Presupuestos, decisiones, errores y, aparentemente, con quién se acuesta. Entre otras herramientas de fiscalización.
Hace unos días descubrí que, para evaluar mi trabajo como presidenta de una Federación, es necesario conocer con quién me acuesto. También parece importante saber cómo beso. Si tengo novio. Si no lo tengo. Si un hombre me ayudó a llegar hasta aquí. Si me “levanto” hombres con pareja. Si soy “moza”. Si mi vida sexual explica mis decisiones administrativas. Incluso si las mujeres que ocupamos determinados espacios llegamos hasta ellos por participar en supuestas “orgías”.
Yo creía, ingenuamente, que para evaluar una Presidencia había que hablar de decisiones, presupuesto, reglamentos, resultados, errores y responsabilidades. Resulta que mi cuerpo también entró en el orden del día. Y, como aparentemente forma parte de la rendición de cuentas, quizá deba empezar por ahí.
No. No voy a explicar con quién me acuesto. Tampoco voy a explicar cómo beso. Lo que sí voy a explicar es mi gestión. Porque hay una diferencia enorme entre fiscalizar a una mujer que ejerce poder y utilizar el hecho de que es mujer para castigarla por ejercerlo.
Quiero dejar algo claro antes de continuar. Cuestiónenme. Cuestionen Semana U. Pregunten por el dinero. Revisen las decisiones del Directorio. Señalen nuestros errores. Exijan transparencia. Contrasten lo que decimos con los documentos. Pregunten por qué hicimos algo y por qué dejamos de hacer otra cosa. Incluso tienen derecho a considerar que otra persona haría mejor mi trabajo. Tienen derecho a pedir mi renuncia. Eso es política. Eso es un movimiento estudiantil vivo. Y cuando una ocupa un cargo de representación, tiene que aceptar que no controla lo que las demás personas piensan de su gestión. Pero explíquenme algo: ¿en qué momento, para cuestionar una decisión administrativa, se volvió necesario discutir con quién se acuesta la mujer que la tomó?
Porque “la Federación está paralizada” es una crítica política. “Explique qué ocurrió con los recursos” es una exigencia legítima de rendición de cuentas. “Renuncie” es una posición política. Pero “se culea al que maneja platas” no es fiscalización. “Daniela se los levanta todos” no es control presupuestario. Hablar sobre cómo beso no es rendición de cuentas. Decir que llegué a la Presidencia con ayuda de mi novio no es una auditoría. Y sugerir que las mujeres de una organización alcanzaron sus cargos mediante relaciones sexuales tampoco es una preocupación por la buena administración.
No hace falta ser especialista en género para notar la diferencia. Curiosamente, tampoco hace falta inventarle un nombre al fenómeno. Costa Rica ya se lo puso. La Ley 10.235 reconoce, entre otras manifestaciones de violencia contra las mujeres en la política, conductas de violencia basadas en género, incluidos comentarios con connotación sexual y actuaciones realizadas mediante medios virtuales; además, contempla el uso de estereotipos de género para menoscabar el ejercicio político de las mujeres.
Pero quiero ser especialmente cuidadosa con esto. No afirmo que toda persona que me critica ejerza violencia política contra mí; sería absurdo y sería profundamente conveniente para mí meter todas las críticas en esa caja. No lo voy a hacer. Precisamente porque quiero que me cuestionen por aquello que sí me corresponde.
Entre todo lo que he leído estos días hubo una palabra que se me quedó dando vueltas: “traer”. El anterior presidente de la Federación escribió públicamente: “Daniela, mi mayor error fue haberla traído a usted a la FEUNA. Les pido perdón a todos por eso”. Después compartió un video que Carlos Alvarado había dirigido a Rodrigo Chaves y destacó nuevamente la idea de que su mayor error había sido “traerme”.
Me quedé pensando en el verbo. Traer. Qué verbo tan interesante cuando quien está al otro lado es una mujer… Como si una apareciera en política porque un hombre la trae. Como si antes de ese hombre no hubiera trayectoria. Como si una no hubiera llegado caminando. Como si después de él no hubiera decisiones propias. Como si la legitimidad de una mujer pudiera ser otorgada por un hombre y, cuando deja de agradarle lo que hace con ella, también pudiera retirársela.
Y entonces resulta un poco menos extraño leer, unas publicaciones después, que alcancé la Presidencia “con ayuda de mi novio”. Cambian los hombres. Cambia la acusación. Pero el razonamiento parece el mismo: si una mujer llegó hasta aquí, encontremos al hombre que explique cómo.
Quizá por eso tantas mujeres conocemos esta historia sin haber ocupado nunca una Presidencia. La profesional que ascendió porque “seguro algo tiene con el jefe”. La dirigente que tiene carácter y entonces “anda hormonal”. La muchacha que habla fuerte y es una histérica, mientras el hombre que habla igual tiene liderazgo. La mujer que consigue algo y enseguida descubre que, en alguna versión de la historia, un hombre se lo consiguió. El currículum femenino parece venir siempre con una nota al pie: Favor identificar al varón responsable del logro.
Ahora sí, hablemos de administración, porque sería demasiado fácil terminar aquí. Sería demasiado cómodo escribir un artículo sobre machismo y utilizarlo como cortina para no hablar de aquello por lo que también se me cuestiona. Así que hablemos.
¿Dónde está la plata? En las cuentas de la Federación. No desapareció. El problema es que una parte importante de esos recursos no ha podido utilizarse con normalidad.
¿Por qué? Cuando asumí la Presidencia había siete cajas chicas de los primeros meses del año que seguían sin cerrar. Y cuando pedimos que se revisaran, encontramos situaciones que no podían resolverse simplemente poniendo otra firma y siguiendo adelante. Había cajas con faltantes, facturas duplicadas, gastos que no podían ejecutarse, entre otras situaciones que requerían correcciones y, algunas, investigación. Ahí dejó de ser solamente un problema de trámites. Y por eso tampoco podía hacer lo que ahora parece tan sencillo en Facebook… “cerrar las cajas, abrir otras y continuar”.
Había que averiguar qué había ocurrido. Eso hice. Solicité los arqueos. Pedí criterios. Me reuní con Gestión Financiera, Asesoría Jurídica, Contraloría Universitaria, Fiscalía de Faltas Comunes, Tesorería, Rectoría y Vicerrectoría de Administración. Cuando recibimos los resultados, remití siete casos individualizados a la Fiscalía universitaria y puse la situación en conocimiento de las instancias que correspondían. Desde entonces, hemos trabajado para cerrar esas cajas correctamente y recuperar la posibilidad de utilizar esos recursos.
Hasta el momento hemos logrado liquidar dos de esas cajas chicas. Mientras tanto, las demás permanecen paralizadas hasta que sus encargados corrijan lo pendiente y el Programa de Gestión Financiera apruebe su liquidación, para proceder con la investigación. Eso explica una parte importante de por qué tener dinero en las cuentas no significa poder gastarlo inmediatamente.
La Federación también puede contratar mediante Proveeduría, es cierto. Esos procesos requieren planificación y tiempo. Había una planificación realizada para determinadas actividades; sin embargo, un cambio de Presidencia sin transición alguna complicó la continuidad de lo que estaba en marcha. Algunos procesos, incluidos determinados conciertos, siguen actualmente su trámite de contratación.
Así que no, el problema nunca fue que la Federación se quedara sin plata. El problema fue recibir una Federación con recursos que no podían utilizarse con normalidad y, al revisar por qué, encontrar situaciones que debían investigarse.
Y aquí está el límite de lo que puedo contar hoy. Hay investigaciones en curso. Podría utilizar públicamente cada detalle que conozco para defenderme. No lo voy a hacer. Hay procedimientos que deben respetarse, personas cuyos derechos deben garantizarse y una Universidad que tampoco voy a exponer irresponsablemente para ganar una discusión en redes sociales.
Pero esa prudencia tiene un límite: no voy a guardar tanto silencio que termine pareciendo responsable de aquello que precisamente he estado intentando resolver. Desde que asumí, pregunté, documenté, solicité revisiones, busqué criterios, convoqué reuniones y remití lo encontrado a las instancias competentes.
¿Todo se resolvió con la rapidez que yo habría querido? No.
¿Todo lo hicimos perfectamente? Seguramente no.
Pero ante la pregunta “¿qué hizo usted para solucionarlo?”, tengo una respuesta que no depende de mi palabra: hay arqueos, informes, oficios, reuniones, remisiones e investigaciones que existen precisamente porque decidí actuar. Yo responderé por lo que hice desde que me correspondió tomar decisiones. Y sobre lo ocurrido antes y durante el manejo de esas cajas, serán las investigaciones —no Facebook ni yo— las que determinen las responsabilidades que correspondan.
Porque el castigo parece tener instrucciones diferentes para nosotras. Y entonces regresamos al principio. Porque mientras intento explicar procesos administrativos, alguien explica mi Presidencia hablando de mi novio. Mientras hay documentos, fechas, oficios y reuniones, alguien considera relevante discutir si beso bien. Mientras ejerzo autoridad, alguien puede reducirme a “la que se culea al que maneja platas”.
Esto no empezó esta semana. Desde que ingresé a la Federación he vivido distintos episodios de hostigamiento, acoso y violencia contra las mujeres en política. Curiosamente, algunos comenzaron cuando cometí una imprudencia bastante grave: pensar. Pensar por mí misma, además. Al parecer, una habilidad todavía inesperada en una mujer. Después vino algo todavía más problemático: empecé a marcar límites. Sobre mi autoridad. Sobre mi cargo. Sobre la manera en que podían dirigirse a mí. Sobre el respeto que me correspondía como mujer.
Y cada cierto tiempo ocurre algo que me hace querer sentarme a escribir todo esto. Lo extraño es que nunca estoy sola. Cada vez que algo me pasa y siento ganas de hablar, miro alrededor y hay otra mujer viviendo su propia versión de la misma historia.
Veo a Dinorah Barquero recibir, en medio de una discusión política, una respuesta sobre su cuerpo, porque su compañero sintió la comodidad de decir que la habían visto “en todas partes, menos en el gimnasio”. Veo a Claudia Dobles atravesar una campaña entre ataques a su reputación, físico, edad y roles de género. Veo a Sigrid Segura terminar una discusión política hablando de si era suficientemente atractiva para que un hombre quisiera invitarla a cenar. Veo a Norjelens Lobo intentar terminar un discurso mientras un compañero le chifla. Veo a Laura Fernández llegar a la Presidencia y comprobar que ni siquiera la silla más poderosa del país consigue que una mujer deje de ser atacada también por ser mujer.
No necesito estar de acuerdo con ninguna para reconocerlo. Si solo reconocemos el machismo cuando se lo hacen a una mujer que nos cae bien, estamos escogiendo cuándo nos molesta.
Y ni siquiera necesito abrir las noticias. Lo encuentro en académicas de mi Universidad que aprendieron cuánto carácter pueden mostrar antes de convertirse en “difíciles”. En mis compañeras de Federación, cuyos cargos también han intentado explicar mediante el hombre con el que supuestamente se acostaron. Y en mi mamá, en espacios comunales sin cámaras ni titulares, donde una mujer también dirige, contradice y pone límites.
Está en las noticias, está en mi Universidad, está en mi Federación y está en mi casa. Cambio de lugar. Cambio de mujer, pero el libreto cambia sorprendentemente poco.
Hace algún tiempo, le hice una pregunta a Ana Elena Chacón y terminó enseñándonos a un grupo de mujeres jóvenes a sentarnos. Literalmente. Espalda contra el respaldar. Derechas. Con confianza. En aquel momento pensé que hablaba de postura. Hoy lo entiendo distinto. A muchas mujeres nos enseñaron a ocupar poco espacio, moderar la voz, suavizar nuestras opiniones y sentarnos casi en la orilla, como si todavía estuviéramos de visita.
Y cuando finalmente una se sienta, descubre que también tiene que aprender a permanecer. Cuando la cuestionan. Cuando se equivoca. Cuando debe corregir. Cuando intentan explicar su trabajo mediante un hombre. No porque tengamos siempre la razón ni porque debamos aferrarnos a una silla. Sino porque también tenemos derecho a equivocarnos desde ella. Tal vez eso también sea igualdad. Poder hacerlo bien. Poder hacerlo mal. Poder ser cuestionadas. Poder rectificar. Poder perder apoyo. Y que ninguna de esas cosas requiera discutir con quién nos acostamos.
Por eso quisiera hacer hoy la pregunta que aquel día no hice. A Ana Elena. A Dinorah, Claudia, Sigrid, Norjelens y Laura. A mis compañeras. A las académicas. A mi mamá. Y a usted. ¿Cuál fue el precio que le cobraron por sentarse en la silla? No necesito que me defienda. Puede cuestionarme, pensar que me equivoqué e incluso creer que debería levantarme de la mía. Quiero conocer su historia.
Yo puedo empezar. Me dijeron que un hombre me trajo. Que otro me consiguió la Presidencia. Que me acuesto con hombres para obtener cosas. Que me “levanto” hombres con pareja. Hablaron de mi sexualidad para explicar mi autoridad. Quiero que me cuestionen por mis decisiones, mis votos, mis prioridades y mis errores. Estoy dispuesta a responder por ellos. Pero mi sexualidad no es un acto administrativo. Mi pareja no es un argumento político. Mi cuerpo no es un expediente. Y ningún hombre es la explicación de mi trayectoria.
Por eso no quiero que hablemos menos. Quiero que hablemos más. Que una mujer cuente su historia y quizá otra descubra que aquello que llevaba años creyendo que solo le había ocurrido a ella nunca fue solamente suyo. Yo ya conté la mía. Ahora quiero escuchar las de ustedes. Y a la mujer que, como yo, todavía está preguntándose si vale la pena ocupar esa silla, solamente quisiera dejarle el consejo que un día otra mujer me dio: espalda contra el respaldar. Derecha. Con confianza. No porque la silla nos pertenezca para siempre. No porque no puedan pedirnos que nos levantemos. No porque estar sentadas nos dé la razón. Sino porque, mientras nos corresponda ocuparla, no tenemos por qué hacerlo desde la orilla.
