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El costo invisible de liderar: burnout y bienestar en las mujeres

Hay temas de los que pocas veces nos atrevemos a hablar abiertamente. Uno de ellos es la presión que enfrentamos muchas mujeres que ocupamos puestos gerenciales, de liderazgo o de elección popular: esa sensación de que debemos ser productivas todo el tiempo y demostrar constantemente que somos capaces de estar a la altura de las responsabilidades asumidas.

Durante años hemos hablado de igualdad y equidad y reconocido las luchas de muchas mujeres que abrieron caminos y conquistaron derechos que parecían inalcanzables. Gracias a esos avances, muchas hemos podido ocupar espacios de liderazgo mediante nuestra preparación, experiencia, trabajo y capacidad. Pero llegar hasta aquí también ha tenido un costo. No lo digo desde la victimización, sino desde una realidad que merece ser reconocida.

Para muchas mujeres, liderar no significa únicamente cumplir con las responsabilidades de una empresa, institución u organización. A ellas se suman otros roles histórica y socialmente asignados: ser madres, esposas, hijas, cuidadoras y, en muchos casos, responsables de gran parte de las tareas del hogar.

En Costa Rica, la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2022 del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) estimó una carga global de trabajo —remunerado y doméstico no remunerado— de 71 horas y 27 minutos semanales para las mujeres y 67 horas para los hombres. Son aproximadamente cuatro horas y media adicionales por semana. Llegar a una gerencia o asumir responsabilidades institucionales no hace desaparecer las tareas familiares, domésticas y de cuidado.

Cuando seguir funcionando no significa estar bien

A esta realidad se suman las exigencias del liderazgo: tomar decisiones, resolver problemas, gestionar personas, innovar, alcanzar objetivos y proyectar seguridad. ¿Qué ocurre cuando el cuerpo y la mente comienzan a decirnos que algo no está bien? Aparece entonces el burnout, un agotamiento que no siempre es visible porque, aun cansadas, seguimos funcionando. Desde afuera, probablemente todo parece estar bien.

La Organización Mundial de la Salud incluye el burnout en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) como un fenómeno ocupacional, no como una enfermedad, relacionado con el estrés crónico en el trabajo que no se ha gestionado adecuadamente. Se caracteriza por agotamiento, mayor distancia mental o negativismo respecto del trabajo y reducción de la eficacia profesional.

En Costa Rica, el Consejo de Salud Ocupacional advierte que factores de riesgo psicosocial como la sobrecarga de trabajo, los plazos muy cortos, la falta de apoyo social, la carga mental y los ritmos intensos pueden afectar tanto a las personas como a las organizaciones. Esto evita reducir el burnout a una supuesta incapacidad individual para manejar el estrés: el bienestar también depende de cómo se organiza el trabajo.

No contamos con datos nacionales para afirmar que todas las mujeres líderes experimentan burnout ni para establecer una prevalencia específica entre ellas. Sin embargo, la evidencia sobre desigualdad en el uso del tiempo y riesgos psicosociales permite comprender mejor el contexto en el que muchas ejercen sus responsabilidades.

El problema trasciende nuestras fronteras. La Organización Internacional del Trabajo informó que, en 2023, 708 millones de mujeres estaban fuera de la fuerza laboral debido a responsabilidades de cuidado no remuneradas, frente a 40 millones de hombres. La distribución desigual de los cuidados sigue creando barreras para la participación, permanencia y progreso de las mujeres en el trabajo.

¿Trabajo para vivir o vivo para trabajar?

Quizá esta pregunta aparece cuando comprendemos que ha llegado el momento de bajar el ritmo, darnos un descanso y encontrar una manera más saludable de continuar disfrutando aquello que hacemos. A veces sentimos culpa al descansar o seguimos trabajando incluso cuando percibimos que nuestra salud, nuestras relaciones y nuestro bienestar se resienten.

Vale la pena preguntarnos: ¿estoy cuidando mi salud física y mental? ¿Dedico tiempo de calidad a mi familia y a las personas que amo? ¿Disfruto realmente mis logros o ya estoy pensando en la siguiente meta? ¿Tengo espacios para aquello que disfruto? ¿Cuál es el legado que deseo dejar? No se trata de alcanzar la perfección ni de agregar nuevas exigencias, sino de construir una vida más equilibrada y sostenible.

El bienestar también es una responsabilidad organizacional

Aquí está, a mi juicio, uno de los cambios que necesitamos impulsar: dejar de tratar el bienestar como una responsabilidad exclusivamente individual. El autocuidado es necesario, pero no puede convertirse en la única respuesta frente a jornadas excesivas, disponibilidad permanente, falta de desconexión o cargas de trabajo poco sostenibles.

Las organizaciones pueden actuar revisando cargas y horarios, fortaleciendo el apoyo de las jefaturas, respetando los espacios de recuperación y promoviendo políticas reales de conciliación entre la vida laboral, familiar y personal. A ello debe sumarse una corresponsabilidad más equitativa de los cuidados en los hogares y en la sociedad.

Para las mujeres que lideran, estas medidas adquieren especial significado cuando las responsabilidades profesionales conviven con una carga doméstica y de cuidados todavía desigual. Promover bienestar no significa reducir las exigencias profesionales ni cuestionar nuestra capacidad para liderar. Significa procurar que el liderazgo pueda ejercerse en condiciones sostenibles.

Descansar también es parte del éxito

Descansar, disminuir el ritmo y dedicar tiempo a nosotras mismas no debería hacernos sentir culpables. Tampoco deberíamos esperar hasta el retiro para viajar, compartir con quienes amamos, emprender un proyecto personal o cumplir sueños que durante años hemos pospuesto. La vida ocurre mientras trabajamos y perseguimos el siguiente objetivo.

Las mujeres tenemos razones para sentirnos orgullosas de los espacios conquistados y del camino recorrido. Pero quizá uno de nuestros próximos desafíos sea comprender que nuestro valor no depende únicamente de cuánto producimos, cuánto resistimos o cuántas responsabilidades podemos asumir simultáneamente.

Después de tantos años luchando por conquistar espacios, tal vez también sea tiempo de conquistar nuestro propio tiempo. Alcanzar nuestras metas es importante, pero también lo es tener tiempo para disfrutarlas. El éxito no debería consistir únicamente en llegar lejos, sino en llegar bien y poder disfrutar el camino recorrido.