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Un premio que honra a nuestra democracia

ODCA, en el Cuarto Foro América Libre, en su sesión del pasado 30 de setiembre, honró a la democracia liberal y al Estado de derecho de Costa Rica al adjudicarme el Premio ODCA de Derechos Humanos 2026.

Agradezco profundamente a nuestra organización americana de partidos socialcristianos por el honor que se me otorgó. Mi agradecimiento es especialmente para la presidenta de ODCA, mi admirada amiga Mariana Gómez del Campo, y para el Consejo Directivo.

Desde la primera edición del Foro América Libre, en 2023, tuve el privilegio de asistir a este evento liderado por ODCA y abierto a los partidos democráticos y tolerantes del centro moderado, tan necesarios para que prevalezca en nuestro continente la libertad solidaria de las personas, garantizada por la democracia y el Estado de derecho. Un sistema que defiende los derechos humanos y que, desde antes de ese primer Foro, estaba gravemente amenazado en América Latina por populismos autoritarios.

En su primera edición, en 2023, el Premio ODCA de Derechos Humanos se otorgó al valiente obispo de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez, perseguido y, en ese tiempo, encarcelado por la tiranía de Ortega y Murillo en Nicaragua. Se había negado a abandonar su país con el grupo de más de 200 prisioneros políticos a quienes la dictadura expulsó a Estados Unidos y les quitó la ciudadanía y sus bienes. En enero de 2024, el abnegado y patriótico obispo de Matagalpa fue expulsado al Vaticano. El obispo Rolando Álvarez es un verdadero héroe y luchador por la libertad y los derechos humanos de sus compatriotas. Se me honró permitiéndome, en esa ocasión, hacer un reconocimiento a la trayectoria del obispo galardonado.

En la segunda edición del Foro América Libre, en 2024, Mariana Gómez del Campo me honró permitiéndome hacer una presentación del evento y luego participar introduciendo el acto de cierre, “Héroes de la libertad – Acto de solidaridad con los perseguidos políticos”. En esa ocasión, junto a Mariana, tuve la gratísima oportunidad de hacer entrega del Premio ODCA de Derechos Humanos 2024 a la heroína de América y líder de Venezuela, María Corina Machado, quien lo recibió digitalmente desde su clandestinidad en Venezuela, a la que la obligaba la persecución cruel del dictador Maduro. María Corina ya había arrasado en la votación primaria organizada por la oposición a la dictadura en 2023 y, después de que ilegalmente se le impidiera ser candidata presidencial, ya había triunfado con su apoyo a don Edmundo González, quien fue contundentemente electo presidente de Venezuela.

En la tercera edición se otorgó el Premio ODCA de Derechos Humanos a Rosa María Payá, hija del mártir de la libertad y la democracia cubana, Oswaldo Payá Cerdeña. En esa ocasión, por estar atendiendo a Lorena en su dura enfermedad, no tuve el gusto de asistir y poder felicitar personalmente a mi amiga Rosa María, hija de mi admirado Oswaldo Payá Cerdeña, asesinado por la tiranía castrista, a quien había tenido el inmenso gusto de conocer y de participar en la incorporación de su Movimiento Cristiano de Liberación a ODCA.

Esos antecedentes de haber concedido los premios ODCA de Derechos Humanos a verdaderos héroes de la lucha por la libertad en Nicaragua, Venezuela y Cuba hacen aún más especial haberlo recibido este año y tornan aún más evidente que este premio se concede, más que a mí, a la ejemplar historia de la construcción de la democracia liberal en Costa Rica.

Como todo honor, este viene con una responsabilidad. Una responsabilidad que es de Costa Rica y que solo se puede cumplir si todos nos empeñamos en hacerlo. Claro que a mí me corresponde mi parte. Con mi prédica frecuente, que a algunos importuna, trato de, al menos, intentar seguir cumpliendo con esa obligación.

Es la responsabilidad de que Costa Rica continúe siendo ejemplo de democracia liberal, de Estado de derecho y de relaciones humanas cordiales, respetuosas y amistosas.

Y debemos cumplir esa responsabilidad —que es en nuestro propio beneficio y en el de nuestros hijos y nietos— en un mundo y en una América Latina en los cuales hacerlo no es fácil.

El mundo sufre un cambio de época de gran intensidad y rapidez, que causa incertidumbre y desarraigo. Produce miedo y fomenta las soluciones fáciles y mentirosas de los populismos autoritarios que debilitan la libertad y a sus garantes: la democracia y el Estado de derecho.

En América Latina tenemos personas extraordinarias, gran creatividad, riqueza en la diversidad, belleza y recursos naturales.

Somos herederos de los valores y la cultura judeocristiana y grecorromana que, en América, con el encuentro de civilizaciones, se enriqueció con la convivencia de razas y creencias.

Herederos de una cultura que —con el Milagro de Guadalupe, con San Juan Diego, con fray Bartolomé de las Casas, con la resolución teológica que provocó el emperador Carlos I y con las Leyes de Indias— fortaleció la aspiración cristiana a vivir libres, con la dignidad de hijos de Dios llamados a amarnos unos a otros.

Pero no hemos logrado los niveles de desarrollo previsibles hace siete décadas y nos han dejado atrás otras regiones del mundo que entonces estaban más atrasadas.

Seguimos sufriendo inaceptables niveles de pobreza y somos la región más desigual.

Este año volvemos a crecer al menor ritmo de todas las regiones que consideran los principales organismos financieros internacionales. La previsión de crecimiento para el resto de esta década es decepcionantemente baja. La pobreza creció con la COVID-19. La clase media está decepcionada.

Muchos de los gobiernos de nuestras naciones están muy endeudados. La infraestructura es deficiente. La educación pública tiene muy bajos resultados en las pruebas internacionales de habilidades de los estudiantes. Los sistemas de salud de muchas de nuestras naciones exhibieron sus debilidades durante la pandemia. Muchos programas sociales fomentan más el clientelismo que el apoyo verdadero a las familias para que, con su esfuerzo en emprendimientos y trabajos formales, salgan de su pobreza.

La democracia liberal con un Estado de derecho sólido está sometida a fuertes ataques. Por una parte, de los sucesores del marxismo, del posmodernismo y del relativismo identitario. Por otra, de los nacionalismos extremistas que desean imponer por la fuerza sus visiones culturales y religiosas. Ambas vertientes, sin respeto por las libertades y los derechos de las personas, la división de poderes ni la independencia de los jueces, pero empeñadas en limitar los controles a los gobernantes y en asumir poder y más poder.

Los partidos políticos se fragmentan y multiplican. Se pierde la confianza en las élites, excepto en los deportistas y las figuras de la farándula. Y en los políticos extremistas que se autoproclaman antipolíticos y que encarnan los populismos autoritarios de “derecha” o de “izquierda”.

Tamaña tarea tenemos. La de mantener a Costa Rica como ejemplo de una democracia liberal exitosa en esta América Latina y en este mundo. Pero contamos con la fuerza de nuestra historia, exitosa a pesar de sus humanas debilidades y limitaciones.