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¿Una victoria para quién?

La victoria del Partido Demócrata en las elecciones que se celebraron a mitad de mandato en Estados Unidos, el pasado 3 de noviembre de 2026, representa una reversión en la agenda política de Donald Trump y su administración. No obstante, si se analiza desde América Latina, surge una pregunta fundamental: ¿genuinamente existe algún motivo para celebrar? Es cierto que el resultado modifica el equilibrio legislativo estadounidense, pero esto no implica un cambio inmediato en el gobierno ni en la estructura institucional de Estados Unidos que históricamente ha condicionado las relaciones de Washington con la región.

El ejemplo más claro para contextualizar es la política migratoria. Según los registros del Departamento de Seguridad Nacional estadounidense, durante las dos administraciones de Barack Obama fue posible contabilizar aproximadamente 3,1 millones de expulsiones formales.

Durante el primer mandato de Donald Trump, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) contabilizó alrededor de 935.000 deportaciones. Siguiendo esta línea comparativa entre presidentes, la administración de Joe Biden registró aproximadamente 545.000 expulsiones realizadas por ICE entre 2021 y 2024, de acuerdo con los datos recopilados por el Migration Policy Institute.

En el segundo mandato de Trump, en los primeros 18, el mismo instituto estimó cerca de 980.000 deportaciones, incluyendo expulsiones y devoluciones fronterizas. Estas cifras de diferentes presidentes, pero de los dos partidos políticos más importantes en el país, evidencian que las políticas restrictivas de control migratorio no han sido exclusivas de una administración o partido político, sino que han estado presentes en la gobernanza estadounidense. Para millones de latinoamericanos, la alternancia partidaria no ha significado el fin de la incertidumbre migratoria: esta ha sido una constante.

La política exterior ofrece otra dimensión de esta continuidad en la política que ha sostenido Estados Unidos por décadas. Para ser precisos, durante la administración de Obama se desarrollaron operaciones militares en Libia y continuaron intervenciones en distintos escenarios internacionales. En los años siguientes, bajo gobiernos demócratas y republicanos, Estados Unidos ha mantenido una fuerte participación militar y un fuerte respaldo a aliados estratégicos en las operaciones en Oriente Medio. La guerra y las tensiones regionales que Estados Unidos protagoniza continúan demostrando y dejando en claro que las diferencias discursivas entre administraciones, también entre republicanos y demócratas, no necesariamente implican el abandono de las herramientas militares ni de las estrategias de proyección de poder.

Los conflictos y las graves consecuencias humanitarias, así como los ataques a los derechos humanos, tampoco desaparecen por una modificación en la composición del Congreso estadounidense. Desde América Latina, el problema trasciende la competencia electoral de Washington. La región sigue enfrentándose a relaciones asimétricas de poder, fuertes y crueles presiones migratorias y decisiones geopolíticas que han condicionado la estabilidad económica, política y social.

No se trata de caer en el error de afirmar que demócratas y republicanos son idénticos, sino de reconocer, con coherencia política, que sus diferencias no necesariamente representan una ruptura con las estructuras de poder existentes y que probablemente la manera histórica de gobernar siga estando presente.

En conclusión, mientras en Washington cambian los equilibrios partidarios, para América Latina permanece una interrogante que no se debe minimizar y que, como costarricenses, debemos plantearnos: ¿cuánto cambia realmente nuestra realidad cuando cambia el discurso de quienes ejercen el poder? La victoria demócrata puede representar un acontecimiento significativo para la política interna estadounidense, pero esto no constituye automáticamente una victoria para la región entera; no es motivo de felicidad. El tiempo pasa para todos, los partidos políticos se alternan en Estados Unidos y los discursos se transforman, cambian constantemente para captar la mayor cantidad de votos; sin embargo, muchas de las estructuras de poder y sus consecuencias permanecen.

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