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Sobrevivir y ser felices (con la inteligencia artificial)

La palabra universidad viene de universitas: el lugar donde se iba a aprender del universo. Cuando nacieron las primeras universidades, ese universo de conocimiento era pequeño. Cabía, más o menos, en unos años de estudio. Hoy, después de medio siglo de expansión exponencial y de un lustro de inteligencia artificial, una vida entera no alcanza para raspar su superficie. Por eso, la pregunta ya no es cuánto podemos saber. La pregunta es qué hacemos con lo que sabemos.

Conviene imaginar un embudo. Arriba está la información: un océano de datos disponible a toda hora en el bolsillo de casi cualquier persona del planeta. En el medio está el conocimiento, que es información pasada por filtros rigurosos. La ciencia es uno de ellos: su método, la validación entre pares y la provisionalidad de toda verdad le dan una solidez singular. Abajo está la sabiduría, que es conocimiento vivido. No se puede descargar ni acelerar. Lo que vivimos a los veinte años moldea lo que comprendemos a los cincuenta, pero nadie puede vivir a los veinte lo que le toca vivir a los cincuenta. La sabiduría se cultiva cuando lo aprendido se vuelve experiencia, la experiencia se vuelve hábito y el hábito se vuelve carácter: liderazgo, buena vecindad, comunidad armoniosa, paz.

La inteligencia artificial acelera de manera dramática el paso de la información al conocimiento. Del conocimiento a la sabiduría, en cambio, solo puede llevarnos nuestra propia vida. Ahí entra el espíritu emprendedor, entendido no solo como la capacidad de iniciar negocios, sino como la voluntad y disposición a ensayar, equivocarse y volver a intentar. Es el puente entre lo que sabemos y lo que llegamos a ser.

¿Para qué estudiar, entonces? Hay dos fines que atraviesan toda la vida: sobrevivir y ser felices. En eso gastamos la mayor parte de nuestra energía. La neurociencia nos recuerda que cada aprendizaje, ya sea abrir una cerradura o dirigir un balón, transforma nuestro cerebro. Si es así, la gran pregunta educativa de esta época es cuáles aprendizajes nos hacen más capaces de sobrevivir con dignidad y de vivir con plenitud, sin dañar el planeta que nos sostiene.

Esa pregunta es filosófica. La filosofía no es un lujo académico: es el arte de aprender a vivir bien. No es casual que las empresas que desarrollan inteligencia artificial estén contratando filósofos para ordenar jerarquías de valores. Si las máquinas necesitan axiología, los seres humanos la necesitamos aún más.

¿Cómo hacer más accesible ese estudio? Con las mismas herramientas que hoy lo amenazan con la superficialidad. Podríamos dedicar cuarenta y cinco minutos diarios a una universidad personal, diseñada con agentes de inteligencia artificial que no nos den respuestas, sino que nos formulen buenas preguntas. Podríamos compartir lo aprendido en lenguaje sencillo, para que otros recorran el camino con menos tropiezos. También podríamos poner a dialogar la sabiduría ancestral, que ha conservado la vida en la Tierra durante milenios, con la tecnología más reciente.

Toda herramienta sirve a la intención de quien la usa. Por eso, pensemos en la inteligencia artificial como un cincel para esculpirnos: quitarle a la piedra lo que sobra hasta revelar la mejor versión posible de nosotros mismos. Y, en cada paso, seguir preguntándonos para qué.

Artículo basado en el episodio 338 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Sobrevivir y ser felices (con la inteligencia artificial)”.

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