Cuando la soberanía se reduce al aislamiento y las reglas internacionales se rompen a conveniencia de los poderosos, no se defiende la libertad de un pueblo; lo que se construye es un sistema de crueldad donde los más vulnerables pagan el precio». Atribuida a Hannah Arendt (1906-1975).
Contemplar el panorama geopolítico global en este Mes de la Patria obliga a realizar un ejercicio de profunda honestidad intelectual. El orden internacional que nació hace 81 años para evitar que el mundo volviera a arder se encuentra bajo un ataque frontal y coordinado.
El contundente discurso del presidente español, Pedro Sánchez, pronunciado el pasado miércoles 23 de septiembre ante la Asamblea General de la ONU, opera como un espejo incómodo para una comunidad internacional que asiste en silencio al desmantelamiento de sus principios más elementales. A partir de este valioso testimonio, conviene rescatar las ideas centrales que sacudieron el atril de las Naciones Unidas.
La advertencia de Sánchez es tan lúcida como alarmante. El multilateralismo no está fracasando por inercia; hay actores políticos y gobiernos concretos que se obcecan en provocar su colapso. El modus operandi de estas fuerzas reaccionarias es predecible y sistémico.
Primero cuestionan las reglas del juego, luego las incumplen a sabiendas de su impunidad, y finalmente asfixian financieramente a los organismos internacionales para describirlos como entidades útiles de las que se puede prescindir.
Dicha estrategia de demolición se edifica sobre tres pilares éticamente corrompidos: el egoísmo de ver el mundo como un juego de suma cero, la ignorancia deliberada que desprecia la evidencia científica y, el peor de todos, la crueldad. Es una crueldad que ya ni se inmuta ante los escombros de un hospital o las costillas de la niñez hambrienta.
Las tres reformas urgentes para el siglo XXI
Frente a este repliegue hacia un pasado oscuro, la respuesta no puede ser la parálisis diplomática ni el fetichismo documental. La Carta de las Naciones Unidas no es una pieza arqueológica para guardar en una vitrina; es un mandato de acción viva que exige coraje reformista.
El discurso del mandatario español traza tres líneas de urgencia inapelable para adaptar el sistema internacional a las realidades multipolares de nuestra era:
- Democratizar el Consejo de Seguridad: es imperativo reformar este órgano para otorgar una representación justa a las regiones periféricas. Se debe acabar de una vez por todas con el anacrónico derecho de veto de los miembros permanentes. Ningún país, por más poderoso que sea, puede seguir actuando como juez y parte ante la legalidad internacional.
- Fortalecer la Justicia Penal Internacional: se requiere potenciar la capacidad ejecutiva y los recursos de la Corte Penal Internacional. Reemplazar de forma definitiva el «derecho del más fuerte» por la «fuerza del derecho» exige que quienes perpetran masacres contra civiles inocentes rindan cuentas sin matices ni blindajes diplomáticos.
- Regular a los tecnoligarcas: el porvenir de las sociedades no puede quedar subordinado al lucro de unos cuantos bolsillos corporativos. El orden multilateral debe imponer regulaciones estrictas y soberanas al funcionamiento de las redes sociales y al desarrollo exponencial de la inteligencia artificial, blindando la salud mental de nuestras juventudes frente a las industrias de la desinformación.
La mitad pendiente: una Secretaría General latinoamericana y feminista
El emplazamiento más transformador del discurso descansa en su dimensión democrática e identitaria. Naciones Unidas nació bajo la promesa de que todos los seres humanos tendrían un lugar en esta casa, pero tras ocho décadas y nueve hombres al frente de la Secretaría General, el sistema mantiene una deuda histórica con la mitad de la humanidad y con nuestra región.
Ha llegado la hora de cumplir la mitad pendiente: la conducción de la organización debe recaer en una mujer, y específicamente en una mujer latinoamericana. Esta demanda no es un asunto secundario ni una concesión de cortesía institucional.
En momentos donde el feminismo es atacado de forma sistemática y miles de mujeres siguen siendo víctimas de la violencia machista y la xenofobia, situar a una líder latinoamericana a la vanguardia del multilateralismo es el mensaje más potente de que en el camino de la igualdad no hay marcha atrás.
La seguridad de las naciones no nace de la fuerza bruta ni del armamentismo; nace del progreso social, la empatía y la resiliencia comunitaria. El coraje civil que en su día demostraron pioneras como Clara Campoamor (1888-1972) debe guiar hoy las decisiones de los despachos globales para deponer los discursos de odio.
El espejo para Costa Rica: coherencia frente al atajo del miedo
Costa Rica, como país desarmado y defensor histórico del derecho internacional, debe mirarse con urgencia en este emplazamiento multilateral. No se puede construir futuro si el presente institucional se abona con el aislamiento o el debilitamiento de los contrapesos democráticos.
La coherencia que España exhibe al duplicar su inversión en cooperación y oponerse de forma de vertical a las agresiones e injusticias de gobernantes como Netanyahu en Gaza es la misma consistencia ética que nuestra Cancillería debe sostener en todos los foros internacionales.
Frente a crisis complejas como los flujos migratorios o las presiones de los mercados corporativos, la tentación populista siempre será elegir el atajo fácil. Se tiende a ceder al miedo, militarizar las fronteras, perfilar al migrante como enemigo o desregular la bioseguridad ambiental para complacer transnacionales.
Afrontar las crisis con decencia significa mantener la legalidad material y respetar los derechos humanos sin dobles raseros.
Las generaciones futuras estudiarán esta década decisiva y nos preguntarán qué papel jugamos cuando algunos empezaron a quebrar las reglas y otros decidieron hacer la vista gorda.
Cuando esa hora llegue, Costa Rica debe poder decir con orgullo que no dejó de luchar, que no se calló ante la prepotencia de los poderosos y que se dejó la piel para legar un mundo más pacífico, sostenible y verdaderamente justo.
