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No importa cómo llegaste, sino dónde estás: del milagro y la poesía en la tecnología

¿Es posible conocer lo invisible observando lo visible? ¿Cómo deducir la causa a partir del efecto? ¿Abona la acumulación de testimonios concordantes a la credibilidad de un fenómeno? Estas eran algunas de las interrogantes que el ministro presbiteriano Thomas Bayes buscó responder en el siglo XVIII para probar matemáticamente la existencia de los milagros ante el escepticismo del filósofo David Hume. El resultado de esta argumentación matemático-teológica es el célebre teorema que lleva su nombre.

Más de un siglo después, Andrei Márkov contó y analizó las secuencias de vocales y consonantes en un fragmento de la obra Eugenio Oneguin, de Pushkin. Demostró que la probabilidad cambiaba según la letra anterior. Transponiendo esta idea al español, entre una «z» y una «r», el segundo grafema tenderá a aparecer con mayor frecuencia después de una «t»: «tr» es más probable que «tz». La realización de «r» o de «z» queda estadísticamente condicionada por la consonante «t», al margen de la cadena alfabética precedente. Así, la poesía dio a luz a las cadenas de Márkov.

Bayes falló al probar la existencia de los milagros; no obstante, su formulación y el estudio de Márkov viabilizaron los vehículos autónomos, la cartografía digital en dispositivos móviles, los motores de búsqueda, la secuenciación genómica, los análisis bioinformáticos, los grandes modelos de lenguaje (LLM) y el reconocimiento de voz; en síntesis, la inteligencia artificial, entre muchas otras aplicaciones. Nuestro presente sería inconcebible sin el teorema de Bayes y las cadenas de Márkov.

Esta convergencia de la teología y la literatura ilustra uno de los impactos más profundos y menos conocidos de las disciplinas humanísticas en la evolución de la ciencia y la ingeniería. ¿Quién diría, al consultar su app de mapas, que un argumento teológico lo hizo posible? ¿O que la pasión poética de un matemático deviene en la opción de usar la voz para encontrar un dato o simplemente cambiar de canción? La influencia en la cotidianidad es incalculable y, en el futuro inmediato, también.

Las paradojas no se hacen esperar. En el surrealismo, la escritura automática, sin intervención consciente, se planteaba como una legítima manifestación creativa. Ahora, cuando los modelos generativos la convierten en una realidad, la respuesta colectiva dominante es el pánico. Las quimeras de aquellas aspiraciones estéticas vanguardistas se concretaron, irónicamente, mediante el progreso informático y una aproximación algorítmica, de base probabilística, en el análisis del arte. La diferencia en magnitud excede nuestra capacidad de representación: ya no se trata de unos cuantos versos mecanografiados en una buhardilla parisina, sino que la escala supera cualquier volumen imaginado por André Breton. De igual manera, el acervo que alimenta estos engranajes aleatorios es el conjunto de lo digitalizado, que es como decir casi todo el saber escrito de la humanidad.

Si lo consideramos en perspectiva, nos invade un sentimiento de ciclicidad. En el origen teníamos a un ministro presbiteriano que pretendía levantar un velo sobre los misterios de la experiencia mística de la fe y, más tarde, a un matemático fascinado por la sustancia de las palabras en la obra de un indiscutible genio de la literatura. En ambos casos, un sólido bagaje en las ciencias y las letras fue la clave para asociar ideas que parecían pertenecer a dimensiones distintas, pero que en realidad correspondían a leyes profundas de la vida y la sociedad.

En el siglo XXI, nos encontramos ante el dilema de reforzar las bases de nuestro sistema educativo, porque el porvenir no espera y las fronteras entre las áreas del conocimiento ya no son difusas: son casi inexistentes. Para que nuestro país avance de verdad, es necesario impulsar todas las ramas del saber y, en esta época marcada por la automatización, las humanidades están llamadas a tener una función protagónica: he ahí el inopinado peso de la consecuencia.