Liberación Nacional es un partido en declive que no deja de tomar decisiones inoportunas. A las posturas de Álvaro Ramos —con sus tintes autoritarios, sus desplantes en el seno del partido y su escasa prudencia al referirse a los diputados actuales— se suman decisiones contradictorias sobre temas centrales, en los que algunos costarricenses hemos depositado una confianza que nunca termina de consolidarse y que suele acabar, como decimos los ticos, en un “alegrón de burro”.
No sé si la llamada Ley de Armonización Eléctrica es buena o mala. Lo que sí sé, ateniéndome a los hechos, es que Liberación Nacional rechazó de forma contundente y sin aparentes dudas el proyecto impulsado por el partido de gobierno. Esta semana, sin embargo, nos enteramos de negociaciones con Pueblo Soberano para alcanzar un acuerdo sobre aquello que antes habían rechazado. Para quienes hemos seguido de cerca a este “renovado” Liberación Nacional, la noticia cayó como un balde de agua fría.
El problema no es el contenido del proyecto. Es el giro abrupto de una agrupación que cambia de posición como quien cambia de camisa, que negocia a puerta cerrada y que, mientras tanto, publica en redes sociales mensajes que no son ni chicha ni limonada. Cuesta entender esa conducta en un partido que ha visto reducidas sus curules, sus alcaldías y su peso político nacional. Cuando más necesita recuperar la credibilidad, más la erosiona.
Porque lo que está en juego no es una ley, sino la confianza. Si hoy Liberación cambia de opinión sobre un proyecto eléctrico sin dar explicaciones, ¿qué garantía tenemos de que mañana no lo hará sobre la limitación de los derechos humanos, la independencia del Poder Judicial, la elección de magistradas y magistrados o los recortes sociales indiscriminados? Un partido de oposición vale por la firmeza de sus convicciones, y la ciudadanía tiene derecho a saber, con claridad, qué defiende y por qué.
En tiempos tan convulsos como los que vivimos, con la democracia bajo presión, la indecisión no beneficia a nadie. Se necesitan coherencia, transparencia y temple. Para Liberación Nacional, ya no se trata solo de ganar o perder votaciones: su propia existencia depende de que empiece a tomarse las cosas en serio. Es hora de que lo entiendan; ya están grandes.
