Los Infames Teatro ha puesto en escena en San José La noche de Helver, una obra del dramaturgo Ingmar Villquist (Jaroslaw Swierszcz). De gran calidad artística, avasalla el sentir y el pensar de la audiencia y nos invita a reflexionar sobre nuestra realidad social, política y familiar en la Costa Rica actual. Vale el boleto ir a ver el montaje en el Teatro de Bolsillo, en San Pedro, aprovechando las últimas funciones este fin de semana, del 9 al 11 de octubre.
El texto literario en sí ya es poderoso. Mario Solano, codirector y coproductor del montaje junto con Andrea Espinoza, lo tradujo al español, apoyándose en una traducción previa del polaco al italiano. El texto representado resulta ágil, claro y adaptado al habla costarricense, mientras mantiene la gravedad existencial que se percibe en el original. Retrata, a nivel social, un proceso de aumento de la violencia política, autoritaria y presumiblemente fascista que, poco a poco, rodea, cerca, amenaza y violenta a personas que intentan vivir refugiadas en su entorno casero, familiar e íntimo para salvaguardarse de los disturbios públicos debido a su vulnerabilidad. A nivel de vida familiar, retrata a dos personajes que parecen quererse y cuidarse entre sí, pero que también son capaces de agredirse y herirse.
La puesta en escena conmociona a la audiencia
Helver, interpretado por John Sánchez, es un joven con discapacidad intelectual que imita, en casa, las actitudes paramilitares violentas que aprende de un miliciano en las calles de su ciudad. Carla, interpretada por Claudia Catania, es su madre cuidadora, pero también sobreprotectora, que se alarma una noche al ver las actitudes de Helver al regresar de un mitin callejero. En el transcurso de la cena, intenta disuadirlo con juegos y conversaciones que rayan en la manipulación. Llega a sufrir un intenso acoso físico por parte de Helver, quien es más fuerte que ella, pero, para defenderse, es capaz de agredirlo psicológicamente, al punto de expresar crueldades que revelan sus propios resentimientos, frustraciones y, quizá, lamentaciones por haberse dedicado al cuido de su hijo.
La dinámica entre ambos se va transformando a lo largo de una larga y tenebrosa noche. Las interpretaciones de Sánchez y Catania, apoyadas en una producción sencilla y eficaz, hacen sentir a la audiencia las angustias, esperanzas, ternuras, temores, agresiones y cuidados de su relación. Toda la trama ocurre en un escenario austero que construye el interior de un apartamento donde hay una cocina y un comedor sencillos. A través de una ventana que mira hacia una calle imaginaria, ambos atestiguan la creciente violencia de la ciudad; dentro de la casa, poco a poco, se revela la verdadera relación entre ambos y sus historias de vida. Conforme la violencia sociopolítica se esparce por la ciudad y se acerca a su hogar, Carla prevé el peligro para Helver. Elabora y ejecuta un plan para salvarlo, pero podría ser tarde. Deberá decidir qué hacer y cómo actuar para proteger a su hijo de la violencia eugénica, para evitar un mal mayor escogiendo un mal menor, si ello es posible.
Una pregunta que plantea la obra es justamente si es posible escoger de forma ética un sufrimiento menor para evitar uno mayor cuando ambas opciones son fatídicas. ¿Cuáles son las aristas éticas, morales y psicológicas de una decisión como la que Carla debe tomar? En este aspecto, la obra se relaciona con otras como las novelas La decisión de Sophie, de William Styron, y Beloved, de Toni Morrison. En el plano moral, la obra tiene matices de teodicea: ¿por qué permite Dios, si es bueno, que personas inocentes sufran el mal? Las actuaciones de gran intensidad psicofísica de Sánchez y Catania les dan una fuerza vital impactante a estas preguntas, en apariencia abstractas, pero en realidad muy viscerales, que se viven en carne y hueso y se sienten como fuego en los huesos.
Los golpes al piso de madera del escenario y a la mesa del comedor, las voces altisonantes y los tonos alterados, los gestos bruscos y los movimientos vigorosos de los actores hacen vibrar la pequeña sala y conmocionan los cuerpos-mentes de la audiencia. Catania y Sánchez mantienen la intensidad dramática por casi una hora y media, sin pausas ni treguas. El desenlace deja a la sala quieta, en silencio, y tanto los actores como los espectadores requieren un tiempo para emerger de la tragedia.
La obra es oportuna para cuestionar temas como la violencia familiar y social y la arremetida política del autoritarismo en Costa Rica y Latinoamérica. Solano tuvo el acierto de escribir el texto en un español costarricense contemporáneo que acerca la obra a nuestra realidad cotidiana y que sería adaptable a otros países. Ojalá que esta puesta en escena atraiga a bastante público josefino y que viaje a otras ciudades de Costa Rica y Latinoamérica para que nos interrogue y nos invite a buscar respuestas vitales a las preguntas viscerales que plantea.
