Hay películas que entretienen, otras que conmueven y unas pocas que nos obligan a mirar con mayor atención el mundo en que vivimos. Orwell: 2+2=5, el documental de Raoul Peck sobre George Orwell, pertenece a esta última categoría. Es una película fundamental, no porque Orwell haya profetizado nuestro presente, sino porque comprendió mecanismos del poder que no nacieron en el siglo XXI y que probablemente tampoco desaparecerán con él.
Orwell conoció de cerca el imperialismo, la guerra, el fascismo y el estalinismo. De esas experiencias surgieron obras extraordinarias como Rebelión en la granja y 1984. El documental de Peck, estrenado en 2025 y construido a partir de escritos, diarios, imágenes de archivo y acontecimientos contemporáneos, recupera esas ideas y las enfrenta con nuestro tiempo. La voz de Damian Lewis lee textos de Orwell mientras pasado y presente parecen dialogar entre sí.
La ecuación imposible que le da título proviene del universo de 1984. El poder alcanza su expresión más extrema cuando consigue que una persona niegue incluso aquello que puede comprobar por sí misma. Dos más dos deja de ser cuatro si quien manda tiene suficiente capacidad para imponer que es cinco.
Sería un error concluir que vivimos exactamente en el mundo imaginado por Orwell. Los totalitarismos no son una invención contemporánea. La historia humana está llena de persecuciones, censura, propaganda y violencia. Lo verdaderamente inquietante de la película es comprobar que los mecanismos mediante los cuales se intenta dominar la percepción de la realidad pueden adoptar formas nuevas.
No siempre hace falta un ejército. Tampoco una policía del pensamiento. El poder también puede ejercerse mediante la concentración de los medios de comunicación, la repetición de determinados discursos, la publicidad, los algoritmos de las redes sociales o la promesa permanente del consumo. Precisamente, una de las apuestas de Peck consiste en relacionar los mecanismos descritos por Orwell con la propaganda y la desinformación contemporáneas. Algunos críticos han considerado excesiva o demasiado explícita esa conexión; otros han destacado la urgencia con que la película consigue traer las ideas de Orwell al presente.
En cualquier caso, hay algo profundamente orwelliano en renunciar voluntariamente a contrastar la información. Cuando dejamos de preguntarnos quién dice algo, con qué pruebas, qué intereses existen detrás de un mensaje o qué otras versiones de los hechos están disponibles, entregamos una parte de nuestra libertad.
Pero hay otra idea de la película que resulta más importante: al poder no solo le conviene una ciudadanía desinformada; también puede beneficiarle una ciudadanía fragmentada.
Los seres humanos aislados tienen menos capacidad de defender sus intereses que los seres humanos organizados. Por eso siguen siendo importantes los sindicatos, los partidos políticos, los colegios profesionales, las asociaciones comunales y todas aquellas organizaciones mediante las cuales las personas pueden transformar problemas individuales en demandas colectivas. Esto no significa que tales organizaciones sean infalibles ni que estén exentas de crítica. Significa algo mucho más sencillo: que la democracia necesita espacios donde las personas puedan deliberar, organizarse y actuar conjuntamente.
Aquí la reflexión de Orwell se encuentra con autores contemporáneos como Owen Jones. En Chavs: la demonización de la clase obrera, Jones estudia cómo sectores de la clase trabajadora británica llegaron a ser representados como ignorantes, irresponsables o culpables de su propia situación. Su tesis es que esos estereotipos permiten desplazar la conversación desde problemas económicos y sociales hacia supuestas deficiencias individuales y contribuyen a justificar la desigualdad.
Es difícil no relacionarlo con el discurso de la meritocracia. La afirmación de que cualquiera puede alcanzar cualquier cosa con suficiente esfuerzo contiene una parte seductora de verdad: el esfuerzo importa. Lo engañoso aparece cuando convertimos esa verdad parcial en una explicación completa de la sociedad. No todos comenzamos la carrera desde la misma línea de salida. La educación recibida, el patrimonio familiar, el lugar donde nacemos, las redes de apoyo y las oportunidades disponibles condicionan nuestras posibilidades.
Cuando ignoramos esas diferencias, ocurre algo políticamente muy conveniente: dejamos de preguntarnos por las estructuras y comenzamos a responsabilizarnos unos a otros. Quien prospera piensa que todo se debe exclusivamente a sus méritos; quien queda atrás debe concluir que no se esforzó lo suficiente. Así, trabajadores que comparten muchos intereses terminan compitiendo entre sí por oportunidades cada vez más escasas, mientras las desigualdades estructurales desaparecen de la conversación.
Mark Fisher llevó esta crítica todavía más lejos en Realismo capitalista. Fisher analizó cómo el capitalismo contemporáneo ha conseguido presentarse no simplemente como un sistema económico, sino como el único horizonte imaginable. También habló de la “privatización del estrés”: problemas vinculados con las condiciones laborales y sociales terminan experimentándose como fracasos exclusivamente personales. En una entrevista llegó a resumir esa lógica de manera particularmente clara: si alguien está deprimido por exceso de trabajo, el problema termina reducido a esa persona y a su cerebro, no a las condiciones que producen el agotamiento.
Quizá allí se encuentre una de las conexiones más fértiles entre Fisher y Orwell. El poder es más eficaz cuando consigue que dejemos de imaginar alternativas. Si creemos que el mundo necesariamente debe funcionar como funciona, cuestionarlo empieza a parecernos ingenuo, inútil o incluso absurdo.
Por eso, Orwell: 2+2=5 resulta tan incómoda y necesaria. No nos invita solamente a desconfiar de gobiernos autoritarios. Nos invita a preguntarnos cómo construimos aquello que llamamos realidad, quién controla los relatos que consumimos y qué ocurre cuando renunciamos al esfuerzo de contrastarlos.
Orwell no nos dejó un manual para interpretar el siglo XXI. Nos dejó algo mejor: una invitación permanente a desconfiar de quienes pretenden decidir por nosotros qué debemos considerar verdadero.
Leer, informarse, contrastar fuentes y discutir siguen siendo actos profundamente democráticos. También lo es organizarnos. Frente a una cultura que nos invita constantemente a pensarnos como consumidores individuales que compiten unos contra otros, recuperar la idea de comunidad puede ser una forma de resistencia.
Tal vez esa sea la reflexión que más me quedó después de ver la película. Los poderosos siempre tendrán más dinero, más capacidad de difusión y mayores instrumentos para hacer escuchar su versión del mundo. Pero existe algo que ninguna concentración de poder debería arrebatarnos: la capacidad de pensar, de cuestionar y de encontrarnos con otros.
Porque el día en que aceptemos que dos más dos son cinco simplemente porque alguien con suficiente poder lo repite muchas veces, el problema ya no será solamente que nos hayan mentido. Será que habremos renunciado a comprobar la suma.
