Tengo en mi corazón la imagen de mi maestra, la niña Aída María Meléndez de Cartín, en la Escuela Buenaventura Corrales, comprando el “Almanaque Icecu” en los años 60 para compartirlo con nosotros. A su lado, también en mi corazón, está la memoria de mi abuela materna, sentada conmigo en su sala, leyéndolo con esa mezcla de curiosidad y ternura con la que los abuelos nos enseñan tantas cosas casi sin darse cuenta. Y ahora mismo, si cierro los ojos, logro escuchar el estribillo de aquel programa radial saliendo del parlante de la consola de mi abuela: “¡Oigamos la respuesta!”. Esas tres imágenes —mi maestra, mi abuela, la radio— son, para mí, la definición de lo que significa un patrimonio cultural: no es lo que se guarda en una vitrina, sino lo que sigue resonando dentro de nosotros décadas después.
De la Unesco conservo otro recuerdo escolar, más modesto, pero igual de entrañable: la compra de las tarjetas navideñas, en una época en la que enviar una tarjeta por correo era una forma de cuidar la amistad y la memoria compartida. Aquella costumbre me enseñó, sin que yo lo supiera entonces, que las grandes instituciones también pueden habitar los pequeños gestos de una familia.
Escuela para Todos y la Unesco están en mi vida adulta de una manera que aquel escolar de pantalón corto jamás podría haber imaginado. Como médico internista y especialista en cuidados intensivos, pasé buena parte de mi carrera acompañando a personas en momentos de extrema fragilidad. Como vocero de la CCSS durante la pandemia, aprendí que comunicar salud no es solamente transmitir información correcta, sino hacerlo desde la solidaridad y la responsabilidad compartida —la misma filosofía, dicho sea de paso, que reconocí en programas como Salud para Todos, hermanos en espíritu de esta fundación—. Y, como bioeticista, trabajo hoy apoyado en la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos de la Unesco, que es la columna vertebral de los Comités de Bioética Clínica en Costa Rica.
Por eso, cuando pienso en Escuela para Todos, no la veo como un objeto de colección. Pienso en familia. Pienso en memoria. Pienso en la tradición y en el legado. Y pienso, sobre todo, en ese asombro infantil ante el mundo que el Almanaque despertaba: las ganas de saber cómo funcionan las cosas, de dónde venimos, qué nos debemos los unos a los otros. Ese asombro, curiosamente, también es el punto de partida de la bioética: la pregunta por cómo cuidamos la vida y la dignidad del otro.
Que esta colección alcance el reconocimiento formal como Memoria del Mundo no es solo un acto de justicia hacia el pasado. Es también un compromiso con el futuro: que las próximas generaciones tengan, como la tuve yo, una maestra que les entregue un libro y una abuela que se lo lea. Muchas gracias.
