Gracias, Hamás. Sí, así de terrible como suena.
Después de la tragedia del 7 de octubre, hay algo que, por doloroso que resulte admitirlo, debemos agradecer: la brutalidad de aquel día arrancó muchas máscaras. Nos obligó a mirar de frente realidades que durante años permanecieron ocultas bajo discursos de tolerancia, justicia, derechos humanos y solidaridad.
Gracias, Hamás, por ayudarnos a descubrir el antisemitismo que nunca desapareció. Ese que aprendió a cambiar de vocabulario, a vestirse de progresismo, a esconderse detrás de consignas aparentemente nobles y a presentarse como una postura política respetable. Ese que ya no necesita declarar su odio hacia los judíos, porque encontró formas más sofisticadas de expresarlo: relativizar su sufrimiento, justificar la violencia contra ellos o exigirles una conducta moral que no se exige a nadie más.
Gracias por mostrarnos que el antisemitismo no siempre llega con símbolos nazis ni con insultos explícitos. A veces llega con pancartas universitarias, columnas de opinión, discursos diplomáticos y manifestaciones que hablan de liberación mientras guardan silencio ante la masacre de civiles judíos.
Gracias por exhibir las contradicciones de tantas instituciones internacionales que proclaman defender los derechos humanos. Instituciones cuya credibilidad depende de que sus principios se apliquen sin distinciones, pero que han sido objeto de críticas por sus respuestas, sus silencios y sus diferentes estándares ante conflictos y víctimas. Cuando la universalidad de los derechos humanos depende de quién sea la víctima y quién el responsable, deja de ser universalidad y se convierte en conveniencia política.
Gracias por recordarnos que una institución puede conservar su lenguaje moral mientras pierde la autoridad moral que pretende representar.
Gracias, también, por obligarnos a mirar al periodismo con mayor espíritu crítico. A preguntarnos por qué unas imágenes recorren el mundo mientras otras apenas reciben atención; por qué algunas fuentes se presentan como incuestionables y otras se descartan de antemano; por qué, en ocasiones, la urgencia de construir una narrativa parece imponerse sobre la obligación de verificar los hechos.
El periodismo tiene una responsabilidad inmensa: informar, contextualizar, contrastar y reconocer la incertidumbre. Cuando esa responsabilidad cede ante la presión ideológica, el activismo o la búsqueda de titulares, el público deja de recibir una explicación de la realidad y comienza a recibir una interpretación interesada de ella.
No se trata de exigir que los medios defiendan a Israel. Se trata de exigir que no abandonen la verdad cuando Israel es el protagonista.
Gracias por desenmascarar a los pseudohumanistas. A quienes hablan de dignidad humana, pero parecen necesitar una larga lista de condiciones antes de reconocer el dolor de una familia judía. A quienes condenan la violencia en abstracto, pero encuentran matices, antecedentes y justificaciones cuando las víctimas son israelíes.
La historia puede explicar el contexto de un conflicto. No puede convertir el asesinato deliberado de civiles en un acto moralmente aceptable. La opresión, las injusticias y las aspiraciones nacionales no borran la humanidad de las víctimas ni conceden licencia para secuestrar, torturar o asesinar.
Y defender los derechos de los palestinos no exige justificar a Hamás. Del mismo modo, condenar a Hamás no exige ignorar el sufrimiento de los palestinos. Quien no puede sostener ambas verdades al mismo tiempo no está defendiendo los derechos humanos de manera universal: está seleccionando a quién concede su compasión.
Gracias por enseñarnos que la palabra paz puede pronunciarse mientras se tolera el odio; que la palabra justicia puede utilizarse para disfrazar la venganza; y que la palabra humanidad puede perder todo su significado cuando se aplica selectivamente.
Pero, sobre todo, gracias por recordarnos algo que jamás deberíamos olvidar: el carácter de una sociedad no se mide únicamente por la forma en que trata a quienes admira, sino también por la forma en que reacciona cuando las víctimas son personas a las que aprendió a despreciar.
El 7 de octubre no creó todas estas contradicciones. Las hizo más difíciles de ocultar.
Gracias por dejar constancia de quiénes fueron.
Gracias, Hamás, por permitirnos ver cómo algunos intelectuales, académicos y supuestos humanistas utilizaron su prestigio, sus tribunas y sus palabras para expresar un odio que, en otras circunstancias, quizá habrían preferido mantener disimulado.
Ellos creen que están construyendo un legado. Creen que sus artículos, sus discursos y sus condenas selectivas los colocarán del lado correcto de la historia. Pero hay una diferencia enorme entre trascender y simplemente dejar huella. Se puede pasar a la historia por la grandeza de las ideas, pero también por la pequeñez moral que uno fue incapaz de reconocer en sí mismo.
Quizá algún día sus hijos y sus nietos lean lo que escribieron. Quizá descubran que sus padres o abuelos, aquellos que hablaban de humanidad, justicia y tolerancia, fueron incapaces de reconocer plenamente la humanidad de los judíos cuando más importaba hacerlo. Quizá sientan vergüenza. O quizá encuentren en esos textos el punto de partida para comprender el daño causado y tratar de repararlo.
Porque eso también es un legado: las palabras que dejamos escritas, las causas que defendemos y las injusticias que decidimos justificar. Quienes hoy creen estar del lado correcto de la historia deberían recordar que la historia no siempre juzga a las personas por los títulos que acumularon, sino por lo que hicieron cuando su integridad moral fue puesta a prueba.
Por eso, como judíos, tenemos una responsabilidad: exponerlos, documentar sus palabras y dejar constancia de sus contradicciones.
No porque creamos que vamos a cambiar la opinión de quienes decidieron odiarnos. No porque debamos desperdiciar nuestra vida intentando convencer a quien no quiere escuchar. Lo hacemos porque el silencio deja el campo libre a quienes pretenden escribir la historia sin testigos ni contradictores.
Debemos levantar la voz. Debemos responder. Debemos señalar los dobles estándares y confrontar el odio, incluso cuando provenga de personas prestigiosas, influyentes o admiradas en determinados círculos.
No para heredarles a nuestros hijos una colección de enemigos, sino para dejarles un registro de lo que ocurrió, de lo que se dijo y de quiénes decidieron mirar hacia otro lado. Para que las próximas generaciones puedan juzgar por sí mismas y, si tienen la voluntad y la honestidad necesarias, contribuir a reparar lo que otros dañaron.
La memoria también es una forma de justicia.
Y nosotros, como judíos, debemos caminar con la frente en alto. Sin pedir disculpas por existir. Sin avergonzarnos de nuestra identidad. Sin permitir que el odio ajeno nos haga dudar de nuestro propio valor.
Debemos enseñarles a nuestros hijos a sentirse orgullosos de quienes son; a conocer su historia, sus raíces y sus tradiciones; a comprender los principios morales que han sostenido a nuestro pueblo durante milenios. Debemos enseñarles que la dignidad no se negocia, que la compasión no significa ingenuidad y que la paz no exige renunciar al derecho de defenderse.
Debemos enseñarles a pensar, a cuestionar, a argumentar y a defender la verdad. A levantar la voz cuando sea necesario. A no dejarse intimidar por títulos académicos, tribunas universitarias ni aplausos multitudinarios. Y, sobre todo, a no confundir la decencia con el silencio frente a quienes nos deshumanizan.
No debemos enseñarles a odiar a quienes nos odian. Debemos enseñarles algo mucho más difícil: a no permitir que ese odio determine quiénes somos, sin dejar jamás de reconocerlo, denunciarlo y enfrentarlo.
Porque nuestra historia nos enseñó que el silencio de los demás no puede convertirse en nuestro silencio y que nuestra supervivencia no depende de obtener la aprobación de quienes nos rechazan, sino de conservar nuestra dignidad, nuestra memoria y nuestra capacidad de defendernos.
El espejo
Hillel Fuld expresó una idea que invita a reflexionar sobre el antisemitismo: quienes odian a los judíos muchas veces proyectan sobre ellos sus propias contradicciones, frustraciones y debilidades.
Hay quienes no soportan lo que ven cuando se enfrentan a ese espejo. En lugar de examinarse, atacan al reflejo. En lugar de cuestionar sus prejuicios, buscan defectos en el otro. Y, cuando no encuentran una justificación convincente para su hostilidad, convierten al judío en el culpable de aquello que no quieren reconocer en sí mismos.
Esa puede ser una de las formas en que se manifiesta el antisemitismo: no como una crítica honesta, sino como una proyección que transforma al judío en símbolo de todo aquello que alguien se niega a enfrentar dentro de sí.
No toda crítica a Israel es antisemitismo. Pero ninguna crítica política debería servir de refugio para el prejuicio contra los judíos ni para justificar la violencia contra ellos.
Por eso seguiremos hablando. Seguiremos escribiendo. Seguiremos documentando. Seguiremos educando a nuestros hijos.
No necesitamos que quienes nos odian nos concedan permiso para existir ni que nos otorguen su aprobación para sentirnos orgullosos de nuestra identidad.
No podemos impedir que otros escriban su odio. Pero podemos impedir que ese odio quede escrito sin respuesta.
Y cuando nuestros hijos y nuestros nietos miren hacia atrás, queremos que encuentren algo más que el registro de quienes nos despreciaron. Queremos que encuentren nuestra respuesta: la memoria de un pueblo que conoció el odio, que sufrió sus consecuencias y que, aun así, se negó a renunciar a su dignidad.
No hay nada que agradecer en una masacre, en el secuestro de inocentes, en el dolor de las familias ni en las vidas destrozadas por el terrorismo. Ninguna revelación ideológica compensa semejante sufrimiento. La tragedia del 7 de octubre merece memoria, justicia y la determinación de no volver a mirar hacia otro lado.
Pero sí podemos extraer una lección de lo ocurrido.
Podemos dejar de confundir consignas con principios, indignación selectiva con justicia y popularidad con verdad. Podemos exigir a los medios rigor, a las instituciones coherencia y a quienes se proclaman defensores de los derechos humanos que demuestren que esos derechos pertenecen a todos.
Y podemos recordar que el antisemitismo no deja de ser antisemitismo porque aprenda un nuevo lenguaje.
Gracias, Hamás, por las máscaras que cayeron. No por el horror que provocaste, sino por la claridad que, dolorosamente, nos obligaste a buscar.
Jamás agradeceremos la tragedia. Pero jamás renunciaremos a la verdad.
