Ni los seres humanos ni las organizaciones que creamos somos obras terminadas. Somos perfectibles. Estamos abiertos, expuestos y, en el mejor de los casos, diseñados para mejorar cada día en la dirección que amplía nuestro propósito y nuestra capacidad de florecer. Reconocerlo no es una excusa para la mediocridad. Es una invitación a darle, una y otra vez, media vuelta más a la tuerca.
La democracia es quizá el más valioso de esos experimentos perfectibles. En los últimos siglos ha llevado bienestar a más personas que cualquier otra forma de organizar el poder. Sin embargo, hoy está bajo ataque desde varios flancos: la abstención creciente, la corrupción, la sospecha de que todo funcionario se enriquece, la polarización y la búsqueda de los incentivos económicos equivocados.
La desafección tiene causas reales. Mucha gente siente que la democracia le quedó debiendo. Lo que la gente siente es un hecho, y hay que atenderlo como se atiende un hueco en la carretera. Durante décadas vivimos una democracia más folclórica que eficaz: entregábamos un cheque en blanco cada cuatro años y nos desentendíamos.
¿Quién gana con la erosión? Ganan quienes aspiran al poder sin contrapesos, para quienes dividir al adversario sigue siendo la estrategia más antigua y eficaz. Las redes sociales se lo ponen fácil. Permiten enviar a cada nicho el mensaje que exalta sus temores, y así dos personas que coinciden en casi todo terminan enfrentadas. Ganan también los modelos de negocio que cosechan atención a cambio de indignación. Sin la disciplina ética que alguna vez tuvo la prensa, la conversación pública se vuelve un tubo de escape de resentimientos, sensacionalismo y desinformación.
¿Quién pierde? Primero pierden los más vulnerables, que son quienes más dependen de instituciones que hoy se desmantelan sin preguntar si funcionaban. Perdemos todos. Cuando se pierde la democracia, no se pierde por seis meses ni por seis años. Se pierden la discrepancia civilizada, el chiste contra el político y la posibilidad de decir lo que pensamos. Como la expresión es reflejo del ser, esa pérdida nos transformaría por dentro, y por generaciones.
¿Qué podemos hacer? Algo sencillo y exigente a la vez:
- Cultivar el pensamiento crítico: el que hace preguntas, ojalá incómodas, y no delega en la máquina la tarea de pensar.
- Crear suelo fértil, porque nadie piensa con claridad bajo ataque. Hay que tomarse muchos cafés, pero cafés de diálogo: ni de superficialidades ni para catequizar al otro. Un café por semana con alguien distinto vale más que veinte minutos de piedras digitales. En presencia del otro intercambiamos mucho más que palabras.
- Dialogar con voluntad de verdad. El propósito no es ganar el pulso, sino construir juntos algo que coincida con la realidad.
- Exigir integridad a quienes gobiernan y revisar la propia, que siempre tendrá algo pendiente.
- Pasar del comentario a la acción: involucrarse en lo municipal, en la comunidad, en la polis.
La democracia es perfectible porque nosotros lo somos. Su mejor versión no vendrá de un líder providencial. Vendrá de ciudadanos que deciden, paso a paso, mejorar juntos.
Artículo basado en el episodio 337 de Diálogos con Álvaro Cedeño titulado “Entidades perfectibles”.
Suscríbase y síganos en nuestro canal de YouTube y en nuestra página web para recibir actualizaciones y entregas adicionales.
