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Imagen principal del artículo: Lulú, gracias por los mordiscos: carta de despedida a mi compañera de vida

Lulú, gracias por los mordiscos: carta de despedida a mi compañera de vida

Cuando te conocí, me mordiste dos veces. Fue tu manera de advertirme que no sería fácil conquistar tu cariño. Yo había llegado tarde a tu vida, cuando tu corazón ya tenía dueña, así que debí conformarme con ser tu segunda mamá. No fue un mal comienzo, aunque tus dientes parecieran indicar lo contrario.

Poco a poco me fui enamorando de tus bigotes, de tus ladridos y de ese mal genio tan particular que nunca abandonaste. Eras una schnauzer de carácter fuerte, independiente y poco dada a las demostraciones de afecto. Las caricias debían producirse cuando vos lo decidieras, nunca antes. Con el tiempo aprendí a respetar tus condiciones y descubrí que el amor también puede expresarse mediante un gruñido.

Cuando llegó el teletrabajo, te convertiste en mi compañera inseparable. Pasábamos juntas las jornadas laborales y, antes de mover mi silla, debía comprobar dónde estabas para no lastimarte. Te habías instalado a mis pies como si ese fuera tu lugar natural en el mundo. Ahora, cuando muevo la silla, todavía siento la necesidad de buscarte.

Recuerdo cuando eras jovencita y saltabas sobre la cama con una agilidad envidiable, sin pedir permiso, como si fuera tuya. Y en realidad lo era. Después hubo que acercarte unas pequeñas gradas para facilitarte el ascenso. En los últimos años debimos retirarlas para evitar que sufrieras algún accidente. Así, casi sin advertirlo, fuimos adaptando la casa al paso del tiempo, a tus limitaciones y a las nuestras. Porque mientras vos envejecías, yo también lo hacía. Envejecíamos juntas, aunque nuestros relojes avanzaran a velocidades distintas.

Te volviste cada vez más dependiente. Había que cargarte hasta el jardín para que hicieras tus necesidades y pudieras olfatear los mensajes que dejaban los otros condóminos perrunos. Ese pequeño ritual cotidiano se convirtió en uno de nuestros momentos más entrañables. Todavía me estremece recordar el cariño desbordante de aquellos abrazos necesarios; vos, que nunca habías sido amiga de las caricias, terminabas entre mis brazos, aceptando la cercanía que antes habrías rechazado con un gruñido o un mordisco.

No sé si alguna vez comprendiste cuánto significaban para mí esos instantes. Quizá el amor consiste también en eso: en aprender a sostener a quien antes caminaba por su cuenta, sin hacerle sentir que ha perdido su dignidad.

Desde hacía meses sabíamos que tu despedida se acercaba. Los cuidados constantes y la pericia de tu médica veterinaria habían conseguido regalarnos un tiempo adicional. Pero saber que la muerte llegará no nos prepara para escuchar que finalmente ha llegado.

La última noche nos turnamos para acompañarte mientras dormías. Tu respiración era difícil y cada movimiento tuyo nos mantenía atentas. Queríamos que sintieras nuestra presencia, que supieras, de alguna manera, que no estabas sola.

Al día siguiente, cuando nos confirmaron que había llegado el momento, nos invadió una tristeza desoladora. Esperamos a que llegaran amigas y seres queridos para acompañarte en tu último suspiro. Habías formado parte de nuestras vidas durante tantos años y merecías una despedida rodeada de afecto.

Fiel a tu carácter, todavía intentaste morder a la médica; pero ahí estaba mi mano, como tantas otras veces, para contener tus impulsos, que ya eran apenas un reflejo de aquella pequeña criatura indomable que había conocido más de diez años atrás.

Después, todo ocurrió demasiado rápido. Te quedaste dormida. Tus ojitos permanecieron abiertos, pero ya no me miraban.

Es difícil describir ese instante en que un cuerpo amado sigue estando frente a nosotros, pero la vida que lo habitaba ha desaparecido. Tus bigotes seguían ahí, también tus pequeñas patas y tus orejas. Sin embargo, ya no estabas vos. La ausencia había comenzado antes de que pudiéramos comprenderla.

Sé que tus primeros años de vida no fueron los mejores. Conociste el abandono y las dificultades antes de que alguien decidiera rescatarte y ofrecerte otra oportunidad. Después llegaste a nuestras vidas. Durante mucho tiempo pudimos creer que habíamos sido nosotras quienes te salvamos, pero hoy comprendo que las cosas ocurrieron al revés: no llegaste para que te salváramos, sino para salvarnos.

Nos enseñaste que el cariño no siempre es dócil, que amar no significa poseer y que los vínculos más profundos se construyen respetando la personalidad del otro, incluso cuando ese otro tiene cuatro patas, unos bigotes desordenados y una extraordinaria disposición para morder.

También nos enseñaste algo sobre la vejez, la fragilidad y los cuidados. Sobre esa transformación silenciosa mediante la cual quien fue independiente comienza a necesitar ayuda para realizar los actos más sencillos de la vida. Y sobre la ternura que puede surgir de esa dependencia, cuando cuidar deja de ser una obligación para convertirse en una forma privilegiada de amar.

Hoy la casa parece demasiado grande. Hay un espacio vacío junto a mi silla, unas gradas que ya no hacen falta y una cama que ha dejado de pertenecerte. Persisten, sin embargo, las costumbres que construimos juntas y esa memoria corporal que todavía me obliga a buscarte antes de dar un paso.

Gracias, Lulú, por los mordiscos, los ladridos, los gruñidos y la compañía. Gracias por tu mal genio, por tu independencia y por aquellos abrazos que me permitiste cuando la vida comenzó a exigirte más de lo que tus pequeñas patas podían ofrecer.

Tuve la dicha de acompañarte durante poco más de diez años. Fueron suficientes para que te convirtieras en parte de mi historia, pero muy pocos para aprender a vivir sin vos.

No sé si existe alguna forma de vida después de esta. Quisiera creer que sí y que en algún lugar volveremos a encontrarnos. Tal vez entonces corras hacia mí con la agilidad de tus años jóvenes, saltes de nuevo sobre una cama que será, naturalmente, tuya y me recibas con un gruñido de reconocimiento.

Y si al intentar abrazarte volvés a morderme, sabré, sin ninguna duda, que sos vos.

Hasta siempre, mi querida Lulú.

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