pueblo: era la verdad que emanaba de iglesias, escuelas y gobiernos, y tampoco se le llamaba odio, sino todo lo contrario: esa era la única forma de salvar sus almas del infierno. Usted y yo probablemente habríamos apoyado la quema de judíos, convencidos de que lo que hacíamos era misericordioso, correcto y moral, pues era mejor verlos arder por unos minutos que condenarlos a hacerlo eternamente. Lo mismo habríamos pensado cuando se acusó a esa misma gente de causar la peste negra unos 150 años atrás o de robar hostias consagradas para apuñalarlas y torturar a Cristo en la Europa medieval.

Hoy, claro, es distinto, porque hoy entendemos que nada de eso era cierto, pero sí sabemos que el judío es racista, colonizador, opresor y genocida. Eso no lo dice cualquier baboso: lo dice el New York Times. Lo dicen académicos, artistas, prestigiosas instituciones. Es innegable.

Ahí están las fotos. Ahí están los videos. Ahí están los testimonios. ¿Cómo negarlo? Fotos que muestran edificios destruidos, gente mutilada. Fotos de guerra, como cualquier otra —y, de hecho, mucho menos cruenta, bajo cualquier métrica racional, que la gran mayoría de las guerras—. Pero esta es distinta, porque es genocidio y, como no hay forma de hacer que calce con la definición de genocidio, pues cambiamos la definición.

“Hay incluso israelíes que así lo confirman”, nos dicen. Esta sería una prueba irrefutable si fuera raro encontrar sociedades con grupos de disidentes dispuestos a denunciar a sus compatriotas y gobernantes por terribles crímenes, o empleados que acusen a sus empresas de prácticas nefastas. Pero lo cierto es que en toda organización de cierto tamaño hay gente convencida de que esta es profunda e irremediablemente corrupta y se siente llamada a gritarlo al mundo entero. Israel no es ninguna excepción. Lo que sí es excepcional es que un manojo de soldados anónimos aparezca en un documental hablando pestes de su ejército y se les aplauda durante un récord de 25 minutos bajo el supuesto de que no solo dicen la verdad, sino que su experiencia es absolutamente representativa de lo que hacen las Fuerzas de Defensa de Israel. Claramente, los cientos de miles de israelíes que corren a tomar armas para defender su país son quienes mienten y esconden las atrocidades que estos valientes han salido a denunciar. O eso dice el New York Times.

Y aclaremos: el New York Times no inventa cosas; usa fuentes confiables. Cuando habla de genocidio, la fuente es ni más ni menos que informes de la ONU. ¿Cómo vamos a cuestionar a una organización tan noble e imparcial como la ONU? Además, la ONU sacó su informe de varios reportes de ONG, como Amnistía Internacional. ¿Tampoco vamos a creerles a organizaciones sin fines de lucro como estas? Amnistía basó su reporte en datos proporcionados por periodistas e instituciones en Gaza; no es que se lo sacara de la manga. Claro, las fuentes en Gaza operan bajo el control de Hamás: o están vinculadas al grupo terrorista que gobierna el territorio o deben informar bajo su amenaza. No hay nadie independiente e imparcial reportando absolutamente nada desde Gaza. Pero uno, para darse cuenta de eso, tiene que escarbar mucho, y no hace falta: lo dijo Amnistía, lo repitió la ONU y lo publicó el NYT. Y de ahí se esparció por internet y se convirtió en verdad absoluta.

En resumen: la verdad fue revelada por un grupo terrorista que asesina homosexuales, oprime a sus mujeres y usa a su propia población como escudo humano, pero no es cuestionable, pues viene validada por impecables instituciones que nada ganan atizando la indignación del mundo: ni el NYT gana lectores, ni Amnistía gana donantes, ni la ONU —un club con 57 miembros musulmanes y uno judío— sufre de sesgo alguno.

Todo eso termina en las redes, donde los árabes superan en número a los judíos por 25 a 1. Allí, el grito de “¡Judíos asesinos!” se convierte en un rugido ensordecedor, cuyas imágenes, eslóganes y maquinaria propagandística ahogan completamente cualquier intento de razonar o argumentar lo contrario. Curioso que esos 16 millones de judíos que supuestamente controlan el mundo no puedan ni siquiera impedir que se les calumnie de semejante forma.

Y sí, hoy hay solo 16 millones de judíos en el mundo —menos de los que había antes del Holocausto—. La mitad de ellos viven atrincherados en un paísito del tamaño de El Salvador, poco más grande que Alajuela y Guanacaste juntas, rodeados por 400 millones de árabes repartidos en 22 países que ocupan un territorio más grande que Canadá. Aparentemente, entre todas las injusticias, guerras y atrocidades cometidas por la humanidad, ninguna merece tanta indignación como que los judíos tengan un diminuto país al que llamar suyo en medio de la vasta extensión de tierras árabes.

Por cierto, el resto de los países en el Medio Oriente tiene un historial absolutamente apabullante en protección de minorías y derechos humanos. Pero para nosotros no hay problema en sugerir que la mejor manera de acabar con la injusticia en el mundo sería entregarles también el pedacito de tierra que los judíos finalmente recuperaron, después de siglos de exilio, persecuciones, pogromos y el Holocausto. Y eso es lo que los justicieros de hoy exigen: someter a esos ocho millones de judíos a vivir bajo el dominio árabe. Creer que esto traerá paz e igualdad demuestra una ignorancia profunda, ingenua y peligrosa —y estos son los bienintencionados—. Hay también quienes entienden —y desean— lo que probablemente sucedería si Israel fuera destruido: un segundo Holocausto.

Esta es la ironía más grande: quienes hoy se suman entusiasmados a la causa de moda están convencidos de que habrían sido los valientes que se hubieran opuesto a perseguir judíos el siglo pasado, cuando la causa de moda era exactamente la misma, pero con otro envoltorio.

“Hoy es diferente”, claro. Ayer también lo fue. Los nazis no mataron judíos por las mismas razones que los españoles. Quienes los atacan por ser comunistas son distintos de quienes los acusan de ser usureros capitalistas. Los de izquierda los odian por tener un país y los de derecha, por corromper el suyo. Esto no es aquello, esto es diferente.

Eso es lo que sabemos y por eso lo repetimos todo, porque no hacerlo nos hace impopulares y cacarear “Free Palestine!” o “Sionistas genocidas!” nos gana aplausos, seguidores y credenciales morales. Pregúntenle a Javier Bardem. O no repetimos, pero callamos, porque para llevar la contraria hay que tener argumentos y producirlos requiere un mínimo de esfuerzo. Es más fácil consumir la verdad procesada y empacada, que le sabe riquísima a nuestro paladar moral, que hurgar un poquito en sus ingredientes y darnos cuenta de que estamos comiendo exactamente la misma mierda que le vendieron, una y otra vez, a todos aquellos que llevan siglos tragándosela gustosos, convencidos de que consumían verdades exquisitas e irrefutables.

Yo habría sido nazi, y usted también.