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Honrar la historia también es saldar sus deudas

Hay momentos en que un país necesita detenerse y mirar hacia atrás. No por nostalgia, sino para preguntarse si ha sido justo con su propia historia.

Este 30 de septiembre, Costa Rica realizará Honras Fúnebres de Estado en memoria del presidente Juan Rafael Mora Porras, del general José María Cañas Escamilla y del generalísimo José Joaquín Mora Porras, en el marco de los 170 años de la Guerra Patria Centroamericana. Durante tres días, el Pabellón Nacional ondeará a media asta en las instituciones públicas del país y en nuestras representaciones en el exterior.

Puede parecer un acto simbólico. Lo es. Pero los símbolos importan, especialmente cuando llegan para reconocer una deuda pendiente. Esta es una decisión impulsada por la presidente de la República, doña Laura Fernández, junto con el Ministerio de Cultura y Juventud, la Comisión Nacional de Conmemoraciones Históricas y la Academia Morista Costarricense, así como la Asociación Morista de Puntarenas. Nace de una convicción sencilla: un país que conoce y honra su historia comprende mejor quién es.

El ejército que salió a defender Costa Rica estaba integrado, en buena medida, por personas sencillas. Eran labriegos, artesanos y trabajadores. Hombres que dejaron por un tiempo sus herramientas, sus cultivos y sus familias. Y estuvieron también las mujeres, cuya presencia y contribución durante aquellos acontecimientos merecen ocupar un lugar mucho más visible en nuestra memoria.

Eran personas comunes enfrentadas a un momento extraordinario.

Tal vez por eso la Campaña Nacional sigue teniendo tanto que decirnos. Porque la defensa de la soberanía no fue obra de unos pocos: fue un esfuerzo colectivo. Aquellas personas no defendían una idea abstracta de patria. Defendían su casa, su comunidad, su familia y el derecho de un pueblo a decidir su propio destino.

Por eso también importa que estas honras tengan lugar en Puntarenas.

El 30 de septiembre, en el Parque Mora y Cañas, la República rendirá homenaje a Juan Rafael Mora Porras, José María Cañas Escamilla y José Joaquín Mora Porras. Alrededor de esa fecha habrá, además, encuentros académicos, culturales y educativos para hablar de la Batalla de la Angostura, del juicio a Mora, de los acontecimientos que condujeron a su muerte y a la de Cañas, y de tantos protagonistas menos conocidos de la guerra de 1856-1857.

Quisimos que fuera así porque conmemorar no puede significar simplemente colocar una ofrenda floral y continuar como si nada.

La historia tiene que volver a las aulas, a las bibliotecas, a los museos, a las comunidades y a la conversación cotidiana. Tiene que incomodarnos algunas veces y emocionarnos otras. Sobre todo, tiene que ayudarnos a comprender que detrás de las fechas que aprendimos de niños hubo seres humanos de carne y hueso, con temores, afectos, contradicciones y esperanzas.

Durante demasiado tiempo hemos contado las grandes gestas desde los nombres que quedaron inscritos en los monumentos. Pero una nación también se construye con los nombres que no quedaron escritos.

Con quienes marcharon. Con quienes cuidaron. Con quienes alimentaron. Con quienes trabajaron. Con quienes esperaron el regreso de sus seres queridos. Con quienes no regresaron.

A ellos también les debemos memoria.

Por eso, cuando durante tres días veamos nuestro Pabellón Nacional a media asta, quisiera que pensemos en algo más que en un protocolo. Que pensemos en todas aquellas vidas que forman parte de la historia que heredamos.

Han pasado 170 años. Es mucho tiempo. Pero nunca es demasiado tarde para que una República vuelva sobre sus pasos y reconozca una deuda.

El 30 de septiembre honraremos a Mora, a Cañas y a José Joaquín Mora. Pero con ellos honraremos también a aquellos labriegos, artesanos, trabajadores y mujeres que, desde su lugar y desde su tiempo, hicieron suya la defensa de Costa Rica.

Porque honrar la historia no consiste solamente en recordar a quienes estuvieron antes que nosotros. Consiste también en reconocer que la Costa Rica que hoy tenemos fue posible gracias a ellos. Y hay gratitudes que una República nunca debería dejar pendientes.