Las elecciones ya están aquí, y no son ninguna fiesta. La realidad es que muchos llevamos meses angustiados, cargados de desilusión y bajo una sombra de apatía que, en otras palabras, podemos definirla como AHUEVAZÓN. Pero por más congoja que tengamos, no debemos subestimar lo que nos ha traído hasta aquí. Para mí, quedarse en la casa este 1 de febrero no es una opción. Por eso, quiero invitarle a que usted tampoco lo haga y ejerza su derecho al voto.
La democracia no se trata únicamente de emitir un voto cada cuatro años —o cada dos, si contamos las elecciones municipales—, sino que es un complejo sistema de capas que atraviesa la institucionalidad, el marco legal, la división de poderes, la rendición de cuentas, la libertad de expresión, el acceso a la información, el diálogo —¡qué tanta falta nos hace!— y, por supuesto, nuestra participación en las urnas, entre muchas otras cosas.
Sin embargo, salir a votar es parte fundamental de esa renovación democrática. Al final, cuando usted marca la X en la casilla de su preferencia, no solo está depositando una papeleta en una urna: está entregando su confianza a un grupo de personas que lo convencieron de ser la mejor opción, no solo para gobernar, sino para representarlo. Los señores y señoras que ostentarán un cargo de elección popular durante los próximos cuatro años no son simplemente un grupo al que alentar como si fuera Saprissa o Liga Deportiva Alajuelense. No. Son las personas a las que usted les está dando la responsabilidad de legislar, administrar y conducir el país en su nombre, sujetas a rendirnos cuentas. Y por eso, dejar el futuro al azar es una fatalidad.
Si usted se siente desamparado y sin esperanza en el sistema político, no lo culpo. Años de mala administración, corruptela, despilfarro, ineficiencia e ineptitud, sumados a la crisis de seguridad ciudadana, educativa, las interminables listas de espera en la CCSS, la mala gestión ambiental, y un sinfín de problemas más, como el abandono de poblaciones vulnerables y el deterioro del desarrollo en lugares alejados a la mentalidad “valle centralista”, son parte de la razón por la cual puedo comprender —sin ningún tipo de prejuicio— a quienes hoy están tentados a no salir a votar este primer domingo de febrero, como ya ocurrió con un 40% del electorado hace cuatro años.
La mayoría de ciudadanos de este país podemos jactarnos de no haber vivido los atropellos políticos y sociales que sufrieron nuestros antepasados antes de la fundación de la Segunda República. Podemos decir que la represión, la trampa electoral y la exclusividad del voto para las élites económicas son una ficción en nuestros tiempos. Que nuestra democracia —imperfecta y mejorable, claro— es algo que damos por sentado. Pero no podemos darnos el lujo de dormirnos en los laureles pensando que nosotros somos inmunes a lo que pasa en otros lados de nuestro mundo. La democracia es un proceso de renovación diaria. La democracia no es el estado natural de las cosas: un 39,2 % de la población mundial no vive en una democracia plena como la costarricense, según el informe Economist Democracy Index 2024.
Vivimos en un privilegio del que no deberíamos prescindir, sobre todo en los tiempos que corren. No es ningún secreto que el gobierno de Rodrigo Chaves nos ha hecho levantar la ceja en más de una ocasión por actos sin precedentes contra diversas instituciones del Estado, como el Tribunal Supremo de Elecciones, o contra actores sociales como la prensa y otras actitudes contrarias a nuestro espíritu democrático. Y si somos honestos, la oposición se ha prestado para el juego de la polarización y la división, algo que le hace un flaco favor a nuestra convivencia. Pero el voto sigue siendo una herramienta clave para la democracia. Al final del día, quienes están hoy se irán y serán otros los que tomen las riendas del país. Y ese poder de decidir quién lo hace lo tenemos nosotros. La importancia de esto es que, una vez terminada la elección, estamos todos en el mismo barco y, sin importar por quién haya votado, todos queremos que el país esté mejor. Es por eso que su participación es necesaria. Costa Rica es de todos.
Por eso le pido encarecidamente que, sin importar su tendencia ideológica, vaya a su centro de votación y haga valer su voz. Porque sí: SU VOTO SÍ VALE. No importa cuántas veces haya escuchado la frase “un voto no hace la diferencia”. SU VOTO IMPORTA, y también el del resto de ciudadanos convocados a las urnas. Y si usted aún no tiene un candidato, todavía le quedan varios días para informarse. Vea las entrevistas, hay para elegir entre muchas líneas editoriales: Teletica (Café Política, Sepamos Ser Libres), Columbia (Hablando Claro, Por Tres Razones), Repretel-Monumental, La Nación, OPA, Trivisión, No Pasa Nada, por mencionar algunos. Vea los debates (aquí le dejo el calendario de fechas), lea los planes de gobierno (se pueden encontrar en el sitio web del TSE). Existen además otras herramientas que pueden ayudarle a decidirse, como el Votómetro, VotoBOT, o conocer la trayectoria de sus candidatos de interés. Y por qué no, ¡hable con sus seres cercanos! El intercambio de ideas siempre es un ejercicio sano, sobre todo en estos tiempos donde el autoritarismo es un fantasma que nos ronda tan de cerca.
Si llega el gran día y usted aún está indeciso entre ir a votar o abstenerse, le pido que piense esto: si no está completamente convencido por un candidato, si no tiene convicción en un grupo político, tenga CONVICCIÓN POR LA DEMOCRACIA.
Cierro con estas palabras que escuché recientemente de doña Elizabeth Odio:
Los derechos no caen del cielo, por los derechos hay que luchar. Hay que hacerse responsable por ellos, hay que hacerse dignos de ellos”.
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