Hoy se cumplen tres años del 7 de octubre de 2023, el día más mortífero para el pueblo judío desde el Holocausto. Esa mañana, comandos de Hamás cruzaron la frontera y mataron a cerca de 1.200 personas, en su mayoría civiles, y se llevaron a unas 250 como rehenes. Niños, ancianos, familias enteras sorprendidas en sus casas, jóvenes que bailaban en un festival de música. Conmemorar esta fecha no es tomar partido en una guerra. Es negarse a que el horror se vuelva una cifra más.
Pero conmemorar también obliga a entender. Y lo primero que hay que decir es que el 7 de octubre no cayó del cielo. Fue un atentado preparado durante años, con túneles, armas y entrenamiento costeados con recursos que pudieron ir a escuelas, hospitales o empleo. En algún momento, sus líderes tuvieron que escoger entre el bienestar de su propia gente y la capacidad de hacer daño al enemigo, y escogieron lo segundo. Lo hicieron, además, después de que Israel se retirara por completo de Gaza en 2005, desmantelara los asentamientos y sacara hasta al último soldado. A Gaza se le abrió la posibilidad de construir y la empleó en resistir.
Detrás de esa elección hay una diferencia de fondo en la manera de pensar, que el analista Joshua Hoffman resume con acierto. Los israelíes aceptaron la partición, llaman a lo suyo Guerra de Independencia y se pusieron a construir. Los árabes, como se les llamaba entonces, optaron por boicotear, resistir e invertir en terror. Esa lógica sigue viva en buena parte del liderazgo palestino y encuentra su expresión más atroz en Hamás. Unos se preguntaron qué podían levantar; otros, a quién podían derribar.
En el fondo es eso: el choque entre proponer y resistir. Lo primero se construye; lo segundo se ejerce contra alguien. Proponer exige instituciones, presupuestos y acuerdos. Resistir solo necesita un enemigo.
El Estado de Israel nació de una propuesta. En 1947, la ONU ofreció dividir el territorio en dos Estados. A los judíos les tocaba una franja pequeña, partida y sin Jerusalén. Aun así, dijeron que sí y empezaron a edificar. El liderazgo árabe lo rechazó. Conviene recordar que entre 1948 y 1967 Gaza quedó en manos de Egipto y Cisjordania, en manos de Jordania: durante diecinueve años nadie impidió que surgiera allí un Estado palestino, y no surgió. No faltó tierra. Faltó la propuesta.
Esa bifurcación marcó dos destinos. Israel transformó el trauma en construcción. Recibió a sobrevivientes del Holocausto y a cientos de miles de judíos expulsados de países árabes, y con ellos levantó universidades, hospitales, empresas y un ejército, y hasta resucitó un idioma. El duelo explicaba por qué hacía falta un Estado, pero no se volvió la razón de ser del Estado.
Enfrente, demasiados dirigentes hicieron del agravio una bandera permanente. La llave de la casa perdida en 1948 llegó a pesar más que el plano de la casa por construir mañana. Cuando una identidad se funda en resistir al otro, la vida normal del vecino se vive como derrota propia. Y por ahí se llega a algo monstruoso: creer que matar civiles en sus camas es un acto de liberación. Eso fue el 7 de octubre. No una idea de futuro, sino la negación del futuro ajeno.
Ahí asoma la trampa más cruel de la resistencia sin fin: llega un punto en que hasta la paz se siente como una rendición, porque firmarla supone aceptar que aquello que se combatió por generaciones vino para quedarse. Por eso, la resistencia no busca la paz; le teme. Mientras eso no cambie, ningún mediador ni ningún mapa resolverá nada. No hay frontera que negociar entre quien quiere que su Estado exista y quien ve en esa existencia el pecado original.
Seamos justos. Criticar al Gobierno israelí es legítimo, y el sufrimiento de los civiles en Gaza es real y debe dolernos. El problema no es la crítica, sino convertir la destrucción en método. Un pueblo que solo aprende a decir que no termina necesitando más a su enemigo que a sus propios hijos.
Y aquí el 7 de octubre nos interpela también desde Costa Rica, porque la misma lógica reaparece a escala. Reaparece cuando, frente al TLC con Israel, nace una “Plataforma de Lucha” que no propone un acuerdo mejor, sino que no haya acuerdo. Reaparece en las universidades públicas, cuando sus consejos se ocupan más de enseñar una sola visión que de exponer las dos y temen mostrarse neutrales, como si la neutralidad fuera una traición. Y reaparece en la cultura, cuando se boicotea una película o una muestra judía, como si cancelar algo en San José salvara una vida en Gaza. Boicotear no es proponer. Cancelar no es debatir. Plantarse no es construir.
Costa Rica eligió hace décadas el camino contrario. Abolió el ejército y propuso aulas. No tenemos trincheras que defender, pero sí una manera de mirar el mundo: la del país que prefiere construir antes que resistir. Honrar a las víctimas del 7 de octubre es también defender esa forma de pensar, la de quien invierte en un futuro mejor para su gente en vez de invertir en terror y destrucción.
Tres años después, con un enorme sufrimiento y pérdidas en ambos lados, la pregunta sigue siendo la misma. Proponer se pregunta qué podemos construir. Resistir se pregunta a quién podemos destruir. El 7 de octubre fue la respuesta más brutal de lo segundo. La paz llegará el día en que gane lo primero.
Que la memoria de las víctimas pese más que las consignas. Ese es el mejor homenaje.
