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La rebelión de las cucarachas: «La apropiación del insulto»

Mi abuelo solía decir: “Un insulto habla más de quien lo lanza que de aquel a quien se dirige”. Sin embargo, la vida me ha enseñado algo más: cuando proviene de una autoridad política, revela algo todavía más profundo, la verdadera relación que existe entre la clase gobernante y la sociedad civil.

“Cucaracha” es un calificativo que jamás debería utilizarse para referirse a un ser humano. Más que insultar, pretende despojarlo de su dignidad y condición humana, reduciéndolo a un insecto indeseable, inmundo. Pero las palabras, también me lo ha enseñado la vida, tienen dos cualidades extraordinarias: la primera es ligarse irremediablemente a quien las pronuncia; la segunda es que, una vez emitidas, escapan del control del emisor. Sus destinatarios pueden entonces conferirles un significado radicalmente distinto y devolverlas a su origen como una pelota de tenis. Eso ocurrió en la India, donde una expresión percibida como desprecio, pero no aceptada como tal, terminó convertida en símbolo de lucha social.

Todo comenzó en mayo de 2026. Durante una audiencia, el presidente del Tribunal Supremo indio, Surya Kant, lanzó las palabras “cucarachas” y “parásitos” como una descalificación de los jóvenes desempleados. El magistrado aclaró después que se refería a quienes habían ingresado a determinadas profesiones mediante títulos falsos, no a la juventud ni a los desempleados en general. Una precisión necesaria, sin duda, pero ya era tarde: las palabras se habían viralizado y la polémica había estallado. La controversia encontró terreno fértil entre jóvenes frustrados por las irregularidades educativas, el desempleo y la desconfianza institucional. La frase cayó como fósforo sobre pólvora y adquirió vida política propia.

Entonces entró en escena Abhijeet Dipke, estratega de comunicación política nacido en una familia dalit, comunidad históricamente marginada de la sociedad india. Se hizo una pregunta tan sencilla como poderosa: ¿qué ocurriría si todas las cucarachas se reunieran? De aquella pregunta surgió el Cockroach Janta Party, el “Partido de las Cucarachas”, cuyo nombre parodia al Bharatiya Janata Party (BJP), la principal fuerza gobernante. Así es: el “Partido de las Cucarachas” nació como una sátira, una broma en las redes sociales. Creció rápidamente en una sociedad donde la desigualdad social es cosa común y sus seguidores pronto comenzaron a manifestarse. Las demandas por educación y empleo se ampliaron hacia la rendición de cuentas y las garantías electorales.

Fue así como, en uno de los episodios más bellos de la comunicación política reciente, la humilde cucaracha pasó de ser un insulto a convertirse en símbolo de lucha social. El mecanismo merece atención. Quien insulta desde una posición de autoridad pretende fijar una jerarquía: uno tiene el poder de nombrar y otro debe soportar. Responder “Somos las cucarachas; ¿y qué?” invierte esa relación. El destinatario ya no se defiende dentro del marco establecido por quien intenta humillarlo; construye el suyo propio, y aquello que debía provocar vergüenza comienza a expresar unidad y pertenencia. La ofensa no desaparece, pero pierde su propósito original: el receptor se apropia de ella y la resignifica, mientras el emisor observa desconcertado.

La psicología política denomina a este proceso “reapropiación de etiquetas estigmatizantes”. Tiene antecedentes ilustrativos. En las protestas del parque Gezi, en Turquía, en 2013, Recep Tayyip Erdoğan llamó «çapulcu» —«saqueadores» o «vándalos»— a manifestantes que inicialmente protestaban contra un proyecto urbanístico. Ellos adoptaron el término y lo llevaron a pancartas, camisetas y redes sociales. No aceptaban la acusación de vandalismo: disputaban al gobernante el derecho a definirlos. Las investigadoras Özden Melis Uluğ y Yasemin Gülsüm Acar estudiaron después cómo esa palabra terminó participando en la construcción de una identidad colectiva. Lo decisivo no fue la ocurrencia verbal, sino la experiencia compartida que permitió reconocerse en ella.

La triste figura de la cucaracha posee, además, una fuerza simbólica singular. Habita en los márgenes, en la oscuridad, entre desperdicios; provoca rechazo y sobrevive donde otros sucumben. Vista desde arriba, representa suciedad; vista por quienes se sienten excluidos, puede representar su realidad cotidiana y, sobre todo, la voluntad de resistir. Esa inversión comunica con más fuerza que muchos manifiestos. Una marca política construida precisamente con aquello que nadie habría querido llevar como emblema.

El fenómeno adquiere otra dimensión cuando observamos las divisiones de la India. La Constitución prohibió la intocabilidad en 1950, pero las jerarquías de casta siguen presentes. Una investigación de Pew Research Center encontró que siete de cada diez adultos indios afirmaban tener a la mayoría o a todos sus amigos cercanos dentro de su misma casta. A estas fronteras sociales se suman diferencias religiosas, regionales, lingüísticas y económicas. La diversidad del país convive con desigualdades que no pueden explicarse únicamente por los ingresos.

Que Dipke proceda de una familia dalit tiene, por ello, un significado político particular. Pero sería un error interpretar el movimiento como un levantamiento exclusivo de los antiguos «intocables». Aunque su liderazgo es juvenil, ha convocado también a personas de otras castas, clases, sexos, edades y sectores sociales. No se cuenta con estadísticas representativas de sus integrantes; lo que sí observamos es una aspiración de identidad transversal. En una sociedad donde la casta se hereda, aparece una causa con la que se puede elegir identificarse y unirse como parte de un único grupo.

También importa que el Partido de las Cucarachas naciera como parodia y no como una organización electoral convencional. El nombre imita al adversario, pero introduce un animal despreciado y despoja al poder de parte de su solemnidad. Siempre he dicho que la risa es un arma sumamente poderosa. El humor político no tiene por qué trivializar los problemas ni limitarse a la burla pueril, pues tiene el poder real de arrebatarle al adversario el privilegio de decidir qué merece respeto y qué debe ser ridiculizado.

Thomas Hobbes sostenía que el humor nace del sentimiento de triunfo que surge al compararnos con lo que consideramos inferior. Manifiesta una relación de poder, pero cuando es “el de abajo” el que se ríe de la autoridad, el statu quo colapsa. La autoridad puede contestar a un discurso con otro discurso; combatir una carcajada sin amplificarla resulta bastante más difícil. La eficacia de esa maniobra, sin embargo, no procede de hacer reír por hacer reír. La sátira necesita apuntar a una contradicción reconocible: la distancia entre lo que una autoridad dice representar y lo que sus destinatarios viven. Si esa contradicción no existe, el humor se consume como entretenimiento y pierde rápidamente su fuerza política.

Los acontecimientos del 20 de octubre ofrecen un ejemplo revelador. Durante las celebraciones de Dussehra, en Nueva Delhi, fue quemada una efigie de cucaracha de unos nueve metros de altura junto a figuras tradicionales de personajes demoníacos. Los organizadores dijeron que representaba la suciedad y negaron una intención política; la participación de figuras vinculadas al BJP provocó, sin embargo, una controversia. Dipke respondió: “Gracias por la publicidad gratis”. El símbolo ya no podía reducirse a su significado peyorativo. Incluso sus usos negativos podían mantenerlo en la conversación pública.

Conviene, sin embargo, distinguir aquí entre viralidad y representación. Distribuir un video no equivale a construir una organización territorial; los seguidores no son afiliados y una consigna no sustituye un programa. El salto de las redes a las calles es uno de los grandes desafíos de la comunicación política hoy por hoy. El movimiento lo dio y afrontó también detenciones de dirigentes durante protestas sobre la revisión de los padrones electorales. Sus integrantes denunciaron irregularidades y las autoridades electorales rechazaron acusaciones de parcialidad. La sátira había entrado en el terreno menos amable de los conflictos institucionales.

Hay un último ángulo desde el que creo conveniente examinar este episodio. En 1984, George Orwell pone en el pensamiento de Winston Smith una intuición inquietante: “Si hay esperanza, está en los proles”. Los proletarios son numerosos, pero viven fragmentados y absorbidos por la supervivencia cotidiana. Winston comprende que la superioridad numérica no produce por sí sola conciencia política. No pretendo equiparar a los dalits con los proles orwellianos. Me interesa otra pregunta: ¿cuándo descubren quienes han sido tratados como insignificantes que pueden actuar juntos?

La injusticia puede permanecer durante generaciones sin provocar una transformación. El descontento descansa como pólvora en espera de una chispa, mientras el poder se asienta victorioso, sentado sobre esa pólvora y sin reconocer que una palabra, una sola palabra, basta para encenderla, pues considera su autoridad imbatible. Pero comprendamos que una chispa no basta para mantener la llama viva: una palabra no construye por sí misma una organización, ni una identidad compartida borra las diferencias de casta, clase o género. Para sobrevivir a la moda, la indignación tendrá que convertirse en demandas verificables y solidaridad duradera por medio de la organización de los grupos civiles.

Tampoco debemos olvidar el límite ético. Comparar seres humanos con animales considerados plagas ha servido históricamente para justificar exclusiones y violencia. Que un colectivo consiga reapropiarse del insulto no vuelve inocente la deshumanización, y una sátira mal empleada puede terminar normalizando el desprecio que decía combatir. La fuerza de las “cucarachas” está en haber disputado el significado de la palabra, no en devolver a otros la misma humillación.

Tal vez allí resida la enseñanza de esta historia. En política, una palabra pronunciada desde arriba puede adquirir una fuerza inesperada cuando quienes están abajo deciden contar otra historia con ella. Vuelvo a mi abuelo: el insulto habla de quien lo lanza, pero la respuesta puede revelar la verdadera estatura de quien lo recibe. Orwell dejó la esperanza como posibilidad en manos de los proles, no como certeza de levantamiento. El futuro exige conciencia, organización y voluntad de actuar.

Siempre me ha parecido reveladora la imagen de unos enanos que se burlan de un gigante arrodillado. Lo humillan y se sienten poderosos porque confunden su posición con superioridad. Olvidan que su aparente grandeza depende de que aquel gigante permanezca de rodillas. Y todo termina cuando un día descubre su propia estatura y se pone de pie.