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Sentimiento oceánico

Alguna vez leí que el mundo que habitamos se parece a un arrecife. Es decir, desde la superficie todo parece hermoso, pero basta con bajar la mirada unos metros para descubrir que, detrás de esa belleza, habita un reino de sombras donde existen criaturas casi monstruosas.

Prácticamente transitamos por la vida entre cosas hermosas, confiados en la claridad, pero cohabitamos simultáneamente con lo más complejo y oscuro de la condición humana.

Comencé a indagar sobre esta paradoja y encontré el concepto del «sentimiento oceánico» —sentiment océanique—, desarrollado por el escritor francés Romain Rolland.

Rolland lo utilizó para nombrar ciertos estados de intensidad profunda en los que la conciencia de uno mismo parece diluirse; esos instantes en los que el «yo» deja de tener fronteras y experimenta una especie de unión con el Todo. La conciencia parece abrirse a otros límites frente a aquello que está afuera.

Quizá esta sea una manera de asomarnos al otro lado del arrecife y sentirnos como una gota diminuta, pero sin posibilidad de separarnos del océano. Allí, lo hermoso y lo no tan hermoso no son contrarios, sino dos corrientes de un mismo océano.

Este concepto puede hacernos pensar que vivir quizá consista en aprender a mirar la belleza sin olvidar el abismo que la acompaña. Lo que está más allá de la superficie del arrecife.

Es aquí donde la ciencia abre una pregunta fascinante a través de diversos estudios sobre el cerebro humano que exploran nuestra capacidad para concebir agentes sobrenaturales. Esto no significa que la neurociencia pueda demostrar la existencia de un ser superior, pero sí nos muestra algo hermoso: nuestro cerebro parece estar extraordinariamente dispuesto a imaginar aquello que está más allá de nosotros.

Tal vez por eso nunca hemos dejado de buscar y mirar al cielo.

Miramos hacia lo alto porque sospechamos que no fuimos hechos solamente para habitar el mundo y sentirnos como simples seres aislados, sino también para preguntarnos qué hay detrás del vasto universo.