Existe una conversación que ninguna mujer puede evitar. No ocurre en una reunión de trabajo, durante una conversación con una amiga o alrededor de una mesa familiar. Ocurre en silencio. Acompaña cada decisión, cada error, cada logro y cada nuevo desafío. Es el diálogo que cada mujer mantiene consigo misma. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar cómo nos estamos hablando.
Durante años hemos asociado el amor propio con la autoestima, la confianza o la capacidad de poner límites. Pero quizás el lugar donde realmente comienza sea mucho más cotidiano. Si el amor propio fuera un cuerpo, el diálogo interno sería su corazón. Porque es ahí donde nace la forma en que nos vemos, nos valoramos y enfrentamos la vida.
La psicóloga Kristin Neff, una de las principales investigadoras sobre autocompasión, ha dedicado más de dos décadas a estudiar la relación que las personas mantienen consigo mismas. Sus investigaciones muestran que muchas mujeres utilizan un diálogo interno mucho más duro del que emplearían con una amiga, una hija o una hermana.
Resulta paradójico. Con frecuencia ofrecemos comprensión, paciencia y palabras de aliento a quienes amamos, pero rara vez nos concedemos ese mismo trato. Quizás por eso muchas mujeres desarrollan una costumbre silenciosa: minimizar sus logros y maximizar sus errores:
Cuando alcanzan una meta, piensan que cualquiera podría haberlo hecho.
Cuando reciben un reconocimiento, responden que simplemente tuvieron suerte.
Cuando hacen algo bien, pasan rápidamente al siguiente desafío sin detenerse a celebrar.
Pero basta un pequeño error para cuestionar durante días su capacidad, su preparación o incluso su valor. El problema no es equivocarse. El problema es convertir cada error en una definición de quiénes somos. A esta realidad se suma un fenómeno muy propio de nuestro tiempo.
Abrimos las redes sociales y parece que todas las demás mujeres avanzan más rápido.
Una terminó una maestría.
Otra corrió diez kilómetros antes de iniciar su jornada.
Otra recibió un ascenso.
Otra emprendió un nuevo negocio.
Otra parece encontrar el equilibrio perfecto entre su trabajo, su familia y su vida personal.
Y, casi sin darnos cuenta, aparece una frase silenciosa:
Voy atrasada”.
La psiquiatra Marian Rojas Estapé explica que vivimos inmersos en una cultura de comparación permanente y gratificación inmediata. Las redes sociales muestran resultados extraordinarios, pero rara vez muestran los momentos de incertidumbre, cansancio, frustración o miedo que también forman parte de cualquier historia.
Comparar nuestra vida completa con los momentos más exitosos de otras personas difícilmente puede conducir a una conclusión justa. Sin embargo, esa comparación termina alimentando el diálogo interno. Y nuestro cerebro escucha cada palabra que nos repetimos.
La neurociencia ha demostrado que el cerebro posee una enorme capacidad de adaptación gracias a la neuroplasticidad. Los pensamientos que repetimos con mayor frecuencia pueden reforzar determinados patrones y afectar la manera en que interpretamos la realidad, afrontamos los desafíos y construimos nuestra autoestima.
No significa que baste con pensar en positivo para resolver los problemas. Significa que la forma en que nos hablamos también moldea la forma en que vivimos.
La investigadora Carol Dweck, reconocida por sus estudios sobre la mentalidad de crecimiento, sostiene que quienes entienden el error como parte del aprendizaje desarrollan una mayor capacidad para perseverar y aprender.
Quizás el verdadero cambio no consista en dejar de equivocarnos.
Consista en cambiar la conversación que tenemos después de equivocarnos.
En lugar de repetirnos:
Siempre fallo”.
Podríamos preguntarnos:
¿Qué puedo aprender de esta experiencia?”.
En lugar de pensar:
No soy suficiente”.
Tal vez sea más justo reconocer:
Todavía estoy aprendiendo”.
No se trata de ignorar nuestras áreas de mejora ni de conformarnos. Se trata de construir una relación más sana con la única persona que nos acompañará durante toda la vida. Quizás el amor propio no comience cuando alguien más reconoce nuestro trabajo. Ni cuando alcanzamos una meta importante.
Quizás comience mucho antes. En la forma en que nos hablamos cuando nadie más nos escucha. Porque la relación más larga que tendremos será con nosotras mismas. Y la calidad de esa relación dependerá, en gran medida, de las palabras que decidamos repetirnos cada día.
