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¿Y si parte de nuestras presas empieza en la puerta de la escuela?

Cada mañana, miles de costarricenses repetimos una rutina que parece inevitable: salir cada vez más temprano para recorrer distancias relativamente cortas, avanzar lentamente por las principales rutas de la Gran Área Metropolitana (GAM) y asumir que las presas son simplemente parte de vivir y trabajar en ella.

Sin embargo, unas pocas semanas al año ocurre algo interesante. Llegan las vacaciones escolares y, casi de inmediato, la circulación parece cambiar. Los mismos recorridos toman menos tiempo, algunos cuellos de botella pierden intensidad y la hora pico de la mañana se vuelve considerablemente más manejable.

No es únicamente una percepción de los conductores. El propio Ministerio de Obras Públicas y Transportes ha reconocido este comportamiento. Durante las vacaciones escolares de medio período de 2026, suspendió temporalmente la restricción vehicular en San José ante la reducción esperada de la circulación. La resolución correspondiente hizo referencia a la disminución histórica del flujo vehicular durante el período de descanso escolar.

En sentido contrario, al iniciar el curso lectivo 2026, la Policía de Tránsito advirtió sobre un aumento importante de personas y vehículos en carretera, especialmente durante la hora pico de la mañana, y reforzó la regulación en vías conflictivas y alrededor de unos 60 centros educativos.

La pregunta parece entonces inevitable: ¿cuánto de la congestión que experimentamos diariamente en la GAM está relacionado con la movilidad escolar?

No tenemos todavía una respuesta cuantitativa suficientemente precisa para Costa Rica. Y justamente esa es parte del problema.

Lo que otros países ya están midiendo

La relación entre educación y movilidad no es nueva en la investigación internacional.

Un estudio publicado en Environmental Science & Technology analizó cómo las decisiones sobre dónde estudian los niños afectan las distancias que recorren, el medio de transporte utilizado y, finalmente, las emisiones generadas. Su conclusión resulta particularmente relevante: la distancia entre el hogar y el centro educativo condiciona fuertemente la forma en que los estudiantes se desplazan. A menor distancia, caminar se vuelve viable; conforme aumenta, crece la dependencia del automóvil y del transporte motorizado.

El International Transport Forum (ITF) amplía esa discusión: la forma en que los niños se desplazan hacia sus centros educativos tiene consecuencias sobre la congestión en horas pico, la utilización del transporte público, las necesidades de infraestructura, las emisiones y el acceso a la educación.

Los ejemplos internacionales son reveladores. En Londres, un promedio de tres años muestra que el 27% de los viajes de conductores de automóvil durante la hora pico de la mañana están asociados con llevar estudiantes a sus centros educativos. En Beijing, un estudio encontró que los viajes escolares incrementaban en 5 puntos porcentuales la probabilidad de congestión.

Naturalmente, ninguna de esas cifras puede trasladarse automáticamente a Costa Rica. Pero sí demuestran algo importante: la movilidad escolar puede representar una porción significativa de la demanda de transporte, precisamente cuando nuestra red vial se encuentra más exigida.

El problema no es solamente cuántos carros tenemos

Durante años hemos discutido la congestión principalmente desde la oferta: necesitamos más carreteras, carriles, mejores intersecciones, pasos a desnivel y nuevas obras.

Todo ello puede ser necesario. Pero existe otra mitad de la ecuación: la demanda.

El problema aparece cuando miles de viajes coinciden en los mismos corredores prácticamente a la misma hora. Y pocas actividades concentran tanto su demanda como la educación.

Miles de escuelas y colegios inician sus actividades dentro de una franja relativamente reducida durante la mañana. Estudiantes, padres de familia, docentes, autobuses y busetas escolares convergen simultáneamente sobre una red vial que, al mismo tiempo, debe absorber los desplazamientos hacia los centros de trabajo.

Y el impacto no se limita a los automóviles haciendo fila frente a una escuela. Cada viaje forma parte de una cadena: salir de casa, llegar al centro educativo, dejar al estudiante y continuar hacia otro destino o regresar. El efecto potencial de la movilidad escolar se distribuye sobre toda la red.

Las vacaciones nos ofrecen un laboratorio natural

Costa Rica tiene una extraordinaria oportunidad para estudiar este fenómeno. Todos los años contamos con algo parecido a un experimento natural: el inicio del curso lectivo y las vacaciones escolares.

Podríamos comparar velocidades, tiempos de recorrido y volúmenes vehiculares en los mismos corredores, a las mismas horas y en días equivalentes, durante períodos lectivos y vacaciones.

¿Cuánto cambia la velocidad promedio en la General Cañas? ¿Qué ocurre en la Florencio del Castillo o Circunvalación? ¿Y en los corredores de Heredia, Escazú, Santa Ana, Curridabat o Montes de Oca?

Ya sabemos que existe una disminución del tránsito durante las vacaciones y que el propio MOPT la considera en sus decisiones operativas. Lo que necesitamos saber es cuánto disminuye, dónde y por qué.

Esa información permitiría pasar de la percepción a la evidencia.

No se trata de culpar a las familias

Las decisiones de movilidad responden a condiciones reales: distancia, seguridad, disponibilidad de transporte público, horarios laborales, edad de los niños, ubicación del centro educativo y calidad de la infraestructura peatonal.

La evidencia internacional confirma esa relación. El ITF señala que la movilidad activa aumenta cuando las distancias son menores y existen entornos más seguros. También advierte que escoger centros educativos más alejados del hogar puede incrementar la dependencia del transporte motorizado.

Por eso, la respuesta no puede ser simplemente pedirles a los padres que utilicen menos el carro.

La pregunta debería ser: ¿podemos organizar mejor la movilidad escolar?

Hay alternativas que vale la pena estudiar

Una posibilidad son los horarios escalonados. En lugar de que una gran cantidad de centros educativos inicie actividades simultáneamente, sus horarios podrían distribuirse para repartir la demanda durante un período mayor. Existen experiencias internacionales en las que esta medida ha contribuido a distribuir los viajes y reducir la presión sobre las redes de transporte.

También existen programas de transporte escolar colectivo, viajes compartidos entre familias, rutas peatonales seguras, walking school buses, infraestructura para movilidad activa y restricciones temporales de vehículos alrededor de determinados centros educativos.

No todas esas medidas son necesariamente apropiadas para Costa Rica ni para todos los centros. Precisamente por eso deben estudiarse. Incluso modificaciones relativamente pequeñas podrían producir resultados relevantes si logran desplazar una parte de los viajes fuera de los minutos más críticos de la mañana.

Antes de construir más, también debemos entender mejor cómo viajamos

Costa Rica necesita continuar invirtiendo en infraestructura y, principalmente, en transporte público. Pero ninguna red vial puede analizarse únicamente desde la infraestructura disponible. También importa cuándo, por qué y hacia dónde viajamos.

La diferencia que experimentamos durante las vacaciones escolares debería servirnos como señal.

Si retirar temporalmente una parte de los viajes asociados al sistema educativo produce cambios perceptibles y oficialmente reconocidos en la circulación, tenemos delante una variable de movilidad que merece ser medida rigurosamente.

Quizá descubramos que su incidencia es menor de lo que suponemos. Quizá sea mayor. Hoy no contamos con suficiente evidencia para afirmarlo. Pero conocer esa respuesta permitiría diseñar políticas más sofisticadas que simplemente ampliar carreteras.

La movilidad escolar debería comenzar a estudiarse como lo que realmente es: una parte del sistema de transporte de nuestras ciudades.

Y tal vez la próxima vez que durante las vacaciones tardemos veinte minutos menos en llegar al trabajo, en lugar de limitarnos a celebrar que “no hay presas”, deberíamos preguntarnos qué nos está diciendo esa diferencia sobre la manera en que organizamos nuestros desplazamientos durante el resto del año.