Hay fiestas que comienzan mucho antes de que suene la música. Comienzan en la cocina, cuando alguien reúne cuidadosamente los ingredientes, prepara el molde y decide quiénes serán los invitados. Para preparar el pastel de esta fiesta se necesitan varios ingredientes. Lo primero son las promesas. Deben ser abundantes y fáciles de repartir. No importa demasiado si después resulta difícil cocinarlas en la práctica; lo importante es que parezcan apetitosas y alcancen para todos. El protocolo es el mismo que el del vecindario trasero.
Después vienen los mecanismos para financiar la celebración. Algunos deben permanecer lejos de las miradas indiscretas, porque una fiesta demasiado transparente puede perder parte de su encanto; se añaden acusaciones, descalificaciones y algunas mentiras cuidadosamente elaboradas para decorar el pastel.
Todo debe mezclarse muy bien hasta obtener una masa lo suficientemente homogénea como para que quepa en un molde amorfo. El ingrediente más barato debe ser popular: basta con decirle a cada invitado exactamente lo que quiere escuchar. Y aquí aparece una regla fundamental de la receta: quienes ayudaron a preparar el pastel deben recibir una porción. No necesariamente grande, pero sí suficiente para recordar que, cuando llegue la próxima fiesta, vale la pena volver a la cocina.
Mientras el pastel está en el horno, comienza a prepararse el brebaje. No hace falta un licor de gran calidad. De hecho, cuanto más barato y fuerte, mejor. Su ingrediente principal es el discurso. Se le agregan agravios, ofensas, acusaciones, consignas y una buena dosis de confrontación. El resultado es un brebaje capaz de provocar una embriaguez peculiar: la del poder. Es importante que solo la pareja anfitriona tenga el poder; que los demás solo crean que lo tienen.
Pero una sola copa no basta. El brebaje debe servirse periódicamente para mantener a los invitados entretenidos, indignados o eufóricos. Cada semana puede aparecer una nueva dosis: una nueva controversia, una nueva acusación, una nueva pelea, un nuevo espectáculo. La fiesta no puede detenerse. Porque, si la música se detiene, quizá alguien se desintoxique y empiece a preguntarse qué está ocurriendo realmente. Por la puerta de atrás deben ingresar los sirvientes más fieles sin que los noten, especialmente si hay que cobijarlos con inmunidad.
En toda fiesta hay personas que no son bienvenidas. La prensa que pregunta demasiado puede resultar incómoda. También quienes revisan las cuentas, quienes recuerdan las leyes, quienes hacen preguntas desde las organizaciones sociales, los sindicatos, las asociaciones de empleados o los partidos políticos. Y hay otros invitados que tampoco parecen necesarios: los obispos, por ejemplo.
No fueron invitados. Quizá alguien pensó que había figuras más populares para bendecir el pastel. Y así la fiesta adquirió un curioso carácter ecuménico. Algunos pastores, además de predicar desde sus templos, comparten mesa con los anfitriones. Entonces aparece una tentación antigua con ropaje moderno: intercambiar lo espiritual por lo político. Oraciones por embajadas; apoyos por nombramientos; votos políticos acompañados de votos divinos, gestados en templos acéfalos.
No se venden indulgencias ni sacramentos. Pero la escena recuerda, por su lógica de intercambio, la simonía. Una especie de simonía política en la que los dones del Espíritu corren el riesgo de convertirse en moneda de cambio para obtener beneficios terrenales. La decoración del pastel puede variar e incluso incluir versículos bíblicos. Pero la decoración religiosa no cambia los ingredientes. Una negociación política sigue siendo una negociación política aunque comience con una oración, y un acuerdo de poder no se convierte en un acto religioso solo porque alguien invoque a Dios antes de celebrarlo.
La música, entretanto, debe ser tan fuerte como carismática, en lenguas que nadie entiende, pero que todos dicen entender. No necesariamente buena; ni siquiera tiene que pertenecer a un género reconocible. Puede ser una colección de latas golpeadas sin ritmo definido, pero lo suficientemente estridente como para que nadie escuche las conversaciones de la mesa de al lado. Su función es sencilla: mantener a los invitados bailando. Mientras bailan, nadie pregunta quién compró los ingredientes, cuánto costó el pastel, quién preparó el brebaje o quién se quedará con las mejores porciones.
Pero puede ocurrir algo peligroso: el escándalo del bailongo puede llegar demasiado lejos; entonces se lanzan bombetas para distraer a los vecinos. Así, el espectáculo termina sustituyendo la explicación y el ruido, al argumento.
Y, por supuesto, ninguna fiesta de esta naturaleza estaría completa sin payasos. Pueden aparecer en cualquier momento. No necesitan tener una función específica: basta con que entretengan al anfitrión. Él los lidera.
Pero hay un pequeño inconveniente: hay reglas en el vecindario. Y entre esas reglas están las constitucionales o incluso supraconstitucionales. Los intérpretes de la Constitución pueden parecer molestos cuando alguien quiere ampliar el salón. Los jueces pueden resultar antipáticos cuando recuerdan que hay límites. Las instituciones de control pueden considerarse obstáculos cuando hacen demasiadas preguntas. Y entonces surge una idea peligrosa: si quienes vigilan las reglas no forman parte de la fiesta, quizá sus advertencias puedan ser ignoradas.
Finalmente, llega la madrugada. La música se apaga; amanece y la luz deja ver el desorden, la basura y las ratas. Sobre la mesa queda el pastel. Pero queda también algo más: la cuenta. El dinero es del pueblo, los organizadores guardan las botellas y el pueblo descubre que, además de no haber sido invitado, le corresponde pagar la cuenta.
