El 1 de junio de 1969 salió de Barcelona hacia Ginebra un tren que resolvió un problema de más de un siglo. España había tendido sus vías con un ancho distinto del francés, y en la frontera todo el mundo se bajaba con las maletas y se subía a otro tren. El Talgo Catalán no les pidió a los franceses que cambiaran sus vías ni a los españoles que arrancaran las suyas. En la estación de Portbou, los ejes de cada vagón se ajustaban al ancho siguiente, con los pasajeros sentados adentro.
Con la inteligencia artificial, Costa Rica tiene que ser ese eje.
Los anchos de vía de la IA los fijan otros: un puñado de empresas y dos o tres países. El estándar que llega primero se queda, porque todos se conectan a él. Un país de cinco millones de habitantes no va a fijar ninguno. Tampoco lo necesita. Lo que necesita es circular entre todos sin quedar preso de ninguno. Y para eso hay que decidir, tramo por tramo, qué le toca poner y qué no.
Lo que no conviene poner: la deuda
Chips, centros de datos, cables. Es la infraestructura que más deuda está levantando en el mundo y la que menos dura: los chips de IA se registran con cinco o seis años de vida útil, mientras los arrendamientos de los edificios que los albergan se firman a diez o quince años. Las máquinas se vuelven obsoletas; las deudas, no. Costa Rica ya pagó una vez, con deuda que cubrieron los contribuyentes, un tren cuya ganancia se llevó un privado; no hace falta repetir el yerro.
Eso no significa cerrarle la puerta a nadie. Significa que el capital lo arriesgue quien va a cobrar la ganancia.
Lo que sí tenemos para vender: energía limpia
Lo que esa infraestructura necesita y no se vuelve obsoleto en cinco años es la electricidad. Y ahí el país tiene algo que pocos tienen: en 2025, el 98,6% de su electricidad salió de fuentes renovables. Ese es el activo durable.
Eso sí, no sobra. El propio ICE estima que hacia 2050 habrá que más que duplicar la capacidad instalada y que no puede financiarlo solo. Razón de más para que la regla sea simple: quien quiera usar esa energía, que la pague a costo total, incluida la generación nueva que haga falta, sin que la diferencia termine en la tarifa de los hogares y las pymes.
Lo que hay que formar: gente que lea y que decida
La ciencia que hace posible la IA la pagaron durante décadas universidades, gobiernos y filantropía, y casi nunca la cobró quien la produjo. Hoy, además, buena parte de la investigación y muchos modelos de IA se publican abiertos. Es la única vía que se usa casi gratis, si hay gente formada para leerla. Ahí la inversión de un país pequeño no es en cemento; es en aulas.
Y la otra mitad ya la estamos ganando. Como conté en este mismo espacio, en los datos abiertos de Anthropic de mayo de 2026, Costa Rica aparece como el tercer país de América Latina que más usa su IA en proporción a su población, sin que nadie lo hubiera ordenado. El siguiente paso es pasar del texto a la decisión: no usar la IA para producir más documentos, sino para que la gente decida mejor el crédito, el inventario, la ruta del camión o el turno del hospital. Que vengan los centros de datos, si pagan su energía; pero el plan es la gente.
Cómo circular: varios proveedores, no un solo peaje
El eje de ancho variable, en la práctica, es una regla de diseño: que los procesos y los datos de una organización funcionen con más de un proveedor de IA. El modelo se alquila por uso y cada vez más barato; el riesgo no es el precio, es quedar cautivo de una sola caseta de peaje que cobra sobre cada decisión que pasa por ella. Vale para la empresa y vale para el sector público, que es el comprador más grande del país: cada contrato de IA debería poder cambiar de proveedor sin rehacer el sistema.
Y el papel del Estado en todo esto cabe en una línea: garantizar el acceso, no financiar las vías de otros.
Elegir con criterio propio
El novelista Neal Stephenson inventó una palabra para esto, y el periodista Derek Thompson la rescató este año: amistics. Viene de los amish, las comunidades de Estados Unidos que deciden con cuidado qué tecnologías dejan entrar a su vida y cuáles no. Stephenson la usa para las decisiones de cualquier sociedad sobre qué tecnología adopta según sus propios valores, sin adoptarla toda como viene. El eje de ancho variable es eso a escala de país: elegir cuál, para qué y en qué orden.
El tren chiquitico
En 1825, mientras el dinero de Londres corría detrás de bonos de las nuevas repúblicas latinoamericanas (las centroamericanas incluidas) y de minas al otro lado del océano, en el norte de Inglaterra abría un tren de unos 40 kilómetros. Llevaba carbón de las minas al puerto. Lo financiaron comerciantes de la zona, con un cuáquero, Edward Pease, a la cabeza, sobre una carga que ya existía. El Stockton & Darlington fue el primer ferrocarril público del mundo con locomotoras de vapor. La euforia estaba en otra parte.
Y un detalle que cierra el círculo: su ingeniero, George Stephenson, usó el ancho de los carretones de las minas de la zona. Ese ancho terminó siendo el estándar de medio mundo, el mismo al que el Talgo se ajustaba en Portbou. El tren chiquitico, con carga propia, acabó fijando la vía de los grandes.
¿Dónde está el Stockton & Darlington de la IA? Probablemente no en la valoración del próximo laboratorio ni en el IPO de un gigante, sino en alguien que ya tiene su carga y aprende a moverla mejor. Mi apuesta es que puede estar acá.
