Hay épocas y épocas de la vida. Yo vengo saliendo de una en la que he escrito y leído muy poco, pero ahora quiero escribir de nuevo para referirme justo al tema de la lectura (y la escritura). Corriendo el riesgo de perderme como una voz más y de las menos fuertes en el barullo de nuestro tiempo, me siento en la necesidad de hablar al respecto como filólogo, editor y, desde luego, como escritor.
¿Cuánto deberían leer quienes se dedican, de una forma u otra, a la literatura? Como en la mayoría de las cosas, si no es que en todas, yo aconsejo el equilibrio, pues veo en esto dos extremos indeseables.
Por un lado, está el más obvio de la falta de lectura. Si uno piensa dedicarse de alguna forma a las letras o si pretende ser un “influencer” que comenta lecturas y, como su apodo lo indica, influencia a otros con sus comentarios, debe leer mucho y leer bien. Como sea, el influencer y el crítico tradicional tienen el mismo fin: recomendar lecturas. Lo que cambian son los medios y las formas. Uno debe leer más y mejor que el resto de la gente; uno debe leer como si fuera un superpoder. Así como el ingeniero, el cirujano, el mecánico, el abogado y el zapatero pueden hacer cosas que el resto de la gente no puede y por las cuales se les paga, nosotros, colegas, debemos poder leer (y escribir) a un nivel inalcanzable para los demás y que justifique lo que cobramos por nuestros servicios o nuestros libros. Y que justifique, además, que recurran a nosotros y no a la IA.
Si vamos a ser estudiosos o autores de literatura, debemos leer mucho y de todo, para tener un mapeo de la historia, el desarrollo, las corrientes y el universo de la literatura; para saber el lugar donde estamos en ese universo. Debemos leer a los clásicos y los que acaban de salir, a los más famosos y a los que nadie conoce, a los que supuestamente son los mejores y a los malos; de todo se aprende. Debemos leer a otros para aprender de ellos, para imitarlos, sí, en alguna medida, pero luego justo para evitar hacer lo mismo que ellos y hacer nuestros propios descubrimientos, como el científico que debe continuar donde quedaron sus colegas, para lo cual debe saber lo que hicieron. En suma, debemos leer para no inventar el agua tibia; para no ser, por ejemplo, como los mozalbetes que nunca faltan, cada año, en una feria del libro, diciendo que son los primeros costarricenses en escribir ciencia ficción. O para no ser como la booktuber que no sabía qué es La Odisea…
De acuerdo: no tenés que saber quiénes son León Fernández Guardia o Daniel Garro para hablar de literatura universal o siquiera de literatura costarricense, pero tal vez sí de la ciencia ficción costarricense. Si vas a pretender que sos un experto en un tema e incluso influenciar a otros con tu opinión, supongo que sería recomendable, digo yo, conocer sobre el tema.
No obstante, ahí está más de uno pretendiendo dedicarse a algo cuya actividad fundamental es la lectura… sin leer. Ahí está más de uno pretendiendo ser escritor a punta de fórmulas, de manuales, de videos de YouTube, de cursos y talleres de escritura (que conste, yo dirijo uno), cada quien con su propia receta de cómo hay que escribir (y sí, sí, yo también tengo la mía), pero sin leer lo que se supone que va a escribir: literatura. Llevando un proceso creativo artificial, quedándose con lo más ordinario y fácil de imitar, sin conocer el vasto universo de posibilidades creativas que están más allá de las fórmulas. No entienden que la IA escribe justo así: a punta de fórmulas. Es como enfrentar a Terminator con armas convencionales.
Por más fórmulas y consejos y tratados y manuales y talleres y cursos y conferencias y pedantes como uno diciendo a otros cómo escribir, hay una sola cosa que han tenido en común los principales artistas de la historia: un sólido hábito de lectura; el cual, por supuesto, viene acompañado de una vasta erudición.
Pero leer mucho no debe dificultarnos leer bien. Ahí está el otro extremo indeseable: esa tendencia, muy de las redes sociales, de leer en forma deportiva, más en función de números con los cuales alardear. Que tantos libros al mes, que tantos al año, que la maratón o el no-sé-qué-en-inglés de chorrocientos libros en veinticuatro horas, todo acompañado de unos bailes que no sé qué tendrán que ver.
Claro, las rajonadas con las cantidades de libros leídos no son nuevas ni exclusivas de los booktubers. Ofrezco la anécdota de cierta figura de la intelectualidad costarricense, cuyo nombre no recuerdo, que afirmaba haber leído cincuenta mil libros en la vida. Durante una tertulia con otros escritores, don Manuel Delgado (el querido escritor y antiguo periodista de Teletica) escuchó semejante dato y exclamó al instante, con su famosa voz de cantante lírico: “¡Mentira, mentira!”. Alguien le refutó que el individuo en cuestión tenía cerca de noventa años y que había vivido dedicado a las letras, por lo que bien podría ser cierto que hubiera leído tanto. Don Manuel insistió en que no. Alguien dijo que noventa años era muuuucho tiempo, a lo que don Manuel replicó, más o menos, que agarráramos cincuenta mil, lo dividiéramos entre la edad del susodicho (suponiendo que leyera desde el vientre materno), después entre la cantidad de días del año y viéramos si era posible leer esa cantidad de libros.
Alexánder Obando, todo un Ironman de la lectura (lo cual se reflejaba en lo que escribía), dijo haber leído unos ochocientos libros desde que empezó a contarlos, dato que nos dio pocos años antes de ir a cruzar el Estigia. Mi tía Liliana, otra de las mejores lectoras que he conocido, tiene cerca de un millar de libros en su colección y los ha leído todos, hasta más de una vez. En mi caso, si me permiten ponerme de ejemplo, mi biblioteca ronda los novecientos títulos, de los cuales creo haber leído la mitad.
Ahora bien, alguien preguntará: ¿y cuál es el problema de leer demasiado? ¿No estás pregonando que hay que leer mucho más? ¿No se supone que leer es dizque bueno, que es como hacer ejercicio? Claro que sí, pero hasta el ejercicio en demasía termina dañando al cuerpo. El problema, como siempre, es un exceso tal que vaya en contra de los beneficios que se pretendía obtener.
Debemos hacer una lectura crítica y detallada. Contextualizar al autor y su obra, leer reseñas y artículos, buscar sus otras obras e incluso acompañarlas con las de autores que se vinculen con él de alguna forma; buscar los nombres y términos que no conocemos, releer fragmentos, capítulos enteros o incluso todo el libro; hacer anotaciones y, por qué no, escribir una reseña o hacer un video; en fin, cada quien con su preferencia.
También debemos conocernos como lectores, discernir cuáles son nuestros mejores momentos para leer. No siempre vamos a estar en la misma disposición ni vamos a tener el mismo tiempo. Desde hace años me ha funcionado, casi siempre, leer quince o veinte minutos después del café de la mañana y el café de la tarde (yo, que soy de las personas sensatas y confiables que toman café). En cambio, hay una extraña nebulosa, entre la hora de salida del trabajo y la hora de la cena, durante la cual, por razones que jamás he entendido, me resulta imposible leer y prefiero dedicar ese cajón a cualquier otra cosa.
Como decía al principio, hay épocas y épocas. Pueden pasar días, semanas, meses, años en que perdemos la conexión con la lectura. Y la escritura. Esto que usted está leyendo y que no tiene mayores complejidades, me ha tomado tanto tiempo escribirlo que hasta me da pena confesarlo. A veces debemos alejarnos de cosas buenas por causa de otras cosas igualmente buenas, con la vista fija en un futuro donde vamos a retomar las primeras. A veces, uno se aleja, pero puede volver mientras haya una candela encendida en la ventana, como en la canción de Creedence. Eso he tenido que aprenderlo y aceptarlo en tiempos recientes, con una mezcla de dolor y gozo que tiempo atrás no hubiera creído posible.
Todo lo anterior, cómo no, va a significar leer menos libros al mes, al año, en la vida, pero cada lectura nos va a dejar un legado más duradero y profundo.
Ahora bien, ¿significa entonces que no urge que el resto de la gente, la que no va a dedicarse a las letras, sea tan buena lectora?
Podría no verse la misma urgencia en desarrollar este superpoder de la lectura (y la escritura) en un albañil, un deportista, un médico, ya que las letras no constituyen el núcleo mismo de sus profesiones; así como no urge que yo domine las habilidades de ellos, que para eso están ellos. No obstante, cuidado: yo, que vengo saliendo de la construcción de una casa, puedo hablarles de los errores, atrasos, imprevistos, pérdidas, gastos adicionales y todo tipo de enredos causados por correos y mensajes de WhatsApp ininteligibles. Ni hablar de cuando se juntan el que escribe mal con el que lee mal. ¿Y no hay leyes y contratos con redacciones ambiguas con las cuales un abogado mañoso puede hacer fiesta? ¿No se caen contratos y proyectos legislativos por mala redacción? ¿No hay litigios que se resuelven por quién logra leer e interpretar mejor un documento y formular sus argumentos? ¿No hay mala praxis en todas las profesiones por leer mal?
Claro que la escritura es un fenómeno tardío en el desarrollo de la especie humana y que nuestra supervivencia no dependió de ella por muchos siglos, pero ya no somos cazadores y recolectores (por más que haya gente que se comporta como tales). El acervo de conocimiento de nuestra civilización existe por escrito, desde la lista de compras del minisúper hasta la literatura universal. Las leyes están por escrito, tanto las humanas como las que se atribuyen a los dioses. ¿No es la Biblia el mayor best-seller de la historia? Aunque la adquisición del conocimiento puede darse hoy de muchas otras formas además de la lectura, las fuentes de ese conocimiento siguen siendo escritas. ¿No tienen la mayoría de las producciones audiovisuales un guion? ¿No traen su manualito los chunches que compramos? Los niveles más desarrollados y profundos del conocimiento solo pueden consignarse por escrito, aunque se transmitan después por otros medios.
Ningún ser humano debería desentenderse de un desarrollo de sus habilidades de lectura y escritura. La lectura no se limita a leer textos sin utilidad práctica solo para entretenerse; la lectura constituye el ejercicio de la actividad intelectual común a todas las ocupaciones. Baste recordar la etimología de “inteligencia”: inter- (“entre”) y legere, que significa “leer”, pero también “separar” o “escoger”. La inteligencia es la capacidad de escoger que diariamente aplicamos todas las personas y trabaja con los mismos mecanismos de cuando leemos y escribimos. Escogemos las palabras, escogemos lo que significan, escogemos lo que vamos a hacer con ellas. Si a alguien no le interesa la literatura universal, muy bien, no está obligado; pero las habilidades de leer y escribir impregnan y operan en la mayoría de las actividades humanas, de una forma u otra.
Entonces, sí, quizá todas las personas deberían tener, aunque sea en distintos grados, el superpoder de la lectura.
Y de la escritura.
