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El problema con James Hetfield de Metallica

El 10 de octubre, en la Sphere de Las Vegas, James Hetfield frenó el concierto de Metallica para agradecerle al público el viaje, el dinero y el tiempo. Después agregó que la banda no estaba ahí, como otros entertainers, para influenciarlos con su charlatanería. La agenda de Metallica, dijo, era el amor, la energía y la música pesada.

El clip dio la vuelta en pocos días. Aparecieron los “ya no soy fan”, las teorías sobre cuándo Metallica se volvió conservadora y Roger Waters dijo en un podcast que Hetfield ni siquiera es músico y que escucharlos tocando instrumentos acústicos fue atroz. Pero ¿a quién le importa lo que diga Roger Waters, una vez más? ¿Qué tiene que ver la habilidad musical con la posición política de alguien? Roger Waters, el mismo que durante décadas ha convertido sus apariciones mediáticas —en concierto o no— en una plataforma política. El mismo del que muchos ya se han quejado antes.

El destinatario implícito era Macklemore, quien, a comienzos de setiembre, abriendo para Ed Sheeran en el MetLife Stadium, cantó “Hind’s Hall”, proyectó imágenes de Gaza y pidió una Palestina libre. Una parte del público lo aplaudió. El Israeli American Council pidió que lo sacaran, varios estadios avisaron que no recibirían el concierto con él en el cartel y el promotor lo sacó de la gira.

Macklemore usó su libertad de expresión y los dueños de los estadios usaron la suya. Él pagó el precio de opinar públicamente y, desde una mirada estoica, eso es coherente. Es parte de hacer uso de nuestra esfera de poder e influencia. Eso sí, lo que a mí me interesa examinar es la expectativa de que todo artista con micrófono tenga que opinar y el castigo para quien no opina como esperábamos.

Expectativa versus realidad

Cuando compro una entrada para ver a Metallica, sé qué estoy comprando. Si una banda o artista tiene una trayectoria política explícita, como Rage Against the Machine, Roger Waters o buena parte del folclore latinoamericano, el discurso viene incluido. Metallica nunca se ha caracterizado por asumir un papel activista. Exigirle un pronunciamiento sobre el conflicto en Gaza revela más sobre quien lo exige que sobre la banda. Queremos que las personas que admiramos confirmen lo que pensamos y, cuando no lo hacen, sentimos una traición que exige castigo, cancelación y juicio.

En contexto, esto es aún peor. Una persona dentro de una multitud, eufórica, con la atención repartida entre la cerveza, las luces y el celular, es más influenciable. Si desde el escenario le hablan de buenos y malos, recibe un mapa del mundo partido en dos. Desde ese momento, quien piensa distinto aparece como una amenaza, el cuerpo responde como si tuviera que pelear o huir y cancelar se vuelve la única respuesta posible.

A Rosalía también le pasó lo mismo, pero producto de lo que no dijo. En julio de 2025, el diseñador Miguel Adrover se negó a vestirla porque, según él, el silencio de alguien con millones de seguidores es complicidad. Ella respondió en Instagram que no haber usado su plataforma como otros esperaban no significaba que no condenara lo que pasa en Palestina y pidió dirigir el señalamiento hacia quienes tienen poder de decisión. Le reprocharon que no escribiera la palabra genocidio. En noviembre, en El País Semanal, la escribió: “Yo condeno el genocidio, es obvio”. Dijo que le dolía que su silencio se interpretara como una toma de partido y criticó el pseudoactivismo de Instagram que impacta lo que dura una publicación en una historia.

En enero, cantó de sorpresa en un concierto benéfico por Palestina en Barcelona. Y eso no fue suficiente. Durante meses, millones de desconocidos decidieron qué creía Rosalía a partir de lo que no publicaba y después la condenaron por las palabras que eligió para hablar. Así armamos las convicciones ajenas: con declaraciones, gestos y silencios que interpretamos desde nuestra trinchera. Cuando nos quejamos de la IA, se nos olvida que, al igual que un mal prompt provoca alucinaciones en la tecnología, las palabras tienen significados ambiguos y los silencios estimulan nuestra mente para alucinar también. Ah, la IA, tecnología creada a imagen y semejanza del ser humano.

En una conversación polarizada, quien calla queda asignado al bando contrario, igual que quien dice algo que no confirma nuestras opiniones. Es un mecanismo primitivo y automático que no aporta nada para cambiar la realidad de la cual nos quejamos.

Cuando falta humildad

Acá tengo que incluirme y confesar algo por mi cuenta. La frase de Hetfield también arma dos bandos: nosotros, la buena energía; ellos, los artistas que vienen a venderte su posición. Dispara el mismo sesgo que le señalé al discurso de Macklemore. Y mi crítica a quienes cancelan a Hetfield viene de mi pobre certeza de, según yo, saber qué debería hacer un artista en su escenario. Saber lo que es correcto y lo que no es peligroso cuando no existe una medida de escepticismo sobre nuestra propia posición.

Por eso desconfío del sentido de justicia cuando llega sin humildad, aunque muchas veces nazca de algo legítimo, porque hay cosas en el mundo que son aterradoras. Cuando la indignación se convierte en una postura rígida, me nubla con un sentido de superioridad desde donde decido quién merece castigo. La verdad es que las personas somos complejas y, cuando pedimos empatía para una causa, también se la debemos a quien piensa distinto. Lo que sea que piense.

Todo el mundo puede decir lo que quiera. Y lo que diga va a tener consecuencias. La regla vale para Macklemore, para Hetfield, para Waters, para Rosalía y para el fan que tira su camiseta de Metallica a la basura porque su héroe no piensa como él.

El origen del problema

Todo este revuelo nace de nuestra necesidad de opinar ante cualquier cosa que atrape nuestra atención. La pregunta que nos serviría hacernos es: ¿dónde pongo mi atención? Porque cada opinión que tengo sobre algo que no controlo me cobra energía y me deja lleno de emociones difíciles de canalizar. Por otro lado, ¿qué pasaría si utilizo esa misma energía en mi metro cuadrado? En cómo le hablo a mi familia, en cómo resuelvo un conflicto con un compañero de trabajo, en lo que acuerdo con mis amigos y en lo que aporto a mi barrio y a mi país.

Sentir no es el problema. La indignación no es el problema. El problema surge cuando, sin darme cuenta, mi energía vital no está dirigida hacia aquello en lo que realmente puedo impactar de forma positiva. Porque el sufrimiento por lo que es ajeno a mí, ese mismo que alimenta conspiraciones, que nos genera picos de cortisol, que provoca ansiedad, desesperanza y, finalmente, polarización, difícilmente nos ayudará a vivir una vida que valga la pena ser vivida. Difícilmente se convertirá en estados empáticos que nos ayuden a construir relaciones poderosas con otros, incluso con aquellos que piensan diferente a nosotros.