Hace unas semanas, una estudiante me dijo algo que todavía me da vueltas: “Profe, si pierdo este examen, se me acaba todo”.
No era la primera vez que escuchaba una frase así y sospecho que tampoco será la última. Lo curioso es que, cuando finalmente pierden el examen, la mayoría de los estudiantes no se derrumba como había anticipado. Se enoja, se frustra y, después de unos días, empieza a prepararse para la reposición. La vida continúa.
¿Por qué imaginamos que un tropiezo será devastador y, cuando ocurre, descubrimos que podemos seguir adelante?
El psicólogo Daniel Gilbert, de la Universidad de Harvard, ha estudiado cómo las personas anticipamos nuestras emociones y cómo, con frecuencia, nos equivocamos al predecir cuánto nos afectarán los acontecimientos. En su libro Stumbling on Happiness, explica que tendemos a sobreestimar el impacto emocional de lo que creemos que nos hará felices o infelices.
Esta capacidad de adaptación también se relaciona con lo que se conoce como sistema inmunológico psicológico, en el que mecanismos mentales nos ayudan a reinterpretar las experiencias adversas y recuperar el equilibrio emocional.
El problema es que, antes de vivir una experiencia, solemos subestimar nuestra capacidad para afrontarla. Y esa anticipación puede convertirse en una fuente de ansiedad tan importante como el acontecimiento mismo.
El estudiante que no duerme antes de un examen no sufre por una nota que todavía no existe. Sufre por la versión imaginada de sí mismo después de obtenerla: decepcionado, incapaz o convencido de haber arruinado su futuro.
La trampa de proteger demasiado
Ante esta realidad, el sistema educativo enfrenta la disyuntiva de cómo acompañar la ansiedad estudiantil sin convertir la protección en un obstáculo para el aprendizaje.
Con la mejor de las intenciones, podemos caer en la tentación de eliminar toda fricción: suavizar cada evaluación, evitar cualquier consecuencia y procurar que ningún estudiante experimente la incomodidad de equivocarse.
Pero acompañar no significa blindar. Tampoco se trata de defender la dureza por la dureza ni de normalizar prácticas que humillen, castiguen o desmotiven. Se trata de entender que equivocarse puede ser una experiencia formativa, siempre que exista un entorno seguro para aprender de ello.
La psicóloga Carol Dweck, reconocida por sus investigaciones sobre la mentalidad de crecimiento, ha mostrado la importancia de comprender las capacidades como algo que puede desarrollarse mediante el aprendizaje, el esfuerzo y las estrategias adecuadas. Desde esta perspectiva, un error no define a una persona; todo lo contrario, ofrece información sobre lo que necesita mejorar.
Por eso, las evaluaciones formativas, la retroalimentación adecuada y las oportunidades de corregir el rumbo son herramientas fundamentales. No eliminan el error; permiten aprovecharlo.
El fracaso deja de ser una sentencia y se convierte en información para ajustar las estrategias de aprendizaje.
Lo que podemos hacer en el aula
Hay tres acciones concretas que pueden marcar la diferencia.
La primera es ayudar a los estudiantes a reconocer sus pronósticos emocionales exagerados. Explicarles que, en ocasiones, imaginan consecuencias más graves de las que realmente experimentarán les permite tomar distancia de su ansiedad. No se trata de minimizar sus temores, sino de enseñarles a cuestionarlos.
La segunda es mostrarles cómo se afrontan los errores. Cuando un docente reconoce una equivocación y explica qué hizo para corregirla, transmite una lección que difícilmente se aprende con un discurso motivacional.
La tercera es ofrecer oportunidades para experimentar las consecuencias sin convertirlas en castigos. Perder un examen puede ser una ocasión para revisar hábitos de estudio, identificar dificultades y buscar nuevas estrategias. Para que eso ocurra, el estudiante necesita acompañamiento, expectativas claras y posibilidades reales de mejorar.
La lección también empieza en casa
Las familias enfrentan el mismo desafío. Cuando un hijo olvida una tarea, por ejemplo, la reacción inmediata puede ser llevársela al centro educativo para evitarle una consecuencia.
Sin embargo, si la situación no compromete su seguridad ni su bienestar, permitirle afrontar ese olvido puede enseñarle responsabilidad. La incomodidad será pequeña, pero la experiencia puede resultar valiosa.
También importa validar las emociones sin resolver automáticamente el problema. Decir “entiendo que te sintás mal y confío en que vas a encontrar la manera de resolverlo” transmite comprensión y, al mismo tiempo, confianza en sus capacidades.
Finalmente, compartir nuestros propios tropiezos y explicar cómo los superamos ayuda a los hijos a comprender que los adultos también se equivocan y que la vida no exige perfección para seguir adelante.
Ni la escuela ni la familia pueden evitar todas las frustraciones. Su responsabilidad es preparar a niños y jóvenes para afrontarlas con herramientas, criterio y confianza.
Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos ni en proteger a los estudiantes de cualquier experiencia desagradable. También significa ayudarles a descubrir que son capaces de recuperarse, aprender y volver a intentarlo.
A veces, el mejor aprendizaje no ocurre cuando evitamos que alguien se equivoque, sino cuando le damos las herramientas para comprender su error y la oportunidad de superarlo.
Porque algunos errores no se deberían corregir de inmediato. Primero hay que permitir que nos enseñen algo.
