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Citar a Charles-Louis de Secondat, barón de La Brède y de Montesquieu

La libertad es el fin; la separación de poderes, una garantía institucional; y la moderación, una condición esencial para el ejercicio legítimo del poder.

Un gobierno no deja de ser potencialmente despótico por haber llegado democráticamente al poder. El riesgo del despotismo aparece cuando quien gobierna considera que su legitimidad electoral lo autoriza a desconocer, debilitar o intimidar a las demás instituciones del Estado.

En Costa Rica, hay quienes citan a Montesquieu o simplemente repiten interpretaciones acomodadas de su pensamiento, pretendiendo validar planteamientos que poco tienen que ver con las ideas originales del ilustre pensador francés.

Montesquieu no creía que la libertad estuviera garantizada por la bondad personal del gobernante. ¡De ninguno de ellos! Consideraba necesario construir instituciones que limitaran su autoridad, independientemente de sus intenciones.

Para el filósofo, el principal peligro de la política no radicaba necesariamente en quién ejercía el poder, sino en que ese poder careciera de límites efectivos. Comprendía que ninguna autoridad, por legítimo que fuera su origen, debía encontrarse por encima de los mecanismos establecidos para contener sus eventuales abusos.

De especial interés en estos días resulta recordar que, conforme a los principios de su pensamiento, Montesquieu planteaba que la independencia del Poder Judicial no constituye un privilegio de los jueces, sino una garantía indispensable de los justiciables.

Desde luego, esa independencia no convierte a los jueces en autoridades inmunes a la crítica. Sus resoluciones pueden cuestionarse y sus actuaciones someterse al escrutinio público. Pero una cosa es cuestionar el ejercicio de una función y otra muy distinta pretender debilitar la independencia de quienes tienen la responsabilidad de ejercerla.

Precisamente ahí reside una distinción que algunos parecen pasar por alto: la separación de poderes no se establece para proteger al gobernante de los demás poderes, sino para proteger a los ciudadanos frente a los posibles excesos de cualquiera de ellos.

Desconocer esta diferencia y, al mismo tiempo, invocar a Montesquieu para justificar la confrontación con las instituciones encargadas de limitar el poder difícilmente puede presentarse como una defensa de su pensamiento. Por el contrario, plantea una contradicción con los principios que el filósofo ilustrado del siglo XVIII contribuyó a establecer.

Ahora bien, ¿puede quien reivindica la separación de poderes invocar legítimamente a Montesquieu mientras presenta a quienes ejercen el control judicial como adversarios de su proyecto de gobierno?

Puede hacerlo, desde luego. Pero invocar a Montesquieu mientras se descalifica a quienes están llamados a limitar el poder encierra una contradicción difícil de disimular. El filósofo francés no escribió para complacer a los gobernantes, sino para advertir sobre sus excesos. Ni para dar lustre a una inauguración deslucida.

Porque citar a Montesquieu es relativamente sencillo. Lo verdaderamente difícil, para algunos, parece ser aceptar que el poder también tiene límites.