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Entender las reglas para defender la democracia

Costa Rica suele hablar de democracia como si bastara con votar cada cuatro años. Sin embargo, detrás de una papeleta existe una estructura mucho más compleja: reglas, instituciones, partidos, fórmulas electorales, financiamiento, representación y mecanismos de participación ciudadana.

Comprender esa estructura no debería ser un ejercicio reservado para especialistas. Es una condición básica para ejercer ciudadanía.

Mi tesis es sencilla: una democracia no puede ser plenamente vigilada por una ciudadanía que desconoce cómo funciona.

El sistema electoral costarricense tiene como una de sus piezas fundamentales al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), institución constitucionalmente encargada de organizar, dirigir y vigilar los actos relativos al sufragio. Su papel va mucho más allá de imprimir papeletas: también administra el Registro Electoral, fiscaliza el financiamiento partidario y ejerce jurisdicción electoral.

La independencia del TSE constituye uno de los pilares del modelo costarricense. Ordinariamente, está integrado por tres magistraturas propietarias y seis suplentes. Durante los períodos electorales previstos por la Constitución, se amplía temporalmente a cinco integrantes. En 2026, por ejemplo, el Tribunal volvió a su integración ordinaria de tres magistraturas propietarias a partir del 2 de agosto.

Pero conocer al árbitro no es suficiente. También debemos comprender las reglas del juego.

Un voto no siempre se convierte directamente en un cargo

Una de las mayores dificultades para entender el sistema electoral costarricense está en distinguir entre los diferentes tipos de elección.

La Presidencia utiliza una regla particular: para ganar en primera ronda se requiere superar el 40% de los votos válidamente emitidos. Si ninguna candidatura alcanza ese porcentaje, se realiza una segunda votación entre las dos nóminas con mayor votación.

El escenario cambia cuando elegimos diputaciones, regidurías o concejalías. En esos casos, se utiliza un sistema proporcional basado en cociente, subcociente y cifra residual.

Esto significa que una agrupación puede obtener una cantidad importante de votos y, aun así, no recibir exactamente la representación que muchas personas esperarían al observar solamente el porcentaje obtenido.

Por eso es peligroso reducir una elección a frases como “este partido obtuvo tantos votos y, por lo tanto, debería tener tantos puestos”. La distribución de escaños responde a una fórmula electoral establecida por ley.

La ciudadanía tiene derecho a cuestionar esa fórmula, pero, para hacerlo, primero debe conocerla.

También importa dónde se organiza el voto

Costa Rica tiene provincias, cantones y distritos administrativos. Sin embargo, los distritos electorales cumplen una función específica dentro de la organización de los comicios.

Esta distinción parece técnica, pero tiene consecuencias prácticas. La organización territorial determina cómo se distribuyen las personas electoras y cómo se estructura el proceso de votación.

Algo parecido sucede con los partidos políticos.

Actualmente, el TSE registra 160 partidos inscritos: 38 nacionales, 24 provinciales y 98 cantonales.

La cifra revela una realidad política diferente a la de décadas anteriores: existen más opciones partidarias y, al mismo tiempo, una mayor fragmentación.

Tener más partidos puede ampliar las posibilidades de representación, pero también puede dificultar la construcción de acuerdos y aumentar la dispersión del voto.

La pregunta democrática no debería ser simplemente cuántos partidos existen, sino qué representan, qué proponen y qué capacidad tienen para convertir sus propuestas en políticas públicas.

El dinero también forma parte de la democracia

Otro aspecto que merece mayor atención ciudadana es el financiamiento político.

Costa Rica cuenta con financiamiento público y privado sometido a controles legales. Los partidos deben reportar sus operaciones y justificar los gastos que pretenden cobrar con cargo a la contribución estatal.

Los llamados certificados de cesión —popularmente conocidos como bonos— tampoco representan dinero garantizado por el Estado. El propio TSE explica que constituyen un derecho eventual, cuyo reconocimiento depende de los resultados electorales y de la revisión de los gastos partidarios.

Este punto es importante porque demuestra que la democracia también necesita transparencia financiera.

No basta con saber quién ganó. También interesa saber cómo se financió la competencia electoral, quién aportó recursos y si las reglas fueron respetadas.

La paridad cambió la representación

La democracia también se mide por quiénes tienen acceso a los espacios de decisión.

Las reglas de paridad y alternancia transformaron progresivamente la participación política de las mujeres.

El resultado de las elecciones nacionales de 2026 produjo un hecho histórico: de las 57 diputaciones, 30 corresponden a mujeres y 27 a hombres. Es la primera vez que la Asamblea Legislativa costarricense queda integrada mayoritariamente por mujeres.

El dato merece reconocimiento, pero también análisis.

La representación política no puede medirse únicamente por cuántas mujeres u hombres ocupan una curul. También debemos preguntarnos si las instituciones están escuchando a las personas jóvenes, con discapacidad, adultas mayores, habitantes de zonas rurales, comunidades indígenas, población migrante y otros sectores que forman parte de la sociedad costarricense.

La democracia representativa debe procurar que el Parlamento refleje la diversidad del país, no solamente desde la estadística, sino también desde las decisiones que adopta.

Votar no debería ser el final

Costa Rica también cuenta con mecanismos de participación ciudadana como el referéndum, el plebiscito y el cabildo.

Esto recuerda algo fundamental: la ciudadanía no desaparece después de introducir una papeleta en una urna.

Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de fiscalizar, preguntar, investigar, participar y exigir rendición de cuentas.

Aquí aparece una responsabilidad que con frecuencia olvidamos: la educación democrática.

No podemos exigir decisiones responsables si no estamos dispuestos a informarnos. Tampoco podemos combatir la desinformación compartiendo afirmaciones que no hemos comprobado.

El pensamiento crítico no significa desconfiar de todo. Significa aprender a preguntar: ¿quién lo dice?, ¿con qué evidencia?, ¿cuál es la fuente?, ¿qué establece la ley?, ¿qué dice realmente el resultado electoral?

La democracia necesita ciudadanos que entiendan las reglas

El sistema electoral costarricense no es perfecto. Como cualquier construcción institucional, puede y debe ser discutido, evaluado y reformado cuando existan razones suficientes para hacerlo.

Pero reformar las reglas requiere conocerlas.

La discusión democrática pierde calidad cuando se basa únicamente en consignas, ataques personales o información incompleta. Por el contrario, aumenta su nivel cuando las diferencias se confrontan con argumentos, datos y fuentes verificables.

Las elecciones de 2026 ofrecen una oportunidad para recordar esta responsabilidad.

Costa Rica tiene un TSE independiente, múltiples partidos, mecanismos de participación ciudadana, financiamiento político regulado y un sistema de representación que continúa evolucionando.

Pero ninguna institución puede sustituir a una ciudadanía informada.

Por eso, quizás la pregunta más importante después de cada elección no sea únicamente quién ganó, sino otra mucho más profunda:

¿Entendemos realmente las reglas mediante las cuales decidimos quién nos representa?

Si la respuesta es no, el desafío democrático no termina en las urnas. Apenas comienza.