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Imagen principal del artículo: El viejo oeste de nuestras carreteras

El viejo oeste de nuestras carreteras

Mientras la cultura vial tarda generaciones y la tecnología necesita tiempo, Costa Rica no puede renunciar al control activo en carretera.

La ley de tránsito sigue vigente. Las multas también. Lo que cada vez cuesta más encontrar en carretera es a quien las haga cumplir.

La ausencia de vigilancia activa produce un efecto peligroso que va mucho más allá de la cantidad de infracciones sancionadas. Cuando un conductor pasa semanas o meses excediendo la velocidad, utilizando el celular, adelantando indebidamente o realizando maniobras temerarias sin encontrarse nunca con un control, empieza a formarse una convicción silenciosa: probablemente no ocurrirá nada.

Entonces la norma deja de percibirse como una obligación y comienza a parecer una recomendación.

Ese sentimiento de impunidad transforma poco a poco nuestras carreteras en una especie de viejo oeste. Cada quien calcula cuánto puede arriesgar, interpreta las reglas según su conveniencia y confía en que la autoridad difícilmente aparecerá. El problema no es que Costa Rica carezca de legislación; es que demasiados conductores han comenzado a sentir que nadie está vigilando su cumplimiento.

Hace unas semanas advertía sobre el debilitamiento progresivo de la Policía de Tránsito. Una institución con menos capacidad operativa termina inevitablemente concentrando sus escasos recursos en accidentes, cierres, congestionamientos, eventos y emergencias. El resultado es perverso: dedicamos cada vez más esfuerzo a atender las consecuencias y cada vez menos a prevenir las conductas que pueden provocarlas.

La educación vial es indispensable, pero sus resultados son lentos. Cambiar hábitos profundamente arraigados requiere años y, en muchos casos, generaciones. Es necesario formar mejor a quienes todavía no conducen para que algún día respeten una señal aun cuando nadie los esté observando. Pero quienes hoy conducen irresponsablemente ya están en la carretera.

La tecnología también será parte de la solución. Cámaras, radares y sistemas automatizados pueden multiplicar la capacidad de fiscalización y compensar parcialmente la falta de recurso humano. Debemos avanzar hacia allí, pero instalar esa infraestructura, resolver sus aspectos legales, financiarla y ponerla a funcionar tampoco ocurrirá mañana.

Mientras la cultura cambia y la tecnología llega, queda una herramienta capaz de producir efectos inmediatos: el control activo.

Patrullaje visible, operativos móviles, controles de velocidad y alcohol, fiscalización del uso del celular, adelantamientos indebidos y conducción temeraria. No se trata de llenar las carreteras de retenes ni de convertir la seguridad vial en una carrera por imponer multas. Se trata de recuperar algo elemental: la posibilidad real de que quien infringe una norma pueda encontrarse con la autoridad.

La sola presencia modifica comportamientos. Muchos conductores levantan el pie del acelerador al ver una patrulla, guardan el teléfono o recuerdan repentinamente reglas que siempre conocieron. Podrá decirse que actúan por temor y no por conciencia. Tal vez sea cierto. Pero mientras construimos esa conciencia, reducir una conducta riesgosa también puede significar evitar una tragedia.

Costa Rica necesita trabajar en tres tiempos distintos: cultura vial para el futuro, tecnología para el mediano plazo y control activo desde ahora.

No podemos esperar una generación para recuperar el orden en nuestras carreteras. Cuando la vigilancia desaparece, la ley permanece escrita, pero su capacidad de protegernos empieza a desaparecer con ella.