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Lo que Picard me enseñó

Dicen que hay que releer ciertos clásicos en distintas etapas de la vida para descubrir nuevos matices y lecciones conforme uno va madurando. En mi caso, apliqué el consejo no con el Quijote —lo cual tengo pendiente—, sino para ver de nuevo, a la mitad de mis cuarentas, mi serie favorita de niñez y juventud: Star Trek: The Next Generation.

De niño me apasioné con “Viaje a las Estrellas” por la exploración espacial, el descubrimiento de nuevos mundos y el encuentro con civilizaciones amigas y hostiles. Esta vez, la serie me encontró en un momento de revisión de mis convicciones y de activismo político. Por eso me capturaron las discusiones sobre ética, los límites al poder y, ante todo, qué significa ser humano.

Son tiempos difíciles para ser optimista sobre el futuro de la humanidad. Las guerras en Ucrania y Medio Oriente, el avance del autoritarismo y la creciente facilidad con la que convertimos al adversario en enemigo nos dan razones diarias para el pesimismo. Nuestra capacidad de aprender de los errores parece ir muy por detrás de nuestra disposición a repetirlos. Y es precisamente por este presente tan aciago que me resuena con tanta fuerza el mensaje del capitán Jean-Luc Picard, interpretado por Patrick Stewart, fallecido la semana pasada.

En el episodio inicial de la serie, Picard y su tripulación se encuentran con Q, un ser aparentemente omnipotente que somete a la humanidad a juicio por su larga historia de violencia. Las pruebas son irrefutables: guerras, crueldad y destrucción —para ese momento del siglo XXIV, ya ha ocurrido una devastadora Tercera Guerra Mundial—. Picard reconoce ese pasado, pero cuestiona que permita dictar una sentencia definitiva sobre quienes somos. Nuestros peores actos son parte de nuestra historia, pero no tienen por qué ser nuestro destino.

Durante buena parte de mi vida adulta me definí como un liberal individualista. Sigo creyendo firmemente en la libertad, la responsabilidad individual, la competencia y los límites al poder. Sin embargo, en mis cuarentas he profundizado en lo que implica reconocer la dignidad de cada persona y en las responsabilidades que eso conlleva hacia los demás. He encontrado en el humanismo una expresión más completa de lo que creo.

Estas preocupaciones también tienen cabida en el liberalismo. Lo que ha cambiado es el peso que tienen en mi manera de entender la vida en sociedad. Hoy soy más consciente de nuestra vulnerabilidad y de cuánto dependemos de los demás para desarrollar nuestras capacidades.

En ese recorrido, lo que más me impactó de Picard fue su confianza en la humanidad. Si bien es muy consciente de nuestras miserias, se niega a aceptar que nos definan para siempre. “El potencial de convertirte en una mejor persona. Eso es lo que significa ser humano: llegar a ser más de lo que sos” (Star Trek: Nemesis).

Esta convicción tiene sustento empírico. En The Better Angels of Our Nature, el psicólogo Steven Pinker documenta la disminución de diversas formas de violencia durante largos períodos de nuestra historia. La esclavitud y la tortura como espectáculo público fueron aceptadas durante siglos. Que hoy provoquen un rechazo moral tan extendido revela cuánto hemos cambiado nuestra manera de entender la dignidad humana. Hemos sido capaces de reconocer a las minorías derechos que antes les negábamos y de combatir prácticas que durante milenios parecieron inevitables. La creciente preocupación por el bienestar animal muestra que también estamos ampliando nuestra consideración por otras especies.

Nicholas Christakis, profesor de Yale University, ofrece en su libro Blueprint otra razón para sostener esa confianza. La evolución también nos ha dotado de capacidades para el afecto, la cooperación y el aprendizaje mutuo. Estas disposiciones forman parte de nuestra naturaleza tanto como los impulsos que nos llevan al conflicto. Construir una sociedad mejor supone cultivar ese potencial.

A lo largo de la serie, Picard nos recuerda que todo este progreso ha requerido luchas, reformas y generaciones de esfuerzo. También ha sufrido retrocesos. Y los seguirá habiendo. Por eso importan las instituciones que contienen los abusos y las libertades que nos permiten señalar errores y corregirlos. Creer en nuestra capacidad de mejorar supone asumir la responsabilidad de cuidar las condiciones que lo hacen posible.

En política, esa confianza también obliga a reconocer que quien nos rechaza puede tener algo que enseñarnos. Comprender a un adversario no equivale a darle la razón. Tampoco la decepción con las personas nos autoriza a despreciarlas —algo que debemos recordarnos a diario en estos tiempos—. Estas fueron características del liderazgo de Picard al mando del USS Enterprise.

De niño me intrigaba el futuro que mostraba Star Trek. Décadas después entendí que también me estaba invitando a construirlo. Quizás por eso Picard me inspira más ahora: porque después de conocer las frustraciones de la política, su confianza en el ser humano me recuerda por qué decidí involucrarme en ella.

Hasta siempre, capitán.