En educación dedicamos mucho tiempo a preguntarnos cómo acompañar al estudiante. Hablamos de seguimiento, retroalimentación, intervención y oportunidades para mejorar. Sin embargo, hay una pregunta que merece la misma atención: ¿quién acompaña al docente mientras continúa aprendiendo a enseñar?
Esto no significa que en Costa Rica no existan formas de acompañamiento. El Ministerio de Educación Pública cuenta con estructuras de asesoría y desarrollo profesional y, además, ha incorporado una estrategia de mentoría docente que entiende este proceso como una relación horizontal y colaborativa entre profesionales. Actualmente, esta iniciativa se enfoca en fortalecer la mediación pedagógica en lectoescritura en primero y segundo año.
Estos esfuerzos son importantes, pero también abren una conversación que vale la pena continuar. Quizás el desafío no sea crear una figura nueva ni importar modelos educativos, sino preguntarnos cómo acercar cada vez más el desarrollo profesional a las necesidades que surgen en la práctica cotidiana del docente.
Los datos recientes también invitan a plantear esta conversación. Según TALIS 2024, entre los docentes noveles costarricenses de secundaria inferior, un 18% tenía un mentor asignado y un 50% trabajaba en centros que ofrecían algún programa de mentoría. La misma encuesta muestra que el desarrollo profesional es valorado por muchos docentes, pero también enfrenta barreras importantes, entre ellas el costo, la falta de tiempo por otras responsabilidades y los conflictos con el horario laboral. Estos datos no representan a todo el profesorado costarricense, pero sí permiten plantear una pregunta relevante: ¿es suficiente ofrecer oportunidades de formación si las condiciones dificultan participar en ellas o llevar posteriormente lo aprendido al aula?
Esta pregunta también me toca desde mi propia experiencia profesional. Después de varios años ejerciendo la docencia, incorporarme a un sistema educativo diferente me recordó que tener experiencia no significa tener todas las respuestas. Había procesos que necesitaba comprender, información que debía aprender a interpretar y decisiones sobre las que necesitaba conversar. En esos momentos descubrí el valor de contar con profesionales que no se limitaran a indicarme qué hacer, sino que dedicaran tiempo a explicar, escuchar mis preguntas y analizar conmigo posibles caminos.
Con el tiempo comprendí algo sencillo: necesitar acompañamiento no disminuye la capacidad profesional de un docente. Reconoce que enseñar también exige seguir aprendiendo.
Por eso es importante diferenciar acompañamiento de supervisión. Ambos pueden ser necesarios, pero no siempre cumplen la misma función. Hay momentos en los que el docente necesita conocer un lineamiento o recibir una capacitación. En otros, necesita analizar por qué una estrategia no produjo el resultado esperado, interpretar información, recibir retroalimentación o simplemente conversar con alguien que le ayude a pensar cuál podría ser el siguiente paso.
La investigación internacional también aporta elementos a esta conversación. Un metaanálisis de 60 estudios encontró efectos positivos promedio del acompañamiento mediante teacher coaching tanto sobre la práctica docente como sobre el desempeño académico del estudiantado. Sin embargo, también identificó dificultades para mantener esos efectos cuando los programas aumentaban de escala. Esto nos recuerda algo importante: no basta con crear una figura o ponerle un nombre al acompañamiento; las condiciones en las que ocurre también importan.
Acompañar tampoco significa resolverle todo al docente. Desde las oportunidades que he tenido de apoyar a otros colegas, he aprendido que ayudar puede significar escuchar, compartir una experiencia, analizar información juntos o reconocer cuándo una decisión corresponde a otra instancia. El propósito debería ser fortalecer la capacidad profesional, no generar dependencia.
Costa Rica ya tiene una base sobre la cual continuar construyendo. La propia estrategia de mentoría del MEP reconoce la necesidad de avanzar hacia procesos de desarrollo profesional más cercanos al contexto en el que ocurre la enseñanza. La oportunidad, entonces, puede estar en seguir fortaleciendo esas experiencias y las condiciones que las hacen posibles.
Tal vez la pregunta “¿quién acompaña al docente?” no tenga una única respuesta. Puede ser una persona asesora, mentora, coordinadora, líder educativa o incluso otro docente. Más importante que el nombre de la figura es preguntarnos si existen el tiempo, la confianza y las condiciones necesarias para aprender junto a otros profesionales.
Si esperamos que nuestros docentes observen, reflexionen, ajusten sus decisiones y continúen aprendiendo junto a sus estudiantes, también vale la pena preguntarnos:
¿Qué condiciones estamos construyendo para que ellos tampoco tengan que aprender solos?
