El 19 de diciembre de 2023 nació Eva Margarita. Diez horas después, murió. Su madre, Andrea, llegó al Hospital México con un embarazo sano y a término. En un momento, su bebé dejó de moverse; su corazón de madre no la engañó y pidió atención inmediata. Según su testimonio, no encontró la escucha, el acompañamiento ni la valoración oportuna que necesitaba. Lo que siguió fue una serie de presuntas omisiones que hoy se investigan como un posible caso de mala praxis.
Eva Margarita murió por falta de atención oportuna y Andrea vive un duelo que no desaparece con el paso del tiempo. La literatura científica señala que la muerte de un bebé durante el embarazo, el parto o poco después de nacer puede tener un impacto emocional devastador, con un duelo profundo y prolongado, muy distinto de cualquier otro. Como plantea la psicóloga perinatal Sherokee Ilse en Empty Arms (2013), “la muerte de un bebé no es un evento que se supera; es una pérdida que se integra, pero cuyo dolor reaparece en distintas etapas de la vida”.
La psicología perinatal también ha demostrado que este tipo de duelo es uno de los más complejos y persistentes, porque interrumpe un proceso de embarazo cargado de expectativas, vínculos y proyección de futuro (Cacciatore, 2010). No es un duelo que termina: es un duelo que se acompaña.
Más de dos años de silencio institucional
Andrea denunció, buscó ayuda y tocó puertas. La Oficina de Atención a la Víctima del Delito y la Defensoría de los Habitantes la acompañan, pero la respuesta es siempre la misma: “El caso está en trámite.”
Esa frase se ha repetido por más de dos años. Dos años sin avances concretos, sin claridad y sin justicia. Dos años sin una sola acción que alivie el dolor de una madre que perdió a su hija en circunstancias que pudieron evitarse.
¿Cómo se sostiene una mujer en ese vacío? ¿Cómo se reconstruye la confianza cuando el Estado responde con silencio?
La investigación judicial tiene sus procedimientos, pero eso no debería impedir que las instituciones brinden información comprensible, atención humana y acompañamiento a quienes atraviesan una pérdida de esta naturaleza.
El duelo perinatal: un dolor que la sociedad no sabe nombrar
La muerte de un bebé no es una estadística, un número ni un expediente. Es un antes y un después en la vida de una mujer.
El duelo perinatal sigue siendo silenciado, incomprendido y minimizado. La sociedad espera que la madre “sea fuerte”, “siga adelante”, “acepte que así es la vida”. Pero ¿cómo se sigue adelante cuando la vida que se esperaba abrazar ya no está?
Andrea no solo perdió a su hija. Perdió la oportunidad de verla crecer, escuchar su voz, acompañar sus primeros pasos y compartir con ella los momentos que había imaginado. Perdió el futuro que soñaba construir a su lado. Y, además, perdió la confianza en un sistema que debía protegerla. Su dolor no necesita plazos ni frases hechas. Necesita respeto, comprensión y acompañamiento.
La pregunta que duele: ¿cuánto importa la vida de mi bebé?
Andrea me lo dijo con una mezcla de rabia, tristeza y agotamiento:
Los medios hablan de farándula, de infidelidades, de juicios mediáticos… ¿y nadie habla de mi hija? ¿Cuál es la diferencia entre mi bebé y esos casos que sí importan?”
Ella ve titulares sobre asesinatos, sobre juicios por muertes violentas e historias que conmocionan al país. Y se pregunta:
¿Por qué la muerte de mi hija no merece atención? ¿Por qué la vida de tantos bebés no importa?”
Es una pregunta legítima que debería incomodarnos como sociedad, porque revela una verdad dolorosa: en Costa Rica, la violencia obstétrica sigue siendo invisible. Las muertes por posible mala praxis siguen siendo tratadas como accidentes, no como tragedias evitables.
La violencia obstétrica también puede tener consecuencias irreversibles
La violencia obstétrica no se limita al trato deshumanizado o a la falta de información. También es negligencia emocional, indiferencia institucional y una profunda desconexión con la vida y la dignidad de las mujeres.
La violencia obstétrica también mata: mata cuando no se escucha, cuando no se atiende a tiempo, cuando se minimizan los síntomas, cuando se ignora la voz de la mujer. Eva Margarita murió por eso, y Andrea vive con esa verdad todos los días.
Costa Rica necesita mirar este dolor
Este artículo no busca señalar culpables antes de que se determinen las responsabilidades. Busca señalar los silencios y recordar que detrás de cada expediente hay una historia humana; que detrás de cada bebé fallecido hay una familia que intenta comprender lo sucedido y una madre que no deja de preguntarse qué pudo haber sido diferente.
También busca exigir que los casos no queden atrapados indefinidamente en la expresión «está en trámite»; que las familias reciban información oportuna, que los procesos avancen con la diligencia debida y que el duelo no se agrave por la indiferencia o la falta de acompañamiento institucional.
La justicia no devuelve una vida, pero puede contribuir a esclarecer los hechos, determinar responsabilidades y evitar que otras familias atraviesen experiencias similares.
Andrea no está sola
Acompaño a Andrea como especialista en derechos humanos y doula, sosteniéndola en su duelo, en su búsqueda de justicia y en su lucha por mantener viva la memoria de Eva Margarita.
Pero mi acompañamiento no es suficiente. Costa Rica también debe acompañarla. Las instituciones, los medios de comunicación y la sociedad tienen un papel que cumplir para que su historia sea escuchada y para que otras familias que atraviesan pérdidas similares no tengan que vivir su dolor en soledad. Porque la vida de un bebé importa. Porque la muerte de Eva Margarita importa. Porque la voz de Andrea importa.
Un llamado urgente
A lo largo de mi trabajo he acompañado a mujeres víctimas de violencia obstétrica y he conocido otros cuatro casos similares al de Andrea, con procesos que, según mi experiencia, pueden prolongarse hasta quince años o incluso más antes de obtener una respuesta. Me pregunto si esto es justo, si tanta revictimización y tanto silencio abrumador pueden considerarse aceptables en un país que dice proteger la vida y la dignidad.
El caso de Andrea no puede seguir esperando, no puede seguir archivado en el silencio ni convertirse en una respuesta repetida durante años, porque la justicia tardía, la indiferencia y el olvido también son una forma de violencia.
Eva Margarita merece verdad. Andrea merece respuestas. Y Costa Rica merece mirar de frente aquello que debe cambiar para que ninguna madre vuelva a preguntarse si la vida de su bebé importa.
