El que te dice la verdad, aunque no sea lo que querés oír. El que te dora la píldora.
El que juega a creerte las mentiras, aunque al abogado, al cura y al doctor nunca se les miente.
El que es parte terapeuta, parte mandadero, parte secretaria, parte paño de lágrimas, parte amigo.
El incondicional, que está siempre a mano y dispuesto.
El que se anima a decirte que no, que no te va a llevar ese caso, y te dice por qué.
El que te advierte que el riesgo es alto o que no vale la pena hacer algo y solo lo hace si insistís.
El que te cobra hasta por respirar.
Al que le echás en cara que alguien te cobra más barato y te lo aguanta.
El que reconoce cuando se equivoca o no sabe algo y te lo dice.
El que es conciliador.
El que se comporta como un dragón y escupe fuego.
El que la pierde en audiencia, grita e insulta y así marca territorio.
El que juega para la galería.
El que es elegante al litigar y no se rebaja a la pachuquería.
El que siempre habla mal de otros colegas. Ninguno es tan bueno como él. El que llega sin estudiar el caso; para eso están su habilidad y los asistentes.
El que no se presta a despedazar a la contraparte, aunque vos querés que la contraparte sufra y se arrepienta hasta de haber nacido.
El tiburón. El pececito de colores.
El que se sabe los números de todos los artículos. El que habla en latinazos. El que cita votos de cualquier Sala por número. El que habla en abogado. El que habla como la gente.
El que te cobra carísimo y a vos te parece que es señal de calidad.
Al que le pasás pulseando descuentos y termina cediendo.
El que te permite que vos saqués ese abogado que llevás dentro y tiene paciencia con tus escritos y planteamientos.
El adicto al trabajo.
El que no te contesta después del viernes al mediodía, a menos que estés detenido, allanado o medio muerto.
El que siempre va tarde.
El que ama/odia el correo electrónico/los audios de WhatsApp/los mensajes de texto/las llamadas.
El que te ve yéndote directo al precipicio y no te avisa, siempre y cuando estés pagando.
El que siempre quiere pleito.
El que te cobra por hora/por mes/por tabla/como amigo/no te cobra.
El honesto. El que tiene patas en todas partes. El que te propone pasarte al lado oscuro de la fuerza. El que te dice no sé, déjame estudiar el tema. El que te dice “Jugátela”.
El que se lo toma personal. El que sabe mantener distancia. El que gana como propio y pierde como ajeno.
El que sabe que, cuando se recurre a abogados, es porque se agotó cualquier otra vía civilizada. El que entiende que atravesar el sistema judicial es una tortura y una tragedia y te lleva de la mano para que no perdás.
El que te cobra no por tocar un botón, sino porque sabe cuál botón tocar.
Decía un profesor de la Facultad de Derecho de la UCR que "los clientes se parecen a sus abogados y los abogados, a sus clientes". Y tiene razón.
