¿Puede hablarse de Dios y de paz en la misma conversación? Para algunas personas, la respuesta es no.
Los ateos y críticos de la religión llevan siglos planteando una pregunta que el cristianismo no debería esquivar: si Dios es todopoderoso, omnisciente y perfectamente bueno, ¿por qué existe tanto sufrimiento?
La filosofía contemporánea ha convertido esta pregunta en uno de los argumentos más importantes contra la existencia de Dios: el problema del mal. La Stanford Encyclopedia of Philosophy explica que el argumento parte de una aparente contradicción: si Dios puede eliminar el mal, sabe que existe y es perfectamente bueno, ¿por qué permite que continúe? Pero quienes cuestionan a Dios tienen otros argumentos.
También pueden preguntarnos: ¿cómo creer en un Dios de amor cuando la propia Biblia contiene relatos de destrucción masiva? Y aquí comienza una parte incómoda de la conversación.
En Génesis encontramos uno de los pasajes más difíciles. El texto dice que Dios vio la maldad de la humanidad, se arrepintió de haber creado al ser humano y decidió eliminar de la tierra a personas, animales, aves y demás criaturas. No es una interpretación inventada por los ateos. Está en la Biblia.
Después viene el diluvio. La pregunta entonces resulta inevitable: ¿por qué un Dios que creó la humanidad decidiría destruirla?
Y, si esto fuera poco, aparecen otros episodios todavía más difíciles.
En el Éxodo, las plagas de Egipto culminan con la muerte de los primogénitos egipcios. El propio relato bíblico presenta esta tragedia como la última de las plagas antes de la liberación de Israel.
En Josué encontramos otro pasaje que resulta particularmente difícil para cualquier lector moderno: después de la caída de Jericó, el texto afirma que fueron destruidos hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, además de los animales.
Y existe incluso un episodio en el que unos muchachos se burlan del profeta Eliseo y, después de que este los maldice en nombre del Señor, aparecen dos osas que atacan a 42 de ellos.
Ante estos textos, un crítico de la fe podría preguntar:
¿Es este el Dios de paz? La pregunta es legítima.
Incluso personas que no creen en Dios han construido argumentos filosóficos alrededor de estas contradicciones aparentes. Bertrand Russell, por ejemplo, cuestionó la religión y sostuvo que el miedo desempeñaba un papel importante en la formación de determinadas creencias religiosas.
Christopher Hitchens fue todavía más crítico. En God Is Not Great presentó un alegato contra la religión organizada y sostuvo que esta podía asociarse con violencia, intolerancia, tribalismo y hostilidad hacia la libertad de pensamiento.
Y el argumento filosófico no desaparece simplemente porque alguien tenga fe. Ese es precisamente el reto.
¿Cómo puede un cristiano mirar estos textos y seguir creyendo? Mi respuesta no pretende ser una demostración científica. Es una respuesta de fe.
No niego el problema del mal. No niego la existencia de pasajes bíblicos difíciles. Tampoco considero que un cristiano deba esconderlos para defender sus creencias.
Por el contrario, creo que debemos leerlos, estudiarlos, discutirlos y reconocer que existen preguntas para las cuales no tenemos respuestas sencillas. Pero también creo que la historia bíblica no termina en el diluvio.
El cristianismo que yo profeso encuentra su centro en Jesucristo: en el perdón, el amor al prójimo, la reconciliación y la esperanza.
Y es precisamente aquí donde el 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz, adquiere para mí un significado especial. La Organización de las Naciones Unidas estableció esta fecha como una jornada dedicada a fortalecer los ideales de paz y, desde 2001, como un día anual de no violencia y alto al fuego.
Pero para mí la paz no significa que no existan tormentas. Significa tener dónde refugiarse cuando llegan. Soy cristiano y no me arrepiento de serlo.
No porque tenga respuesta para cada tragedia. No porque pueda explicar cada página difícil de la Biblia. Y tampoco porque piense que quienes no creen en Dios sean ignorantes.
Soy cristiano porque, después de hacerme estas preguntas, sigo encontrando en Dios una paz que no encuentro en ningún otro lugar. Una paz que he necesitado especialmente cuando he tenido que despedir a personas que amo.
El 21 de septiembre también me hace recordar a mi abuelo, quien fue el primer gerente general costarricense de Faro del Caribe, la primera radioemisora evangélica tica. Recuerdo con cariño a su esposa, Carmen; a su hermana Claudina Mora Cascante; a la hermana de mi abuelo, Estela; a su hermano Paco y a tantas otras personas que se nos adelantaron.
Ya no puedo conversar con ellos. Ya no puedo abrazarlos. Pero mi fe me permite mantener una esperanza: creer que ellos están en la presencia de Dios y que algún día, cuando llegue mi momento, podré volver a encontrarlos.
Quizá, para alguien que no cree, esto sea solamente una ilusión. Lo comprendo. Pero para mí es una esperanza profundamente real.
Y por eso, cuando pienso en Dios, no puedo hacerlo únicamente desde las páginas más difíciles de la Biblia. También debo hacerlo desde todo aquello que mi fe ha significado en mi vida.
He visto preguntas.
He visto contradicciones que me cuesta comprender.
He leído historias de destrucción, sufrimiento y muerte.
Pero también he encontrado amor, perdón, esperanza y consuelo.
Por eso, en este Día Internacional de la Paz, no quiero decir que Dios sea una respuesta sencilla para todas las preguntas humanas. Quiero decir algo mucho más personal: en medio de mis preguntas, sigo creyendo.
Y cuando llegue la próxima tormenta, probablemente volveré a necesitar esa antigua canción que mi familia utiliza para despedir a nuestros seres queridos: “Paz en medio de la tormenta”.
Porque mientras algunos encuentran en la muerte el final, yo encuentro en mi fe una promesa de reencuentro. Y esa esperanza, incluso en medio del dolor, me da paz.
