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Imagen principal del artículo: ¿Música basura o prejuicio de arte? El caso Syntek

¿Música basura o prejuicio de arte? El caso Syntek

El problema con la crítica de Syntek al reguetón es que confunde su propia idea de lo que debe ser el arte con una categoría universal. Habla de composición, complejidad, originalidad, virtuosismo. Criterios perfectamente legítimos para analizar una obra, pero históricamente incompatibles, que no son leyes naturales de la música, sino categorías construidas dentro de una tradición estética específica. Desde ahí, el reguetón aparece como repetitivo, formulaico, comercial y diseñado para el consumo masivo.

¿Y qué se supone que hacía la industria del pop?

El error está en creer que la música comercial se define por su simplicidad, mientras la música “compleja” estaría fuera de la lógica del mercado. El capitalismo contemporáneo puede producir una diversidad estética casi infinita y, al mismo tiempo, someter esa diversidad a las mismas condiciones de circulación. Millones de canciones, géneros, microgéneros, escenas independientes, productores caseros, nichos cada vez más específicos. Y, sin embargo, todo circula por infraestructuras cada vez más parecidas: Spotify, algoritmos, playlists, métricas, engagement y monetización.

No interesa defender el reguetón con el argumento sociológico de manual de que “es arte porque representa al pueblo”. Ni decir que Syntek simplemente “no entiende la música”. Eso sigue siendo una discusión sobre gustos.

La pregunta importante es otra: ¿Qué condiciones históricas, tecnológicas y económicas hicieron posible que el reguetón surgiera, se transformara y terminara convertido en una mercancía cultural global?

Porque el capitalismo tiene una capacidad extraordinaria para hacer precisamente eso: capturar lo que emerge de la cultura, empaquetarlo, distribuirlo y convertirlo en valor.

Y aquí aparece una paradoja importante: nunca habíamos tenido tantas herramientas para producir música y nunca había sido tan fácil multiplicar géneros, escenas y estilos. Pero esa diversidad circula cada vez más dentro de infraestructuras económicas comunes. El metal lo demuestra perfectamente: una escena puede obsesionarse con la complejidad, el virtuosismo, la autenticidad y la autonomía frente al mainstream y, al mismo tiempo, reproducir la lógica de segmentación del capitalismo de plataformas.

La discusión interesante no es si Syntek tiene razón sobre el reguetón, sino preguntar:

  • ¿Qué sociedad produce esta música?
  • ¿Qué condiciones permiten que circule?
  • ¿Qué formas de sensibilidad hace posibles y cuáles vuelve cada vez más difíciles de imaginar?

Ahí dejamos de discutir sobre gustos y empezamos a discutir sobre estética, capitalismo y las condiciones materiales de nuestra imaginación.