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La pandemia del coronavirus que ocasiona la enfermedad COVID-19, se ha utilizado en Costa Rica para revivir los fieles fanáticos, defensores de la ineficiencia de la administración pública, quienes habían silenciado sus voces debido al desastre económico que estábamos viviendo antes del nuevo virus.

Cristina Barboza, docente e investigadora en la Universidad de Costa Rica,  público un artículo al que llamó Las paradojas del neoliberalismo en tiempos de COVID-19 donde tuvo que recurrir a la clásica falacia del hombre de paja, nombrando el “neoliberalismo” como un fuerte enemigo para controlar la pandemia y argumentando que un gobierno grande es la solución.

¿Qué es y que no es el neoliberalismo?

Desde el título del artículo se observa la intención de confundir al lector con la palabra “Neoliberalismo”, que ha sido utilizada especialmente por los principales enemigos de la libertad, los socialistas del siglo XXI, amparados bajo el ideal de lo políticamente correcto. Ningún libertario o pensador de la escuela austriaca de economía se etiqueta de esa forma, y aún no ha aparecido algún escritor o intelectual defendiendo este tema. Más bien, esta palabra se ha utilizado para asociar los libertarios con políticos o gobiernos que resultan ajenos al liberalismo, en palabras de Vargas Llosa “un chivo expiatorio al que endosar todas las calamidades presentes y pasadas”. El mismo Slavoj Žižek, uno de los pensadores más importantes de la izquierda actual, ha confesado que el neoliberalismo, tal y como lo plantea la izquierda, es un mito.

Las palabras de Vargas Llosa toman forma cuando ni la misma izquierda coindice en lo que es neoliberalismo. Muchas veces la crítica va dirigida a decisiones políticas que promueven economías fuertemente intervenidas, proteccionismo, y la adquisición de deuda pública por medio de organismos internacionales. Otras veces lo critican como una ideología que promueve las asociaciones de grupos empresariales con políticos, para obtener beneficios en alianzas público-privadas (como las constructoras MECO y Hernán Solis en Costa Rica) o la privatización de instituciones públicas otorgadas a los amigos de políticos, como fue el caso de Carlos Slim en México.

Lo cierto es que ninguna de esas características describe el liberalismo. Los liberales abogan por una economía con poca o nula intervención, que no existan proteccionismos o tratos especiales a empresarios que se aprovechan del grado de corrupción de los políticos. Adicionalmente, no busca necesariamente que se vendan las instituciones públicas, si no que los monopolios se abran para que las personas tengan la posibilidad de elegir el servicio o producto que requieran, sin que este sea impuesto por algún burócrata.

Con respecto a la deuda, el pensamiento de los liberales se puede resumir en las ideas de dos grandes economistas. James Buchanan, premio nobel de economía, quien define la deuda pública como una inmoralidad, debido a que “futuras generaciones deben pagar el costo de decisiones en las que no habían participado” https://www.ivancarrino.com/el-mito-del-neoliberalismo-endeudador/. Esto es semejante a que su bisabuelo compró una casa en los años 50, y hoy usted tiene que empezar a pagarla porque él decidió malgastar el dinero. El otro gran economista e historiador es Murray Rothbard quien indica que “los déficits y la deuda acumulada son una carga creciente e intolerable sobre la sociedad y la economía, tanto porque aumentan la carga fiscal como porque drenan progresivamente recursos del sector productivo al parásito e improductivo sector público”.

La ineficiencia de la administración pública

La administración pública puede definirse como la gestión del producto nacional. Según esta definición, se interpreta que el producto nacional se compone de la productividad de los sectores público y privado, quienes aportan al producto total de la economía5. Pero, ¿Que tan productivo es el sector público en comparación con el sector privado? La productividad del sector privado se basa en suplir las necesidades y deseos de los consumidores, siendo así que las ventas en cierta cantidad de tiempo, representan el valor otorgado voluntariamente por el consumidor, a ese producto o servicio. El sector público por el contrario, mide su productividad de acuerdo al gasto, por lo que se hace completamente necesario aumentar la burocracia y como indica Rothbard “lejos de agregar satisfacciones al sector privado, el sector público solo puede mantenerse a costa de él. Vive por necesidad parasitariamente de la economía privada”.

Otra de las características fundamentales que marcan la ineficiencia de la administración pública es la forma en que obtienen sus ingresos. Las empresas privadas, no acogidas al mercantilismo explicado en el punto anterior, reciben sus ingresos del pago voluntario de sus productos o servicios de parte del consumidor, y por las transferencias de inversionistas o de bancos. Por el contrario, el sector público adquiere sus ingresos por la fuerza y capacidad de su aparato gubernamental, para confiscar la mayor cantidad de ingresos pertenecientes al sector privado.

Miguel Anxo Bastos da un ejemplo muy claro sobre la diferencia de la administración pública y privada. El lector puede suponer que está jugando póker o algún otro juego de apuestas. En un primer caso, se va a utilizar “el colón” como método de pago, proveniente del bolsillo de cada jugador, como en cualquier otro juego de póker. Cada jugador va a realizar sus apuestas con mucho cuidado, utilizando estrategias para no perder su capital. Y en un segundo caso, se va a utilizar como método de pago, fichas plásticas, sin algún valor económico, por lo que las apuestas van a ser menos estratégicas o cuidadosas. Y aquí está la gran diferencia: en el sector privado (como jugar póker con dinero real) cada uno asume sus pérdidas, en el sector público (como jugar póker con fichas ficticias de plástico) las pérdidas no son asumidas por la persona encargada de la administración del recurso, son asumidas por todos.

Sector público fuerte

La autora clama por un sector público más fuerte y solidario, olvidando que el principal culpable de la pandemia es el gobierno comunista chino, quien cuenta con un gigante aparato estatal, justo como el que ella desea.

No hay que olvidar que las autoridades gubernamentales de China fueron conscientes de la existencia del virus desde diciembre del año anterior. El doctor Li Wenliang, quien murió a causa del virus chino, trato de alertar a la población, pero según Stephanie Hegarty de la cadena BBC Li recibió una visita de funcionarios de la Oficina de Seguridad Pública, quienes le dijeron que firmase una carta. En ella, lo acusaban de hacer comentarios falsos que habían perturbado severamente el orden social. Más de 20 días después de que el doctor Li intentó alertar a sus compañeros médicos y a las autoridades, el Gobierno declaró la emergencia.

Es justo acá, con el ejemplo de cómo se trató de silenciar las advertencias de profesionales, donde vemos que un gobierno grande y fuerte no es sinónimo de eficiencia para controlar una pandemia. Es la misma autora quien, al parecer sin darse cuenta, lo expresa en su artículo con las siguientes afirmaciones: “primero, la cooperación entre los investigadores de todo el mundo, y en particular el intercambio rápido de información de científicos de China, permitió ganar semanas cruciales en la búsqueda de un tratamiento y de una vacuna”. En ningún momento menciona la cooperación entre Estados, se hace énfasis a la cooperación voluntaria entre personas con el fin de alcanzar el bien común.

Este ideal socialista de tener un planificador central que logre controlar toda la información disponible en la sociedad es completamente utópico. El conocimiento se encuentra disperso, es imperfecto y limitado, por lo que el deseo de obtenerlo solo sirve para mostrar los intereses totalitaristas de la mayor parte de políticos.

No hay almuerzo gratis

Cristina argumenta que la salud en nuestro país se da de forma gratuita, y que debemos luchar para que se siga dando de la misma forma, aunque sabemos que esto no es cierto. Mantener la Caja Costarricense de Seguro Social le cuesta muchísimo dinero a la sociedad.

Los empleadores pagan un 26,5% sobre los salarios de las personas que contratan. Ahora bien, no sería extraño escuchar a un socialista decir “Eso está bien, que pague el vil capitalista”, pero quien está pagando realmente ese dinero es el trabajador, debido a que el porcentaje se incluye en los costos de su salario, y bien podría recibirlo si el patrono no tuviera la obligación de cotizar para la CCSS. Adicional a este porcentaje, cada trabajador aporta un 10,5% de su salario, en total un 37%, por lo que estamos claros que gratuito, no es.

También, hay costos ocultos dentro de la ineficiencia pública que no se toman en cuenta, como por ejemplo, el tiempo que hay que esperar para poder obtener una cita, la inflexibilidad de horarios y la adaptación que debe hacer el usuario a la hora que le asignen una cita, sin posibilidad de elegir una hora más conveniente. Todo esto provoca que muchísimas personas tengan que acudir a clínicas privadas o pagar seguros voluntarios en otras instituciones.