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La embriaguez de poder: una reflexión desde la experiencia legislativa

Escuchar a quienes ejercen el poder hoy en Costa Rica me ha llevado a reflexionar sobre un fenómeno que he decidido llamar la embriaguez de poder. No es una expresión nueva, pero adquiere particular relevancia cuando observo cómo se comportan algunos diputados y diputadas en el hemiciclo, en las comisiones legislativas y en los espacios de poder institucional.

Después de cuatro años de desempeñarme como diputada de la República, tengo el privilegio de mirar desde cierta distancia lo que sucede en la Asamblea Legislativa. Esa distancia no me ha dado respuestas cómodas. Me ha dado, más bien, una certeza incómoda: el poder intoxica a algunos de tal manera que olvidan su naturaleza más fundamental: es transitorio.

Cuando observo a diputadas que suben a la tribuna a vomitar discursos de odio, cuando las veo conducir comisiones humillando a sus compañeros legisladores, cuando las escucho violentar deliberadamente el reglamento legislativo como si fuese papel mojado, me percato de que hay algo más que ambición política en juego. Hay una convicción equivocada de que el poder es infinito, de que son intocables, de que pertenecen a una estirpe superior.

El reglamento legislativo existe por una razón: proteger los derechos de todas y todos los diputados, de mayoría y de minoría. Cuando alguien lo viola, no solo comete un acto de arrogancia; comete un acto contra la democracia misma. Cuando humillan a sus colegas desde la presidencia de una comisión, ¿qué mensaje envían a la ciudadanía? Que el poder es un instrumento para dominar, para someter, para doblegar.

Quiero recordarles a quienes hoy ocupan posiciones de poder en la estructura legislativa algo que aprendí en esos cuatro años: el poder es un depósito, no una propiedad. La ciudadanía se lo entregó y la ciudadanía se lo quitará. Les quedan 42 meses de los 48 que representa un período legislativo. Cuarenta y dos meses para demostrar quiénes son realmente. Y después, la sociedad les cobrará.

No hablo desde el rencor. Hablo desde la observación. He visto legisladores que entienden el peso de la responsabilidad y actúan con humildad. He visto diputados que debaten con pasión, pero respetan el reglamento; que pueden ser duros en sus argumentos, pero gentiles en sus formas. Esos existen. El problema es que no ocupan las posiciones de poder en este momento.

La embriaguez de poder es insidiosa porque se disfraza de convicción. El diputado que viola el reglamento probablemente está convencido de que tiene razón. La diputada que humilla a sus colegas probablemente cree que está defendiendo sus principios. Pero la verdad es más simple: están ebrios de un poder que creen infinito, incapaces de ver que cada abuso, cada humillación, cada violación del reglamento suma. Y la sociedad lo ve. La ciudadanía lo ve.

Pero hay algo más grave aún. Cuando un legislador humilla a sus compañeros, cuando ejerce el poder de manera autoritaria, cuando viola el reglamento a su antojo, no solo comete un acto de arrogancia personal: incumple el juramento que realizó. Todo diputado y diputada jura legislar por y para el bienestar de los costarricenses.

¿Cuál es el bienestar que se defiende cuando se legisla desde el oportunismo? ¿Cuál es el bienestar que se construye cuando se humilla a quienes piensan diferente? ¿Cuál es la democracia que se fortalece cuando se pisotea el reglamento que nos rige a todos?

El oportunismo es la antítesis del servicio público. Es usar la tribuna para favores personales, para hacer política partidaria a costa de la ciudadanía, para consolidar poder sin importar el costo institucional. Y cuando se hace desde una posición de poder, desde la presidencia de una comisión, desde la mayoría parlamentaria, no es solo oportunismo: es un crimen contra la democracia. Porque enseña a otros que el poder sirve para la dominación, no para el servicio.

Quiero ser clara: no pido que renuncien a defender sus posiciones. No pido que abandonen sus convicciones. Pido que recuerden que cómo se defiende es tan importante como qué se defiende. La forma en que conducimos nuestras instituciones define el futuro de nuestra democracia.

Tengo 36 años trabajando en la academia y en espacios de gobernanza. He sido legisladora. He sido funcionaria pública. Y en cada uno de esos espacios he aprendido una lección invariable: el poder dura poco y el legado dura mucho. Uno puede gobernar cuatro años de manera arrogante y dejar cuarenta años de daño institucional. O uno puede gobernar cuatro años de manera responsable y dejar una democracia más fuerte.

A quienes hoy están en el plenario, en las comisiones y en los cargos directivos del Legislativo los invito a ver más allá de los cuarenta y dos meses que les quedan. Los invito a que vean el país que dejarán después. Los invito a que reflexionen sobre las instituciones que estarán debilitando o fortaleciendo con cada decisión, con cada palabra, con cada acto de arrogancia o con cada gesto de humildad. Porque cuando el poder se les acabe, y se acabará, la sociedad cobrará cada cuenta pendiente.

La democracia es más frágil de lo que parecería. Se construye lentamente, paso a paso, voto a voto, decisión responsable a decisión responsable. Y se destruye rápidamente, con arrogancia, con humillaciones, con violaciones al reglamento disfrazadas de convicción política.

Espero que quienes lean esto reflexionen. Y espero que quienes están en posiciones de poder escuchen. No desde el rencor, porque el rencor ofusca, sino desde la urgencia de un recordatorio fundamental: en una democracia, nadie es intocable. Ni hoy, cuando ejercen el poder. Ni mañana, cuando lo pierdan. Ni nunca, bajo ninguna circunstancia.

La historia juzga a los políticos no por el poder que ejercieron, sino por cómo lo ejercieron. Hay legisladores que serán recordados por haber fortalecido la democracia desde la humildad. Y hay otros que serán recordados por haberla debilitado desde la arrogancia. Ustedes están eligiendo en cuál de esos bandos quedarán.

Costa Rica no necesita más poder arrogante. Necesita servicio público genuino. Necesita legisladores que recuerden su juramento. Necesita democracia, no dominio. Y eso solo ocurrirá si quienes hoy tienen poder entienden que es temporal, que es responsabilidad y que la sociedad, siempre, cobra lo que se debe.