Estas últimas dos semanas no ha habido columna, como es usual, porque he estado de viaje por Europa con mi familia, intentando desconectarme del apabullante trabajo que he tenido durante los últimos tres meses. Y más que deseado, era un desconecte necesario, de esos que dibujan distancia entre las decisiones importantes antes de ser tomadas.
Dice la Patriótica Costarricense que «yo no envidio los goces de Europa» y me di a la tarea de investigar si, como tico, se puede deliberar con el Atlántico de por medio sobre ese verso y, pues, he logrado encontrar que sí; que definitivamente existen muchos elementos que nos hacen ser muy diferentes, siendo la más obvia la calidez de nuestra gente. El que es tico descubre lo que es el calor, en el más remoto de los destinos, cuando se encuentra con un compatriota. Sazón que le falta a algunas culturas o nacionalidades que, en aras de no dividir, me abstendré de mencionar.
Aunado a eso, la paz con la que vivimos. Yo no recuerdo haber visto en buses o trenes de Costa Rica mensajes de «seamos vigilantes» o «reporte inmediatamente una maleta abandonada». Mensajes que ya traen un bagaje histórico y emocional que no hemos experimentado en nuestro país. Y solo como recordatorio, la paz con la que aún vivimos pende de un hilo y eso sí es responsabilidad nuestra cuidarla. Cada día son más los tropiezos ejecutivos que rayan en lo risible.
Dos semanas fueron suficientes para entender que, quizás, no apreciamos suficiente lo que tenemos en casa. Digo esto con la mayor objetividad que puedo en este momento, haciendo la salvedad de que, no incluyo en mi comentario ni a las presas eternas, ni mucho menos a ciertas instituciones que, vorazmente, desprestigian el arte nacional. La primera vez que vine por este lado del mundo no le di mucha cabeza a estos pensamientos, pero ahora que volví pude ver y analizar diferente, y eso amigos y amigas es satisfactorio.
Termino esta columna en el AVE con destino a Madrid, mientras interiorizo lo que he vivido en Barcelona participando en una feria literaria con los paisajes españoles como cortina, al tiempo que reflexiono cuál será mi aporte en el futuro para que Costa Rica siga siendo un país reconocido y envidiado en el mundo. Porque al final de cuentas, lo que me hizo viajar 8.500 km fue justamente la literatura, y, por ende, la culpa es del arte.
