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Imagen principal del artículo: ¿Puede construirse el círculo virtuoso de la excelencia empresarial?

¿Puede construirse el círculo virtuoso de la excelencia empresarial?

Estoy convencido de que sí. No solo porque llevo años trabajando en ello, sino porque he tenido la oportunidad de conocer empresas —desde pequeñas organizaciones hasta grandes corporaciones— que lo demuestran con sus resultados.

He visto organizaciones que comenzaron atendiendo un problema específico y terminaron transformando su manera de gestionar. Empresas que aprendieron a medir mejor, a escuchar a sus colaboradores, a revisar sus procesos y a convertir sus oportunidades de mejora en decisiones concretas. También he visto cómo ese aprendizaje, cuando se comparte, inspira a otras organizaciones a iniciar su propio camino.

Esa experiencia me ha enseñado que la excelencia empresarial no es un destino reservado para unas pocas compañías ni una condición que se alcanza de una vez y para siempre. Es un proceso que se construye con disciplina, apertura y voluntad de aprender.

Podemos definir la excelencia como el horizonte hacia el cual una organización avanza mediante un proceso permanente de mejora continua. No consiste únicamente en los resultados que logra, sino también en cómo los logra: las decisiones que toma, la manera en que lidera, el valor que entrega a sus clientes, el desarrollo de su talento, la gestión de sus procesos y su compromiso con la sociedad y el ambiente.

Esta definición encierra una idea fundamental: la excelencia no es un estado definitivo ni un reconocimiento que se recibe al final del camino. Es un círculo virtuoso.

La organización se evalúa, identifica fortalezas y oportunidades, actúa, toma decisiones, mejora sus prácticas, mide nuevamente sus resultados y convierte lo aprendido en el punto de partida de un nuevo ciclo. Con cada vuelta, desarrolla mejores capacidades para enfrentar sus desafíos y alcanzar resultados más sostenibles.

Ese círculo requiere un liderazgo comprometido, capaz y coherente, que inspire y oriente los esfuerzos de la organización. Demanda crear valor para los clientes y demás partes interesadas, involucrar a las personas, coordinar procesos interdependientes, innovar de manera constante y asumir la responsabilidad social y ambiental como parte integral de la estrategia.

Pero también requiere algo que, en ocasiones, resulta más difícil: la disposición para mirarse con objetividad, reconocer las brechas y aceptar que siempre existen oportunidades para hacerlo mejor, aunque ya lo estemos haciendo bien.

Un ecosistema construido durante casi tres décadas

Con esa visión nació, en 1997, el Programa a la Excelencia de la Cámara de Industrias de Costa Rica. Casi tres décadas después, se ha consolidado como un ecosistema empresarial único en el país, articulado alrededor de la evaluación objetiva, la retroalimentación experta, el aprendizaje compartido y la mejora continua.

Desde su creación se han realizado más de mil evaluaciones y acompañamientos a organizaciones grandes, medianas, pequeñas y micro, tanto públicas como privadas.

Sin embargo, detrás de esa cifra existe algo todavía más valioso: una comunidad de empresas, organizaciones promotoras, líderes, equipos técnicos, evaluadores y profesionales que han decidido compartir sus conocimientos, buenas prácticas y experiencias con el fin último de contribuir a incrementar la competitividad y sostenibilidad en nuestro país.

La fortaleza del Programa no radica únicamente en reconocer a las organizaciones con mejores resultados. Su verdadero valor está en crear las condiciones para que cada empresa comprenda su nivel de madurez, identifique sus oportunidades y establezca una hoja de ruta coherente con su estrategia y su realidad.

En este proceso, los equipos evaluadores cumplen una función esencial. Su trabajo no consiste simplemente en asignar una calificación. Deben comprender la realidad de cada organización, analizar sus prácticas, contrastar la gestión con los resultados y formular una retroalimentación que aporte valor.

Esa labor se desarrolla bajo principios de confidencialidad, imparcialidad, credibilidad, ética profesional y rigor técnico. Gracias a ello, la evaluación se convierte en una herramienta de aprendizaje y no solamente en un mecanismo de reconocimiento.

La evaluación comprende un modelo de excelencia basado en siete áreas que inciden directamente en el desempeño organizacional: cultura, liderazgo y estrategia; responsabilidad social; talento humano; ambiente; innovación y tecnología; procesos; y clientes y mercados.

Estas áreas no funcionan de forma aislada. La excelencia aparece cuando la organización logra conectarlas y convertirlas en un sistema coherente de gestión.

El modelo analiza la interrelación entre la estrategia empresarial y la forma en que esta se logra, tanto por medio de la gestión como de los resultados. En gestión, se examina si existen enfoques claros, cómo se despliegan, de qué manera se revisan y mejoran y hasta qué punto están integrados con la estrategia. En resultados, se estudia el nivel de logro de la empresa en relación con su estrategia, considerando la existencia de indicadores, el cumplimiento de metas, la consistencia de las tendencias y las comparaciones relevantes con modelos de referencia retadores.

Diferentes caminos hacia un mismo horizonte

Cada organización se encuentra en una etapa diferente de madurez. Por eso, el Programa ofrece tres formas de participación adaptadas a esos distintos niveles de madurez y necesidades.

Compromiso con la Excelencia permite desarrollar y evaluar proyectos específicos de mejora con resultados medibles. Ruta a la Excelencia acompaña a las organizaciones en el desarrollo progresivo de sus sistemas de gestión. El Premio a la Excelencia evalúa y reconoce el desempeño integral al más alto nivel.

No se trata de caminos separados. Son diferentes puertas de entrada al círculo virtuoso de la excelencia: evaluar, aprender, mejorar y volver a evaluar.

El círculo se fortalece cuando ese aprendizaje trasciende a la empresa que fue evaluada. Por eso, el Programa también promueve formación, benchmarking de indicadores, intercambio de buenas prácticas y espacios como las Sesiones Compartiendo la Excelencia.

Las organizaciones no solo mejoran internamente. También pueden convertirse en referentes y compartir conocimientos capaces de fortalecer a otras empresas y al conjunto del ecosistema productivo nacional.

Ese intercambio es especialmente importante porque demuestra que la excelencia no depende del tamaño de una organización. He conocido pequeñas empresas que, con recursos limitados, han logrado transformaciones extraordinarias gracias a la claridad de sus objetivos y al compromiso de su gente. También he acompañado grandes organizaciones que entendieron que su escala y trayectoria no las eximen de cuestionarse, aprender y evolucionar. En ambos casos, el punto de partida es el mismo: reconocer que siempre es posible mejorar.

Un espacio donde el círculo se hace visible

El Congreso Nacional de Excelencia Empresarial, que celebraremos el próximo 18 de noviembre, es la expresión pública de este ecosistema. Es un encuentro corporativo de naturaleza única en Costa Rica porque reúne, durante una misma jornada, conocimiento internacional, experiencias empresariales, evaluación de proyectos y reconocimiento a organizaciones que han demostrado resultados sobresalientes.

Este año participarán David Hutchins, ganador del Deming Distinguished Practice Award 2025; Dag Kroslid, especialista internacional en calidad y excelencia empresarial; y Adriana Pacheco Feoli, directora de Recursos Humanos de Boston Scientific Costa Rica.

Sus perspectivas permitirán conectar la excelencia con algunos de los principales desafíos que enfrentan actualmente las organizaciones: el liderazgo, la estrategia, la sostenibilidad, la innovación, el desarrollo del talento y la inteligencia artificial.

Durante el Congreso también viviremos la ronda final de Compromiso con la Excelencia. En esta edición se presentaron 53 proyectos y tres de ellos llegarán a la final en vivo para exponer sus metodologías, resultados y aprendizajes.

Esa final representa mucho más que una competencia. Permite observar cómo la mejora continua y la innovación se traducen en impactos concretos dentro de las organizaciones. También demuestra que detrás de cada resultado existe un equipo que identificó una oportunidad, analizó sus causas, propuso una solución, midió sus efectos y estuvo dispuesto a compartir lo aprendido.

La jornada culminará con la XXIX Entrega de los Premios a la Excelencia. Sin embargo, el reconocimiento no representa el cierre del proceso. Cada evaluación abre nuevas oportunidades; cada resultado plantea un nuevo desafío y cada buena práctica compartida puede convertirse en el punto de partida para la transformación de otra empresa.

Por eso afirmo que sí es posible construir un círculo virtuoso de la excelencia empresarial.

Se construye cuando una organización tiene la valentía de evaluarse, la humildad de aprender, la disciplina para mejorar y la generosidad de compartir sus conocimientos. Se fortalece cuando otras empresas observan esos resultados y deciden iniciar su propio proceso.

La excelencia continúa siendo un horizonte. Nunca terminamos de alcanzarla por completo, porque las necesidades de los clientes cambian, la tecnología avanza, los mercados evolucionan y la sociedad plantea nuevas expectativas. Pero cada vuelta del ciclo nos permite acercarnos a ese horizonte con mejores capacidades, decisiones más informadas y resultados más sostenibles.

Después de años de acompañar a empresas de distintos tamaños y sectores, esa es quizá mi mayor convicción: cuando una organización mejora, comparte lo aprendido e inspira a otras a avanzar, la excelencia deja de ser un esfuerzo individual y se convierte en una capacidad colectiva para construir un país más competitivo.