…hay que quemar el cielo si es preciso por vivir" S. Rodríguez
En recientes semanas, nos despertamos con la noticia del más reciente reporte del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el cual señala que el calentamiento del planeta pronto excederá la simbólica cifra de 1.5 °C por sobre la temperatura previo a la revolución industrial la cual es utilizada como referencia del clima sin intervención humana significativa. El límite de calentamiento de 1.5 °C, se estableció como meta global en el Acuerdo de Paris de 2015 con el objetivo de evitar cambios potencialmente catastróficos en el clima.
La noticia cae como balde de agua fría sobre la ya escéptica esperanza de un cambio significativo en la humanidad ‘moderna’ que permita, al menos, frenar la velocidad vertiginosa con la que los cambios ambientales están sucediendo en el mundo. El informe enfatiza que aún si todos los gobiernos del mundo cumplieran sus compromisos propuestos en el Acuerdo de Paris, el planeta se calentaría al menos 1.8 °C al final del siglo. Más allá, estamos lejos de esa realidad y se estima que la trayectoria actual conducirá a un aumento de cerca de 3 °C al final del siglo. En general, este sobrepaso aumenta vertiginosamente las probabilidades de eventos climáticos extremos. Sequías más prolongadas, temporadas de huracanes de mayor intensidad, precipitaciones extremas que generan inundaciones, olas de calor y en general, cambios abruptos en la relativa estabilidad climática del planeta.
Nos acercamos a cambios irreversibles
Una de estas transiciones abruptas esperadas con la trayectoria actual es acercarnos a riesgosos puntos de inflexión (tipping points), los cuales cuantifican las alteraciones que conducen a cambios irreversibles en componentes críticos del sistema biofísico del planeta. Un ejemplo de esto es la evidencia sobre el debilitamiento de la Circulación de vuelco del Atlántico Meridional (AMOC e inglés) a causa del derretimiento de los polos. Esta corriente transporta aguas cálidas hacia el norte, modulando las dinámicas Océano-Atmósfera que permiten inviernos relativamente cálidos en el continente europeo. Su colapso implicaría inviernos extremos en Europa, así como intensas sequías en el sur de África y la pérdida de transporte de humedad hacia el Amazonas y con ello, el reciclaje de humedad de la masa boscosa más importante del mundo.
Por otro lado, el fenómeno de El Niño 2026-2027 es un reflejo de las dinámicas de retroalimentación de estos grandes sistemas que controlan la estabilidad del clima y de la biosfera en general. Estos eventos son fenómenos cíclicos y su ocurrencia no se debe al cambio climático. Lo que sí está cambiando a razón del calentamiento del planeta es su intensidad. Si el Océano absorbe más calor, la intensidad del evento puede incrementarse drásticamente, traduciéndose en conocidos impactos en infraestructura crítica como acueductos, redes viales, puentes, los medios de vidas de comunidades y sensiblemente, eleva la probabilidad de pérdidas humanas. Por ejemplo, un reciente reportaje del diario ‘The Guardian’ señala que se perderán 450 000 vidas humanas de septiembre 2026 a febrero 2027 a causa del fenómeno de El Niño.
Se espera que El Niño tenga su pico de intensidad hacia el final de 2026, con alteraciones climáticas fuertes hasta mitad del 2027. En el país, el IMN ha pronosticado reducciones de precipitación de hasta el 80% para a provincia de Guanacaste en el Pacífico Norte y hasta el 60% menos precipitación en la región Pacífico Sur y Central. La cuenca Caribe se comporta de manera opuesta, elevando la probabilidad de inundaciones. Los impactos van desde actividades con alta dependencia de factores climáticos como la agricultura y ganadería así como desabastecimiento de agua potable y los temidos y riesgosos apagones por bajos niveles en los embalses de generación hidroeléctrica, así como aumentos de la tarifa al tener que recurrir a combustibles fósiles importados en contextos geopolíticos altamente inestables.
Revertir el camino no es imposible pero requerirá transformaciones profundas
Las señales son inequívocas. Estamos en un camino altamente riesgoso, en el cual experimentamos los primeros efectos de la disrupción climática global, mientras provocamos la sexta extinción masiva de especies y degradamos ecosistemas críticos con pérdidas humanas cuantiosas y la predicción de un aumento escandaloso de fatalidades. La muy necesaria pregunta que siempre aparece, afortunadamente, es ¿qué podemos hacer para cambiar esto? La respuesta inicial es un trillado ‘es una situación compleja’. Sin embargo, sin abusar de la simplificación de factores, a este punto del desarrollo de la ciencia, sabemos perfectamente cuales son los precursores del problema y también como se soluciona. Lo que se ha probado no tan sencillo, es cambiar un sistema económico basado en la explotación de los recursos naturales sobre una matriz de crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos. Además, un sistema político estructurado para la acumulación de riqueza de algunos países y grupos que perpetúan su poderío político y económico.
El tan anhelado y a veces abstracto ‘cambio’, es en realidad, cada vez más imparable. Necesitamos un sistema político y económico que priorice los límites naturales del planeta, que entienda al ser humano como parte absoluta y totalmente dependiente de la salud del planeta. Además, transicionar a un sistema geopolítico internacional con una mayor justicia entre todos los diversos grupos sociales, que impida la acumulación de unos pocos a costas del sufrimiento de las mayorías.
Algunos (me incluyo), pensarán que suena demasiado utópico. Pero una de las reducidísimas ventajas de enfrentarnos a un escenario global tan catastrófico y cercano, es que pavimenta el camino hacia soluciones que antes podrían haber sonado menos urgentes y ahora resultan inequívocamente necesarias. Es la hora especialmente de las juventudes, de las nuevas generaciones, de las personas mayores que hace rato sentían que las cosas iban por mal camino o quienes sienten que acaban de despertar a un mañana sumamente amenazante. Es tiempo de ideas nuevas y de sentirnos en la total capacidad de hacer cambios radicales desde lo personal, lo nacional y lo global. Y digo que es el tiempo no rebosante en optimismo, si no, porque corremos el riesgo de que el chance se acabe abruptamente en el futuro cercano.
