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El mito del conflicto: por qué no estamos obsesionados con la pelea, sino atrapados por el algoritmo

Existe una narrativa muy conveniente que llevamos años escuchando en la televisión, la política y las redes sociales: los seres humanos somos adictos al drama. Nos han vendido la idea de que nos fascina la confrontación, que disfrutamos viendo al mundo arder en los comentarios de Instagram o TikTok y que, en el fondo, la sociedad está dividida de forma irremediable en dos bandos radicales. Pero, al parecer, esto es mentira.

Esa supuesta «fascinación por el conflicto» no es una inclinación natural de nuestra especie; es una excusa perfecta. Sostener que la gente pide odio a gritos funciona como la coartada ideal para que las corporaciones tecnológicas justifiquen el bajo nivel ético de sus plataformas —«es la naturaleza humana», dicen— y para que los estrategas políticos movilicen votos apelando al conflicto, el miedo al otro y la polarización, en lugar de presentar propuestas reales.

Según distintos estudios, la realidad es radicalmente distinta: el ser humano busca por naturaleza la conexión, la cooperación y la paz. Entonces, ¿por qué nuestro feed parece un campo de batalla?

Evolutivamente, nuestro cerebro está programado para detectar amenazas. Es el famoso sesgo de negatividad: ante un peligro inminente, el cuerpo puede reaccionar antes de que la mente consciente termine de procesarlo. Cuando el contenido en redes apela a la indignación, la ira o el miedo, genera respuestas biológicas inmediatas: picos de cortisol y dopamina. Aquí está la trampa: el algoritmo confunde esta respuesta biológica de alerta con un «interés genuino».

Las plataformas de la economía de la atención no están diseñadas para mostrarte lo que te hace bien o te une a los demás, sino lo que retiene tu mirada por más tiempo. No consumimos conflicto por placer o morbo, sino por la necesidad instintiva de entender de dónde viene el peligro y protegernos.

Ojo: nos están vendiendo la alerta de nuestro propio cerebro como si fuera una preferencia de entretenimiento. Fórmula: alerta biológica —picos de cortisol y dopamina por indignación, ira o miedo— → algoritmo: «¡Ajá! Le fascina la pelea» → priorización de contenido hostil.

Si realmente nos encantara el conflicto, no estaríamos viviendo el fenómeno actual de la fatiga informativa. La sobreexposición a narrativas hostiles no nos divierte: nos agota, nos genera malestar físico y estrés psicológico severo.

De hecho, un porcentaje cada vez mayor de la población está decidiendo desconectarse activamente de las noticias y silenciar conversaciones polarizantes para cuidar su salud mental. La mayoría de las personas no habita en los extremos; vive en los matices grises de la vida cotidiana, buscando estabilidad, respeto y consenso. El mito del público «pidiendo sangre» se cae por su propio peso cuando la reacción generalizada es el agotamiento.

Si el diseño deliberado de las redes nos está empujando a una vulnerabilidad constante, nuestra responsabilidad es despertar esa conciencia y no seguirles el juego. Pero la solución no es solo individual; requiere exigir un cambio radical en cómo queremos que se comuniquen con nosotros, especialmente desde el Gobierno y las instituciones públicas.

Si la regla del entorno digital es el circo y la polarización para arañar clics, la comunicación política y pública no debería competir en ese mismo lodo. Al contrario, debemos exigirles una estrategia basada en la calma. Con menos eslóganes y más datos: respetar la inteligencia ciudadana explicando el «por qué» y el «cómo» de las decisiones con transparencia, no solo con frases vacías, estridencias y lenguaje coloquial irreverente.

El conflicto constante no es un reflejo de quiénes somos, sino un producto manufacturado a gran escala porque resulta ridículamente rentable para unas plataformas que facturan cada vez que captan por más tiempo nuestra atención. Decir «basta» al espectáculo digital y exigir una comunicación madura, útil y orientada al bienestar no es una utopía: es un acto de soberanía mental. La próxima vez que sintás que la indignación, la ira o la polarización te atrapan en redes, recordá: no estás fascinado, estás bajo alerta. Y tenés todo el derecho de exigir un entorno —digital y real— que no explote tus sesgos, sino que construya soluciones.