Hay algo profundamente extraño y contradictorio en lo que estamos haciendo con la inteligencia artificial. Nos sorprendemos ante una inteligencia que empieza a resultarnos difícil de comprender cuando tomamos como modelo otra inteligencia que, en realidad, tampoco hemos comprendido nunca del todo: la nuestra. ¿Qué resultado esperábamos?
Sabemos muchísimo sobre el cerebro humano. Sabemos qué regiones intervienen en determinadas funciones, cómo se comunican las neuronas, qué sustancias participan en distintos procesos; podemos observarlo trabajando, pero seguimos sin poder explicar del todo cómo, de esa actividad, surge algo tan familiar y, al mismo tiempo, tan misterioso como una idea, un recuerdo, la imaginación, toda esa experiencia subjetiva interna que llamamos “conciencia”, que, sin poder explicarla completamente, nos define como seres humanos. Y con ese conocimiento imperfecto e incompleto nos lanzamos a intentar reproducir sus capacidades.
Ahora nos inquieta descubrir que tampoco entendemos por completo lo que ocurre dentro de ciertos sistemas artificiales. Esta ironía nos presenta la cómica escena de un primate que juega a ser dios, dando vida a otra forma de vida sin siquiera comprender la propia.
Pero tampoco hay mucho de qué sorprenderse: siempre hemos sido así. Construimos, experimentamos, creamos simplemente porque creemos que podemos hacerlo, pero sin cuestionarnos si debemos hacerlo, y después intentamos entender —o contener— las consecuencias de lo que hemos desatado.
Heidegger escribió que “la esencia de la técnica no es nada técnico”. Creo que esa frase resulta especialmente útil en este momento. La discusión sobre inteligencia artificial parece girar siempre alrededor de algoritmos, chips, modelos, centros de datos y capacidad de cómputo. Pero, al final, la cuestión verdaderamente difícil no está dentro de las máquinas.
Está fuera de ellas: lo que en informática, informalmente, se denomina la “capa 8”: los seres humanos, pequeños, débiles e imperfectos, pero llenos de sueños, ideales y creatividad. Y en este punto surge la duda: ¿puede una creación superar a su creador o está limitada por la naturaleza primera de este? Depende de qué entendamos por “superar”.
Una calculadora hace operaciones mucho más rápido que cualquier matemático. Una excavadora tiene una fuerza que ningún ser humano podría alcanzar. Un telescopio ve cosas que nuestros ojos jamás verán.
Llevamos miles de años construyendo herramientas precisamente para eso: para ampliar nuestras capacidades y suplir nuestras debilidades. La diferencia es que esta vez estamos ampliando algo que siempre consideramos íntimamente nuestro: la inteligencia.
Una IA puede escribir más rápido que nosotros, revisar en segundos cantidades enormes de información, encontrar relaciones invisibles para una persona o recordar más datos de los que una mente humana podría conservar. Pero de ahí a concluir que una máquina ha superado a la humanidad hay una distancia enorme. De hecho, la inteligencia artificial revela algo muy distinto: nos muestra lo que los seres humanos somos capaces de hacer cuando nuestro conocimiento se acumula y trabaja en conjunto.
Una IA no surgió de la nada. Dentro de ella hay matemáticas desarrolladas durante siglos, libros, lenguajes, descubrimientos científicos, programas informáticos, debates, imágenes, errores y aciertos producidos por generaciones enteras. De ahí podemos afirmar que buena parte de lo que llamamos inteligencia artificial es, en realidad, conocimiento humano concentrado, y que el trabajo que hace la IA no refleja otra cosa que lo que podríamos lograr si trabajáramos con un fin común. Podemos ver a la IA como una única herramienta que hace lo que requeriría miles de mentes humanas o como una representación de lo que miles de mentes humanas podrían lograr, dependiendo de si nos rendimos ante la IA o nos reflejamos en ella.
Aquí me veo en la necesidad de recordar algo que muchos de nosotros hemos olvidado: los humanos somos miles de millones. No hay centro de datos comparable con el potencial de una humanidad que realmente lograra trabajar en equipo. Nuestro problema nunca ha sido únicamente la falta de capacidad. Muchas veces ha sido nuestra incapacidad para trabajar juntos.
Hannah Arendt, en su libro La condición humana, entendía el poder como algo que aparece cuando los seres humanos actúan en conjunto. Eso hace especialmente paradójico nuestro miedo actual: nos preocupa que las máquinas desarrollen formas cada vez más poderosas de inteligencia colectiva mientras nosotros seguimos fragmentando la nuestra.
Nacionalidades. Ideologías. Religiones. Partidos. Razas. Viejos resentimientos. Nuevos resentimientos.
Somos extraordinariamente buenos conectando computadoras y sorprendentemente malos conectándonos entre nosotros. Entonces aparece el miedo al futuro y salta a mi mente la metáfora de Nietzsche mirando al abismo y este devolviéndole la mirada. Aquí debemos comprender que la inteligencia artificial no es ese abismo: tememos al futuro.
Nos asomamos tratando de imaginar lo que viene: empleos que desaparecerán y otros que todavía no existen, enfermedades que quizá podamos curar, descubrimientos científicos acelerados por máquinas, robots, vigilancia, armas autónomas, educación personalizada, abundancia, desempleo, nuevas formas de crear y nuevas formas de destruir. Pero la realidad es una: no sabemos qué hay allí. Y así, al igual que el abismo nietzscheano, mientras miramos esa ilusión que damos por futuro, este parece devolvernos la mirada y hacernos una pregunta bastante incómoda: ¿qué clase de humanidad quieres construir?
Porque no basta con preguntarnos qué podrán hacer las máquinas; también habrá que preguntarnos qué les permitiremos hacer o, aún más grave, qué haremos con ellas.
¿Queremos inteligencia artificial en armamento capaz de seleccionar por sí mismo a quién matar?
¿Queremos gobiernos utilizando estos sistemas para vigilar permanentemente a sus ciudadanos?
¿Queremos algoritmos capaces de conocer nuestras debilidades psicológicas y utilizarlas para manipularnos política o comercialmente?
Estas preguntas no pueden resolverse simplemente haciendo una IA más inteligente. Son decisiones humanas y es momento de que las abordemos. De lo contrario, no tendrá demasiado sentido preguntar, como suele hacerse, si la inteligencia artificial puede destruirnos, pues contribuimos a ello con nuestra inacción.
En el mundo del desarrollo de IA se utiliza el concepto de “alineamiento”: la necesidad de alinear los intereses de la IA con nuestros intereses. Suena muy sensato, hasta que nos preguntamos honestamente: ¿a quién se refieren las tecnológicas cuando hablan de “nuestros intereses”? ¿A los intereses de la humanidad? ¿Quién determina cuáles son los intereses de la humanidad? ¿Una empresa? ¿Un equipo científico? ¿Un gobierno? ¿Un ejército? Porque, si podemos estar seguros de que las IA de frontera estarán alineadas, el tema es: ¿con quién?
La IA puede ser extraordinariamente peligrosa, pero sería conveniente no utilizarla como una manera elegante de evitar hablar de nuestra propia responsabilidad. Del mismo modo, la energía nuclear es peligrosa, pero las bombas de Hiroshima y Nagasaki no se lanzaron solas.
Una tecnología capaz de descubrir medicamentos también puede diseñar armas. La misma capacidad para analizar millones de datos médicos puede utilizarse para vigilar a millones de ciudadanos. Una máquina que aprende a entender nuestro comportamiento puede ayudarnos a vivir mejor o puede aprender a manipularnos mejor. Y nada de eso es, hoy por hoy, una decisión de la máquina. De hecho, mirándolo fríamente, tantas buenas razones tenemos para temer a la IA como tendría la IA para temernos a nosotros, pero ella no tiene sentimientos, y es mejor así.
Cuando hablamos del futuro de la humanidad no hablamos del futuro de los demás, sino del de todos: usted, yo, nuestros seres queridos, todos los que conocemos y los que no, los que estamos vivos y los que vayan a nacer. Así que no es una cuestión que debamos responder en la soledad de nuestras casas ni en oficinas de políticos y, mucho menos, contentarnos con ver cómo otros deciden por nosotros.
Es urgente legislar sobre los usos armamentísticos y militares de la IA, así como sobre su utilización para el control y la manipulación de los pueblos o sobre la evolución del cibercrimen por medio de esta tecnología. Los temas vitales son muchos y reales. El tiempo es poco y se acaba.
