Les voy a contar una historia personal porque no quiero tragarme sola la angustia y el orgullo que siento a la vez.
En este momento, en Kiev, Ucrania, hay un costarricense impartiendo un curso de antropología forense para que las universidades ucranianas puedan comenzar a recuperar e identificar a las víctimas del conflicto armado de la mejor manera posible.
Recuperar (excavar) e identificar a los muertos forma parte de la idea de dignidad humana, dignidad tanto para los vivos como para los muertos. Culturalmente, cuidar de los muertos ha sido una constante universal. No se dejan en el campo de batalla. No se dejan tirados en el suelo. Ni en partes. Ni siquiera se dejan en fosas comunes. Se identifican. Uno por uno.
Las charlas se llevan a cabo en un búnker, como todo en un lugar en guerra. Ucrania no tiene especialistas con experiencia específica en contextos de conflicto armado (poquísimos países los tienen). Los antropólogos biológicos (que analicen huesos) no alcanzan, y los antropólogos forenses (que sepan analizarlos en contextos de guerra o médico-legales) no hay.
Y él los está entrenando y seguirá haciéndolo. Lo llamé a Kiev, le mandé esta columna y me contestó: “Por supuesto, te doy permiso, y te quiero”. Es mi marido.
Estudiar antropología a veces se hace contra viento y marea, con pocos recursos estatales y poco apoyo de la familia, que no entiende para qué sirve. Necesito mucho más espacio del que me permite esta columna para narrar las historias de la antropología. Por lo pronto, solo esta historia.
La antropología sirve en tiempos de guerra para identificar a las víctimas y devolverlas a sus familias, para que dejen de ser “solo conocidos por Dios”, como se lee en algunas tumbas militares, y vuelvan a tener nombre propio. Para quienes quedan reconstruyendo el país, es un bálsamo en el corazón, la clausura de un proceso de búsqueda, el cierre necesario para poder decir “está enterrado aquí”, no “desaparecido”.
En un momento histórico de injusticias acumuladas, protestas y dolor, estudiar y practicar una disciplina que dé consuelo no tiene precio. Que se haga con métodos y técnicas científicas, con una filosofía humanista y con las familias en el centro la hace aún más maravillosa.
Desde que Trump llegó a la Casa Blanca, las humanidades están bajo ataque: recortes de presupuesto, profesores despedidos, libros censurados. En Costa Rica, el gobierno va por el mismo camino: les retira a las universidades públicas fondos que la Constitución les garantiza, y se ensaña en particular con las humanidades. Hay gobiernos que recortan las humanidades sin entender que recortan también la justicia y la dignidad. Y hay un tico en un búnker de Kiev enseñando a otros a devolverles el nombre a sus muertos.
