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La IA puede diseñar medicamentos, pero también reducir las barreras para crear amenazas biológicas

La inteligencia artificial está transformando la bioingeniería a una velocidad difícil de imaginar hace pocos años, permitiendo analizar enormes cantidades de información genética, predecir estructuras moleculares, diseñar proteínas, acelerar el desarrollo de medicamentos y apoyar investigaciones que podrían cambiar la manera en que prevenimos y tratamos enfermedades. No obstante, las mismas capacidades que permiten diseñar nuevas soluciones para la salud también pueden utilizarse con propósitos completamente diferentes.

Esta preocupación ha comenzado a ocupar un espacio importante dentro de las propias compañías que desarrollan los modelos más avanzados, donde investigadores y exempleados de organizaciones como OpenAI y Anthropic han advertido sobre los riesgos asociados con sistemas cada vez más capaces y la necesidad de fortalecer los mecanismos de supervisión, seguridad y control conforme aumenta su autonomía.

En bioingeniería, el problema adquiere una dimensión particular, porque gran parte del conocimiento utilizado para desarrollar una vacuna, modificar un microorganismo, diseñar una proteína o estudiar la interacción entre un patógeno y una célula tiene una naturaleza de doble uso, lo que permite que una misma herramienta pueda contribuir tanto al desarrollo de una terapia como, eventualmente, facilitar investigaciones orientadas a producir daño.

Es así como OpenAI reconoce que modelos avanzados podrían reducir algunas de las barreras de conocimiento necesarias para desarrollar amenazas biológicas o químicas, mientras Anthropic ha señalado que sus sistemas actuales son suficientemente capaces en investigación científica como para requerir mayores restricciones sobre determinadas consultas biológicas.

Esto no significa que una inteligencia artificial pueda crear por sí sola un arma biológica, porque siguen existiendo barreras importantes relacionadas con infraestructura, participación humana y conocimientos experimentales, entre otros factores; pero sí evidencia que algunas de esas barreras podrían comenzar a disminuir.

El riesgo aumenta a medida que convergen la inteligencia artificial, la biología sintética, la edición genética y la automatización de laboratorios, porque actividades que anteriormente requerían equipos altamente especializados pueden recibir cada vez más asistencia computacional para analizar información, proponer alternativas, interpretar resultados y orientar procesos experimentales.

Paradójicamente, estas mismas tecnologías pueden convertirse en una de nuestras principales herramientas de defensa mediante sistemas capaces de detectar amenazas biológicas, identificar nuevos patógenos, desarrollar contramedidas, acelerar vacunas y responder con mayor rapidez ante futuros brotes. Esto demuestra que el problema no se encuentra en la bioingeniería ni en la inteligencia artificial, sino en nuestra capacidad para desarrollar mecanismos que permitan aprovechar sus beneficios y, al mismo tiempo, reducir las posibilidades de un uso malintencionado.

La bioingeniería siempre ha implicado una enorme responsabilidad porque trabaja directamente con los sistemas que hacen posible la vida. La inteligencia artificial está multiplicando esa capacidad y, con ella, también nuestra responsabilidad.

El verdadero desafío no será únicamente desarrollar tecnologías capaces de modificar la biología, sino asegurarnos de que nuestra capacidad para controlarlas avance tan rápido como nuestra capacidad para crearlas.