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Déficit atencional: todos estamos en el espectro

Hace años sospecho algo que las últimas semanas me han confirmado: si existiera una herramienta con suficiente precisión para medir la atención humana, ninguno de nosotros saldría ileso del examen. Todos apareceríamos en algún punto dentro del espectro del déficit atencional.

No lo digo para restarle seriedad al tema. Recuerdo a compañeros de sexto grado, hace 40 años, a quienes les daban Ritalina, y hoy conozco personas para quienes el diagnóstico y el tratamiento han sido un alivio genuino. Lo digo porque creo que la pregunta está mal planteada. Medimos cuánto se desvía nuestra atención de una norma sin preguntarnos antes para qué fue diseñada.

Hace cien mil años nadie evolucionó para permanecer concentrado ocho horas diarias, sentado en un pupitre o frente a un escritorio. Nuestra atención se movía con la hora del día, la geografía, el hambre, la familia y las necesidades del grupo. Imagino que el más despistado de la tribu era quien encontraba el nido de avestruz y volvía con los huevos, mientras el más concentrado seguía con los ojos clavados en el ave. La dispersión de uno era el hallazgo de todos. Nuestras virtudes singulares nacían de esa diversidad de atenciones y la colectividad se enriquecía con ella.

¿Por qué, entonces, tanta necesidad de etiquetarnos? Sospecho que ahí juega un papel el ego. Lo imagino como un buen amigo que viaja en el asiento del copiloto mientras conduzco mi vida. Su único propósito es evitar que fracase. Me señala peligros, me advierte y, cuando no le hago caso, me pinta escenarios catastróficos. Ese mismo amigo busca pertenencia: quiere saber a qué tribu pertenecemos, qué palabra nos explica. Una etiqueta ofrece identidad y la identidad ofrece un lugar en el grupo.

Pero las etiquetas también son historias que nos contamos. “Soy disperso”, “No soy detallista”, “No puedo concentrarme”. Repetidas lo suficiente, esas historias trazan el camino. Si solo escuchamos al copiloto, damos pocos pasos, emprendemos poco y dejamos de intentar por miedo al tropiezo.

¿Tenemos opciones para ser más libres? Creo que sí, y empiezan por los límites. Cal Newport propone usar el tiempo como contenedor: bloques de 25, 50, 90 o 180 minutos de trabajo profundo, sin interrupciones. No se trata de forzar una atención antinatural, sino de darle forma. Ni siquiera hace falta un reloj. Una meditación puede durar una vuelta de las cuentas de abalorios de un collar.

Luego vienen los hábitos. Al principio exigen disciplina. Con la práctica, el beneficio se vuelve tan evidente que ya no vamos a nadar por obligación, sino porque sabemos cómo nos sentiremos al salir del agua.

Finalmente, soltar. En la economía de la atención, nada nos dispersa más que el temor a perdernos algo. Esa dopamina chatarra no nos robustece. Elegir una cosa es dejar ir las demás, y eso también es libertad.

Prefiero sostener un timón, aunque a veces se desvíe, que ir a la deriva. No necesito una atención perfecta. Necesito conocer la que tengo, honrarla y decidir, con curiosidad, hacia dónde dirigirla.

Artículo basado en el episodio 335 de Diálogos con Álvaro Cedeño, titulado “Déficit atencional”.

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