Una de las ideas más repetidas en el pensamiento político contemporáneo es que Occidente representa el triunfo del pragmatismo frente a los dogmatismos ideológicos del pasado. Sin embargo, una observación más detenida sugiere exactamente lo contrario: gran parte del llamado “pragmatismo occidental” funciona, en realidad, como una ideología liberal que se presenta a sí misma como neutral y carente de ideología.
El pragmatismo clásico surgió como una filosofía antidogmática. Su principio fundamental consistía en evaluar las ideas según sus consecuencias prácticas y no según su conformidad con algún principio abstracto. Si se toma esta definición en serio, un pragmatismo auténtico debería estar dispuesto a adoptar cualquier herramienta política que produzca resultados favorables para los objetivos perseguidos, independientemente de si dicha herramienta es liberal, conservadora, socialista o nacionalista.
Sin embargo, en las democracias occidentales modernas ocurre con frecuencia algo diferente. Se afirma que las decisiones se toman de manera pragmática, pero existe un conjunto relativamente estable de presupuestos que rara vez son cuestionados: la primacía del mercado, la expansión del individualismo, determinadas concepciones de los derechos y la preferencia por ciertas formas institucionales liberales, aunque muchas veces estas no respondan ya a la realidad social o a las demandas ciudadanas. Cuando una política se ajusta a estos supuestos, suele presentarse como “pragmática”. Cuando los contradice, es frecuente que sea etiquetada como ideológica o radical.
Esta situación genera una paradoja: la ideología más eficaz no siempre es la que se proclama como tal, sino la que consigue presentarse como si no lo fuera. Así, el liberalismo deja de ser una visión particular del mundo para convertirse en el sentido común por defecto, esa especie de verdad revelada según la cual no hay otro camino posible.
El célebre “fin de la historia” parece haber terminado convertido, para algunos, en el fin de la imaginación política: cualquier alternativa al orden establecido se considera una peligrosa desviación ideológica, mientras que defender ese mismo orden recibe el respetable nombre de pragmatismo. De esta manera, el pragmatismo corre el riesgo de convertirse en algo extraordinariamente útil para quienes se benefician del statu quo: una ideología que, después de declararse muerta, sigue gobernando desde las sombras.
El caso chino ofrece un contraste interesante. Aunque el Estado chino se define oficialmente como socialista, su evolución durante las últimas décadas se ha caracterizado por una notable flexibilidad instrumental. El país ha incorporado mecanismos de mercado, promovido la inversión privada y utilizado herramientas comúnmente asociadas al liberalismo económico cuando las ha considerado útiles para el desarrollo nacional. Al mismo tiempo, ha mantenido una fuerte planificación estatal, empresas públicas estratégicas y una concepción política que enfatiza el interés nacional y la cohesión social.
Desde esta perspectiva, China parece actuar con una lógica verdaderamente pragmática. Las políticas no se justifican necesariamente por su compatibilidad con una doctrina económica única, sino por su contribución a objetivos considerados superiores por el Estado: crecimiento, estabilidad, desarrollo tecnológico, competitividad, fortalecimiento nacional y reducción de la pobreza. En unos casos se utilizan medidas de mercado; en otros, intervenciones estatales; y, en otros, políticas de carácter nacionalista o conservador. Lo decisivo no es la pureza ideológica del instrumento, sino su utilidad para alcanzar determinados fines estratégicos.
Esta diferencia permite formular una crítica más profunda al concepto contemporáneo de pragmatismo. El verdadero pragmatismo no puede consistir simplemente en reaccionar a las circunstancias o adoptar aquello que resulta conveniente en el corto plazo. Sin una dirección estratégica clara, el pragmatismo degenera en oportunismo. Y cuando ese oportunismo se ejerce dentro de un único marco cultural e ideológico, termina funcionando como una forma encubierta de ideología.
La paradoja se vuelve aún más evidente cuando invertimos la pregunta: si China, un Estado que se define como socialista, fue capaz de introducir mecanismos de mercado en su sistema económico al considerar que estos podían contribuir al desarrollo nacional, ¿por qué muchos países occidentales, que reivindican el pragmatismo como una de las principales virtudes de sus sistemas políticos, muestran tantas resistencias a incorporar medidas de orientación socialista o de otro tipo en aquellos ámbitos donde podrían fortalecer el bienestar colectivo?
China comprendió que la utilidad de un instrumento económico no depende de su procedencia ideológica, sino de su capacidad para contribuir a los objetivos estratégicos del país. Para el Partido Comunista chino, el mercado dejó de ser un elemento incompatible con el socialismo y pasó a ser una herramienta susceptible de regulación, orientación y aprovechamiento por parte del Estado. ¿Por qué, entonces, resulta tan difícil aplicar una lógica semejante en Occidente?
¿Por qué la intervención estatal, la planificación económica, la protección social, la redistribución de la riqueza o la participación pública en sectores estratégicos suelen despertar sospechas ideológicas, incluso cuando existen argumentos económicos y sociales para defenderlas? Si el criterio fundamental debe ser la eficacia, ninguna de estas herramientas debería descartarse de antemano por su asociación con el socialismo, del mismo modo que China no descartó el mercado por su asociación con el capitalismo.
Si el pragmatismo significa utilizar todos los instrumentos disponibles para alcanzar objetivos colectivos definidos estratégicamente, entonces la experiencia china podría considerarse, al menos desde este punto de vista, una expresión más coherente del pragmatismo que la practicada habitualmente por las democracias liberales de Occidente.
La cuestión central no es si una medida es liberal, nacionalista, socialista o conservadora. La cuestión es si contribuye de forma eficaz a un proyecto político definido. Un pragmatismo sin fines es mera adaptación circunstancial. Un pragmatismo subordinado a una sola ideología deja de ser pragmatismo. El desafío consiste en combinar flexibilidad táctica con claridad estratégica, utilizando cada herramienta según su utilidad y no según la etiqueta doctrinal que lleve asociada.
