Una singularidad es un punto en el espacio-tiempo a partir del cual todas las fórmulas y modelos matemáticos se rompen o, lo que es lo mismo, sus predicciones dejan de ser útiles. Creo firmemente que, en 2030, la sociedad humana enfrentará una singularidad: un punto a partir del cual será imposible prever qué sucederá con el modelo social, económico y político que ha dominado el mundo civilizado desde 1950.
Ante los múltiples escenarios catastróficos que se vaticinan para 2030 y los años posteriores, algunos pensarán que Costa Rica está destinada a sucumbir. Por el contrario, soy de los que creen que nuestro país es el mejor lugar para vivir el “fin del mundo”. Aunque de estos ya hemos tenido muchos, este parece ser el más probable: ya sea por la rebelión de las superinteligencias o por la disrupción del modelo económico de trabajo-salario-consumo, el mundo que conocemos dejará de existir más temprano que tarde.
Aquí la pregunta del millón de dólares es: ¿qué hace un país como Costa Rica para enfrentar esta singularidad? Es mi humilde opinión que debemos abocarnos a lo fundamental. El primer párrafo del artículo 50 de la Constitución establece:
El Estado procurará el mayor bienestar a todos los habitantes del país, organizando y estimulando la producción y el más adecuado reparto de la riqueza.”
Y es este fundamento el que autoriza al Estado costarricense a emprender un ajuste radical de su modo de operar y actuar. Frente a la singularidad, la administración pública debe buscar soberanía alimentaria, soberanía territorial y soberanía en materia de seguridad y combate al crimen organizado y desorganizado.
Costa Rica está en una posición única que pocos países en el mundo tienen: contamos con un centro de investigación y desarrollo (I+D) de semiconductores en Intel, con prácticamente el 100% de la cadena de suministro de la industria médica en múltiples zonas francas y nos hemos posicionado como un hub logístico de primer nivel. Donde fallamos —y donde el Estado, apoyado en el fundamento que le brinda el artículo 50 constitucional, debe intervenir— es en la transferencia tecnológica.
A pesar de contar con centenares de industrias de primer nivel, Costa Rica ha desarrollado poco la industria local de herramientas y moldeo, donde seguimos dependiendo de importaciones, y mucho menos aún las industrias ya integradas. Esto significa que, incluso si las empresas abandonaran las fábricas mañana, no sabríamos qué hacer con ellas, pues no se ha garantizado la transferencia del conocimiento y la experiencia necesarios para operarlas. En esto podemos aprender mucho de China, que logró desarrollar un modelo de transferencia tecnológica que hoy la ha posicionado como un productor neto de bienes tecnológicos.
Es compleja la posición de nuestro país. Por un lado, estamos en el centro del continente, bajo la sombrilla de Estados Unidos de América, que últimamente actúa menos como república y más como imperio en decadencia. Esto nos pone un poco más cuesta arriba la tarea de actuar con medidas “socialistas”. Pero, incluso si ese factor no existiera, décadas de educación neoliberal e individualista nos han vuelto una sociedad que pelea como perros por un cubo de basura antes que una sociedad que colabora y contribuye al bienestar general de sus partes.
Hay mucho que puede hacerse en nuestro país. Tenemos un marco jurídico amplio y un aparato institucional robusto, con capacidad de intervención, pero hemos olvidado cómo operarlo. Nos hemos enfocado en administrar la burocracia, en sostener la mera existencia del sistema, en vez de convertir las instituciones en organizaciones de bienestar: organizaciones proactivas, con un enfoque en el fomento.
Yo propongo algo simple: que integremos todos los fondos —el Fonatel, el Fonade y la miríada de fondos dispersos que tenemos— en un único fondo soberano que nos permita, tan solo con sus intereses, crear un ecosistema de capital de riesgo. Así, el tico, que es emprendedor por naturaleza, podrá encontrar la manera de desarrollarse en este entorno tan singular hacia el que nos dirigimos.
Propongo, además, que todo el dinero de la administración pública migre del colón a una moneda digital, una stablecoin, enlazada directamente al colón, de manera que ambos valgan siempre lo mismo. Así nos aseguramos de que nada del dinero que tanto costó poner en ese fondo soberano termine perdiéndose por corrupción. También propongo que el Banco Central deje su modelo neoliberal y pase a uno más activo: que no se limite a administrar pasivamente el fondo, sino que genere los instrumentos financieros necesarios para financiarnos internamente, sin tener que recurrir a los financistas internacionales. Que los intereses de los préstamos queden en el sistema estatal de banca y no vayan a los bolsillos de la clase Epstein, que forma parte de la banca internacional.
Para todo esto más que reformas, se requiere voluntad: de la clase política, de la burocracia y de la sociedad costarricense. Al amparo del artículo 50 constitucional, podemos preparar al país para la singularidad de 2030. El 2030 no va a esperarnos. La decisión de prepararnos se toma hoy.
